La escritura sobre arte en la era de la Inteligencia Artificial generativa
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Actualizado: hace 2 días
Nervio Óptico En nuestra sección de opinión, Emilio Tarazona analiza perspectivas sobre la IA en la creación y el mundo de las artes.

EMILIO TARAZONA
PARA ARTERIA OPINIÓN
Era previsible y ha sucedido. La era iniciada con el auge y acceso a la Inteligencia Artificial generativa (IA) ha invadido el contenido de las redes sociales, las comunicaciones y la mayor parte de publicaciones que puede uno encontrar en Internet, y superan ampliamente en cantidad a los generados a la antigua por quienes todavía nos consideramos humanos.
Esta proliferación parece marcar un cambio de época, pero aún no me resulta claro hacia dónde puede dirigirse.
Estos párrafos, en parte, intentan ensayar algunas opciones que aparecen como posibilidades, sin haberles echado todavía suficiente cabeza al asunto.
Por ahora solo voy a concentrarme en los Enormes Modelos de Lenguaje (o LLM, por sus siglas en inglés) que en el campo específico del arte varios agentes o actores han empezado a usar como herramienta. Hablo indistintamente de artistas, gestores, galeristas, coleccionistas y de quienes estamos más familiarizados con la escritura, como teóricos, historiadores, curadores o críticos de arte, que las usan para escribir sus textos de presentación, declaraciones, opiniones en redes sociales, artículos, proyectos, aplicaciones a subsidios y hasta tesis de grado (o de maestría y doctorado).
Esto último, contando ya con la flexibilidad o permiso de las instituciones que empiezan a considerar inútil luchar contra lo que parece inevitable y buscan o intentan normar usos éticos que permitan asegurar que el autor es todavía un sujeto identificable y no un grupo de intenciones y objetivos generales, por ahora todavía humanos, comandados por prompts.
En primer lugar, me sorprende que una parte del campo cultural considere que los LLM de IA “no tienen estilo” o que son modos de escritura “neutros” (no creo que eso exista).
Aún cuando hay variantes entre unos y otros modelos o sistemas (algunos más equilibrados, informativos, técnicos, coloquiales, irreverentes o persuasivos), todo buen lector puede detectar un conjunto de estilos con formas de argumentación comunes, los cuales parecen cada vez más contagiar incluso la redacción de algunos textos firmados por autores reconocidos, que parecen más dispuestos al uso abierto o la adopción no confesada y culposa del molde que estas herramientas proporcionan y propagan.
Hablar del estilo de un LLM parece algo impreciso porque estos admiten también modulaciones o ajustes de tono a partir de instrucciones, como si fueran una “personalidad” que puede reconfigurarse (lo cual es, precisamente, una descripción de la falta de personalidad).

Existen también herramientas que buscan “humanizar” textos generados con IA para evitar los detectores: esto es como una suerte de Blade Runner, pero con aplicaciones de IA que buscan eludir otras aplicaciones de IA, lo que crea una batalla de actualizaciones que llegará a un punto (si no ha llegado ya) en que la persecución sea completamente inútil e innecesaria.
Por ahora, una de las cosas que delata la proliferación de escrituras con IA es que muchos actores culturales tienen dificultades para exponer sus ideas por escrito con claridad, incluso cuando estas ideas existen. Y esto se nota en muchos textos “no humanizados” suficientemente por otras aplicaciones y que parecen con algunas pocas correcciones, salidas por copy-paste directamente del modelo generativo a la plataforma de publicación.
Asumo que el objetivo de quienes usan IA para escribir no pretende una redacción masiva que podrían requerir estrategias como las de inundar la red de reflexiones continuas e insistentes para ganar visualización e interacciones (estrategias de optimización o aceleración del flujo de trabajo que corresponden más a medios masivos y estrategias de mercado cultural poco inteligentes).
Si se tratara de generar un post por día, bombardear la red de contenidos para buscar likes y romper la barrera de los seguidores con la insistencia de sus publicaciones, lo que se requiere es escribir menos o más corto y ser moderadamente reflexivos… además de buscar mayor peso en las imágenes o en el impacto.
Creo que si la red es inundada de textos más extensos generados con IA, se crearía una producción y oferta excesiva para la que no habría suficiente demanda, ya que consumir textos (no me refiero a solo titulares o pocas frases breves, como ocurre casi con las imágenes o videos virales) requiere más atención, y en el contexto de la internet 3.0, tan adicta al “scrolling”, los escritos más exigentes de pensamiento crítico y sus verdaderos lectores también están empezando a disminuir.
