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'Va liviana, Liliana'. Un homenaje a Liliana Angulo (q.e.p.d.) exdirectora del Museo Nacional de Colombia

  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura
Reconocimiento a Liliana Angulo Cortés, como símbolo imprescindible del arte colombiano y faro de la familia Angulo.
Liliana Angulo Cortés, en el momento en que fue nombrada directora del Museo Nacional /Minculturas
Liliana Angulo Cortés, en el momento en que fue nombrada directora del Museo Nacional /Minculturas

JUAN SEBASTIÁN ANGULO

Para

ARTERIA


El primer recuerdo que tengo de Liliana se remonta a mis seis años. Mi padre me comentó que una prima estaba tomando fotografías a toda la familia. La cita fue en el apartamento de la abuela y, aunque con memorias fragmentadas, logro entrever a una mujer joven que nos retrataba con una cámara instantánea. 


Fueron varias tomas; jugamos un poco mientras nos explicaba que estaba rastreando a los Angulo y que, para entonces, había llegado hasta Ecuador. Con la intuición propia de la infancia, pensé que Liliana era una historiadora.


No estaba tan equivocado ya que, para ese momento, hace casi 30 años, Liliana se encontraba haciendo como práctica artística un mapeo genealógico de nuestros antepasados. Pasaron los años y el tránsito de la vida hizo que ese recuerdo quedara resguardado, como también el vínculo con una familia extensa que no solía reunirse con frecuencia.


Ya como joven adulto, el camino volvió a presentarme a Liliana en las clases de historia del arte colombiano, esta vez como una de las artistas afrocolombianas contemporáneas más relevantes. Aunque el apellido resonó, yo estaba entonces tan desconectado de mi propia historia que lo asumí como una coincidencia afortunada.


Meses después, viajé a Cali para reencontrarme con mis tías abuelas y con parte de la familia asentada en la región Pacífica. En medio de conversaciones sobre mi quehacer con mis primos, me preguntaron si sabía que había una artista reconocida en los Angulo. Fue en ese instante cuando comprendí que Liliana y yo estábamos vinculados.


Ese mismo día le escribí a través de redes sociales y, poco después, respondió con afecto: “Qué alegría saber que hay más artistas en la familia”. Tiempo más tarde nos reunimos a almorzar en el centro de Bogotá. Ella trabajaba en la FUGA y yo terminaba mi pregrado como licenciado en Artes Visuales.


En ese encuentro, entre mi timidez y el asombro de estar frente a alguien a quien reconocía como una figura de gran importancia, hablamos de aquel episodio de mi infancia. Liliana reflexionó sobre la importancia de romper las cadenas dolorosas que atraviesan la familia. No quise ahondar entonces: era evidente que se trataba de un tema sensible y, en ese momento de mi vida, no estaba preparado para navegar en esa profundidad.


La vida siguió y, aunque no hablábamos con frecuencia, nos teníamos presentes. Liliana me invitó a participar en la primera versión del ‘Encuentro de Artistas y Agentes Culturales Afrodescendientes —Imaginación Radical Afro / IRA’, donde, junto con el colectivo Aguaturbía, impulsaban acciones para mapear y entrelazar a creadores afrodescendientes.


Tiempo después, tuve la oportunidad de realizar estudios de maestría en México. Mientras, veía a mi prima desarrollar proyectos de gran potencia, como su proceso de investigación-creación como parte de la maestría en arte en la Universidad de Illinois, o su residencia en el Matadero en Madrid en el marco de ARCO Colombia, donde mapeó la presencia de artistas afro, en las comisiones corográficas y botánicas del país.


Para mí, representó un referente cercano de la fuerza creativa, la coherencia del camino elegido y las posibilidades de desarrollar procesos de investigación creación con convicción y rigurosidad.  Fue a partir de 2023 cuando la vida nos permitió acercarnos más. En ese momento, Liliana era cocuradora del proyecto del Museo Afro, donde se gestó una estrategia para fortalecer la gobernanza, el abordaje curatorial y expositivo del futuro museo: el ‘Laboratorio de reparación y antirracismo’, un proceso de incidencia comunitaria.


Recibí su invitación para hacer parte de este grupo, en el que, junto a agentes culturales de diversas áreas y procedencias, desarrollamos un ejercicio constante de acompañamiento y proyección institucional desde múltiples miradas. Nos encontrábamos casi cada ocho días: visitamos diversos museos, revisamos referentes y realizamos lecturas críticas de dispositivos, gestos y guiones museográficos.


Además de ser un espacio fundamental para poner al servicio del país el conocimiento construido desde la práctica profesional, para mí representaba un momento de encuentro familiar con Liliana y con Henry Angulo, otro primo artista. Con el tiempo, fuimos conocidos como ´los primos Angulo´; de manera maravillosa, el arte también se había vuelto un lenguaje común dentro de la familia.


Al cumplirse un mes de su partida física, han sido numerosas las acciones realizadas para honrar su vida y obra: altares y presentaciones artísticas en Medellín y Cali; un mural en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, su alma mater; múltiples textos que abordan su legado desde distintas perspectivas, y el profundo homenaje organizado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes en el Museo Nacional. 


Allí, entre danzas, cantos, palabras sentidas, lágrimas e incluso sonrisas, se anunció la intención de nombrar el Museo Afro en construcción en la ciudad de Cali como Liliana Angulo Cortés. Un gesto profundamente significativo, especialmente porque reconoce que han sido las mujeres negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras quienes han sostenido la salvaguarda de los saberes ancestrales, al tiempo que han resistido y enfrentado múltiples formas de violencia y racismo en este país.


Quiero sumarme a estos homenajes desde un doble lugar: como artista, admirador de su obra —una de mis principales referentes— y como alguien que reconoce en ella una mentora, no solo por la potencia de su trabajo, sino por la coherencia entre su práctica artística y su forma de habitar el mundo. Esa integridad la llevó a consolidarse como una distinguida gestora cultural, capaz de activar, cuidar y potenciar agentes culturales y procesos de creación de sectores que han sido invisibilizados. Y, de manera aún más significativa, como su primo, parte de su familia.


Esa familia que Liliana amó profundamente, que integró a su práctica y que contribuyó a sanar, al recomponer una historia atravesada por la violencia de la esclavización y la migración forzada. Una historia que enfrentó con valentía, pero también con amor, y que la llevó a ofrecernos algo invaluable: el conocimiento de nuestro apellido africano y de la geografía originaria de nuestros ancestros.

Por todo esto y por mucho más, gracias, Liliana: por ser faro para la familia y por trascender como luz para esta sociedad y este país que aún se debe profundas formas de autorreconocimiento.

Vives y vivirás en las semillas que sembraste y en la historia que ayudaste a develar.


Juan Sebastián Angulo (Bogotá, 1992). Artista plástico y gestor cultural. Licenciado en Artes Visuales por la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia, con estudios de maestría en Artes Visuales de la Universidad Nacional Autónoma de México.

En su práctica artística se sitúa en la intersección entre espiritualidad, identidad y paisaje como campos de disputa epistemológica. Su obra se despliega en el dibujo, el tatuaje y la instalación como metodologías que transitan entre lo ritual y lo genealógico.

Durante más de una década ha desarrollado su labor en gestión cultural como coordinador de proyectos en la Fundación Arteria, participando en procesos como ARCO Colombia 2015, las versiones 44, 46, y 47 del Salón Nacional de Artistas, edición 20 y 22 del Salón de Artistas Quindianos, y la conmemoración de los 20 años de Colombia Diversa.

   

Revisado por el editor.

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