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‘Derivas de lo indeleble’ recuerda lo que no se borra aunque se transmute

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura
El Museo de Antioquia presenta 'Derivas de lo indeleble', una exposición que cuestiona la relación de la sociedad con las personas Lgbtiq+ y su representación en el museo y lo académico.





'Derivas de lo indeleble', en el Museo de Antioquia/ Cortesía del Museo




Público en la Hacienda Castilla frente a las obras La escafandra y Las hijas del maíz. /ARTERIA
'Derivas de lo indeleble', en el Museo de Antioquia/ Cortesía del Museo

DIEGO GUERRERO

Editor

ARTERIA


Esta historia empieza con un juego del corrector -bendita IA-, que intentó corregir la palabra  “indeleble” por “indecible”. Algo curioso, porque en estas tierras que la IA que nunca sentirá por falta de encarnación, lo que era indecible se volvió indeleble.


Eso por los muchos y las muchas que se han enfrentado a otros muchos y  muchas para poder ser lo que dicen que sienten ser. Puede leerse enredado y complejo, pero más difícil será vivirlo.


Han corrido ya ríos de tinta y consignas bajo el arco iris desde que dos décadas atrás en Colombia (y en Medellín, para este caso) la gente lgbt (ahora, claro tienen más letras) salió a las calles a marchar por sus derechos.


Ya eran muchos y se cansaron de vivir a escondidas como les tocó a otras generaciones como a mediados del siglo pasado que -por lo menos así pasaba en Medellín- tenían que aparentar virilidad forzada para entrar a bares y bailar entre ellos; lugares cuyo portero encendía una luz para avisar que llegaba la Policía.


Entonces las parejas de hombres se sentaban presurosos con una mesera en sus rodillas (‘coperas’ les llamaban), cómplices del amor que la ley penaba y los agentes hacían cumplir a punta de bolillo.


Pero tuvieron que pasar muchos más años para que un museo, el Museo de Antioquia, se atreviera a mostrar lo que la sociedad entera sabe hace tiempo: que lesbianas, gais, trans (etc.) existen y transitan por sus calles; y sí, que aún los persiguen y que, incluso, a veces, los matan.


La exposición ‘Derivas de lo indeleble’ aborda por primera vez oficialmente en el museo más antiguo de esa ciudad ese tema, con una curaduría de Juli Zapata -cocurador del Museo- que realizó una invitación a varios artistas de muchas partes.


Zapata utilizó el término “convocaduría” que une convocar y curaduría: “Yo utilizo el término como la posibilidad de inventar otras formas de construcción. Apeló mucho a una frase de una autora que es muy importante dentro de la muestra,  Susy Shock (artista trans argentina, 1968), sobre la posibilidad de inventar otras palabras, o de conseguir otras posibilidades de habitar el mundo. 


La ‘convucaduría’ concertó con redes que apoyan a las personas trans de Colombia al punto que se insertaron exposiciones, entre ellas una de la Red Popular Trans y otra de la Liga de la Salud Trans. Fueron convocados tanto artistas como personas de las comunidades de distintas partes del país, algunas del exterior y no necesariamente ligadas al arte. Muchas de las piezas expuestas son el resultado de trabajos colectivos, como videoperformaces, por ejemplo.




Que otros sean lo normal

El nombre de la exposición está respaldado por la frase “que otros sean lo normal”, la cual surge, según explica Zapata, de  un poema de Shock, llamado Reivindico mi derecho a ser un monstruo el cual deja la llamada normalidad para los demás.


“Históricamente, las personas travestis han sido nombradas como monstruos, como personas monstruosas, enfermas, anormales. Entonces a través del poema ella reivindica esa posibilidad de habitar la monstruosidad, de ser eso otro que han llamado quienes se han quedado con lo normal, y dejarles lo normal.


Si bien puede parecer que la frase es una forma de aceptación de la manera en que los demás les nombran, para Zapata “es una forma de reconocerse y derrumbar la intención del ataque. Cuando una persona, como yo y como la mayoría de los y las artistas que hacen de la exposición construye una identidad que han patologizado, que la han violentado, perseguido, que en la calle de lanzan insultos y los tratan como anormales, como monstruos, como enfermos, depravados y nos apropiamos de términos de esa manera, lo que estamos haciendo es tumbando toda la intención. Y así el ataque se reduce. Se busca reducir el daño que producen las palabras para darles un poder desde lo identitario”, explica la curadora. 


De la huella indeleble que dejan en la sociedad las personas que ejercen sexualidades que retan ‘el canon’ establecido no hay mucha duda, pero, tal vez, lo más interesante es sus derivas en el mundo contemporáneo, más en una sociedad que parece tan conservadora como la de Medellín (Colombia no estaría muy lejos), lo que plantea tensiones. 


“Dentro de la exposición hay algunos proyectos que incluso interpelan la misma institución Museo de Antioquia. No vinimos a decorar las salas del Museo sino a transformarlas y todo esto surge a partir de preguntas que la Red Popular se plantea”, agrega.


De hecho, plantea que mucho de lo expuesto parece corresponder más a procesos surgidos en la calle o desde el activismo que apelan a lenguas no reconocidas del todo dentro del academicismo. Esto, según la curadora, más allá de una exposición, plantea la pregunta de cómo debería el Museo de Antioquia abordar en el futuro este tipo de “conversaciones”. Señala como en el Museo hay representaciones de cuerpos trans en sus salas, pero hechos por personas que no lo son. 


Un cuestionamiento similar puede extenderse al resto de la sociedad colombiana en el sentido de que, como dice Zapata, si bien Colombia no está entre los países más atrasados dentro de lo legislativo y se ha logrado avanzar en el reconocimiento de los derechos de las personas gais, trans y lesbianas, “si somos un territorio muy violento hacia las diversidades sexuales y de género o hacia la población Lgbti, especialmente en Antioquia, donde los niveles de violencia son bastante altos. Este año, las cifras de violencia están disparadas. La violencia hacia las mujeres trans en el pais es demasiado elevada y en Antioquia, más”, dice.


Lo cual resulta paradójico si se tienen en cuenta que -recuerda- “es también un lugar donde históricamente se puede rastrear una de las primeras representaciones fotográficas de una persona trans-travesti, con Rosa Emilia, una fotografía de Benjamín de la Calle, de 1921.


        

   


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