Por otro lado, algunas “marcas de estilo” más frecuentemente reconocibles en algunos LLM delatan también el pensamiento profundo de la máquina. Dos de los marcadores más señalados y destacados (coincido aquí con los dos primeros que menciona en su canal de Youtube @clasesconclau) son su predilección por las listas de ideas breves y separadas incluso con emojis.
Esto especialmente en textos para redes sociales que buscan sintetizar varios puntos vinculados, pero relativamente autónomos que terminan, a menudo, con un cierre didáctico que empieza con “en conclusión…” o “en resumen…”.
La segunda marca de estilo es la reiteración y abuso de una estructura argumentativa que niega una cosa o un conjunto de cosas para permitirse afirmar otra, la cual resulta abundante de frases como “La institución no teme a la crítica; la archiva”, “(El arte) antes interrumpía, hoy circula”, “El algoritmo no censura, entrena”, “La precarización no es un ‘detalle operativo’, es una política de hecho”, “Las ferias no son plataformas, son vitrinas. Y las vitrinas no ofrecen diálogo, solo exposición. Lo que necesita el arte joven no es visibilidad, es reciprocidad estructural”, y largo etcétera (todas estas las he tomado de posts en la cuenta de Facebook de Esfera Pública en los últimos meses, en su mayoría no firmadas, aunque si algunas).
¿A qué me refiero con que delatan el pensamiento profundo de la máquina? El primer marcador parece tan condescendiente, tan preocupado por el poco tiempo y baja concentración de las personas, que estaría buscando economizar la escasa inteligencia humana y ahorrarle sinapsis y, al hacerlo, delatar la muy baja opinión que tiene sobre la misma: todo debe ser deglutido previamente por el modelo antes de ser expuesto en pantalla, haciéndose así una herramienta más útil a la manipulación.
De hecho, terminar una respuesta o texto breve con un último párrafo que empieza con la expresión “En resumen…” parece presuponer que su receptor no será capaz de entender siquiera los pocos párrafos que acaba de leer. Y por eso, quizás sea entonces una de las más severas opiniones que tiene la máquina sobre la humanidad.
La segunda marca de estilo es quizás algo que, al revés de la anterior, la máquina podría estar delatándose involuntariamente: parece incluso describir la estructura fundamental del sistema binario, en donde la negación de algunas cosas llevaría a la afirmación de otras.
Se trata de un pensamiento que detesta gradientes, matices y acotaciones que tienden a regular y reestablecer constantemente los pesos o intensidades de afirmaciones para evitar su tono asertivo, sin darle un lugar a las modificadores del contexto o a los adverbios o locuciones adverbiales de la duda, la frecuencia o la cantidad.
Probablemente, hay estilos que responden más y mejor a su época que otros, y unos y otros marcadores del estilo de la IA podrían definir algo de nuestro tiempo, lo que se verá con mayor nitidez en años sucesivos (incluso cuando estos marcadores visibles hayan desaparecido).
Del mismo modo en que pensadores como Byung Chul Han, por ejemplo, podría representar muy bien algo de la sociedad de la última década, incluso por su estilo cuasitelegráfico, aunque con el uso preposiciones que la telegrafía acostumbraba suprimir. No digo que todas sus ideas sean incorrectas: hablo solo de el estilo en que se expresan.
Vuelvo a la idea: la fuerza de un argumento está más en la extensión propositiva de las frases, en su modo de aglutinar o incorporar algunas variables que le dan filo sin hacerlas invulnerables y no tanto en su rigidez.
Siempre he pensado que el estilo de este autor surcoreano algo tiene de la lógica inicial de la red social X que durante su primera década solo permitía máximo 140 caracteres. Ambas tienen por función la rapidez, la segmentaridad y el impacto, que las hace más apropiadas a la viralidad, menos permeables a las tensiones críticas y más fáciles de asimilar.
Esos estilos mal entendidos del aforismo suelen reducir la cantidad de referencias necesarias para dar coordenadas al pensamiento y terminan por quitarle espacio a la investigación. En un artículo suyo publicado en El País y escrito en tiempos del coronavirus, Han señala que en otras épocas nadie habría hablado de la propagación de una pandemia como si se tratara de una guerra contra un “enemigo invisible”.
En realidad los orígenes de la bacteriología y virología están plagados de esas alusiones como es el caso del físico irlandés John Thyndall que, hablando de los aportes de Louis Pasteur y la microbiología, afirmaba en 1877 que la humanidad había sido golpeada por “flagelos invisibles” y caído en las “emboscadas” de estos “terribles opresores”. Esto lo refiere Bruno Latour en las primeras páginas de su libro Les microbes (1984).
No quiero ensañarme contra Han, solo decir que ha sido uno de los pensadores cuyo estilo (e ideas) han marcado la década pasada y, del mismo modo, puede también que los siguientes diez años estén marcados por los estilos de “autores IA” o de “identidad mixta” como Jianwei Xun o Andrea Colamedici. Pero esto ocurrirá cuando los textos generados con redacción completa o asistencia de investigación a partir de la IA no tengan que esconderse en un nombre humano que pretende además simular haber desistido de estas herramientas.
Escuchaba hace unos días a una persona que comentaba que llegó alcoholizada muy tarde a su casa una noche y tenía que entregar un par de informes de trabajo la mañana siguiente, los cuales, si no fuera por la IA no hubiera podido enviar. Yo pensaba en el escenario seguro de un jefe que también pudo haberse ido de fiesta y, probablemente en medio de la resaca, no hubiera podido revisar las páginas que ella envió sin pedir un resumen a otra IA.
Llegará entonces el día en que la IA escriba los artículos y los informes y deba también revisarlos para que los jefes y sus respectivos empleados oficinistas puedan emborracharse con toda tranquilidad: no podemos renunciar a esa hermosa distopía.
Ese es uno de los riesgos: que los LLM se conviertan en los principales productores y consumidores de sentidos que solo se transfieren como aforismos asertivos directamente a las mentes más dóciles que haya visto el pensamiento humano en toda su historia reciente. Este proceso reconfiguraría necesariamente a los humanos como consumidores secundarios del espectacular diálogo de la IA consigo misma, con nuestra mínima participación.
Otro peligro es que la exposición constante a estos textos logre homogenizar las formas de expresión. No se trata de pensar en el virtuosismo del escritor, como aquel que domina las normativas del lenguaje, que son el punto más fuerte de los LLM, sino que, entre las estrategias de aproximación al arte estas resultan cualidades menores e insuficientes en el análisis.
La escritura sobre obras o sobre el campo del arte requieren teoría, historia, datos concretos así como resonancias, metáforas y connotaciones. Estas últimas se mueven en un área de normatividad flexible y menos estricta que, al parecer, a la IA le resulta aún difícil calibrar porque están ancladas en la subjetividad y a experiencias específicas.
Se trata precisamente de la opinión con sesgos, con dosificados prejuicios o puntos de vista que, en su enunciación, suelen pertenecer a un autor. Mientras la escritura siga siendo un vehículo en la producción de conocimiento y los LLM vayan borrando las huellas que los delatan, un ejercicio de prospectiva me hace imaginar tres posibles escenarios.
El primero es que la IA multimodal se permita una acumulación de experiencia, que sus investigaciones creen estratos que van proporcionándole una suerte de carácter y dirección a su mirada con cada texto que escriben, de manera casi autogenerativa y sin comando.
Un segundo escenario es que borren por completo la idea de autor o experiencia, tiendan a reestructurarse y reinventarse a sí mismas con diferentes perspectivas en cada escrito y asumir diferentes sesgos o miradas.
El tercero es que se produzca una simbiosis humano-máquina que permita complementar habilidades para abordar enfoques teóricos sobre el arte que, por su lado, experimentará sin duda sus propias y decisivas transformaciones. Más allá de la presencia autoral, que puede perfectamente desaparecer, creo que casi por coherencia con el objeto de estudio, a la escritura sobre arte le queda difícil renunciar a una poética.
Al día de hoy, para los LLM las palabras son coordenadas y vectores asociados a contextos de sentido, pero el lenguaje poético rompe las coordenadas de las que las palabras emergen. Es polisemántico, ambivalente y hasta recontextualiza los términos en uso: tiende a colocar la palabra fuera de lugar.
Recalibrar esto en los modelos de lenguaje generativos requiere que aprendan a imitar ese terreno casi criptográfico con el que juega el discurso en el campo del arte (como en el de la literatura). Y esto es mantener una distancia prudente con el terreno de la probabilidad.
Al inicio de este texto dije que eso que era predecible ha sucedido. Lo extraordinario está más bien del lado de lo impredecible y es ese mundo, que queda por fuera del algoritmo, lo que suele romper esa relación entre lo previsto y lo que sucede o, al menos, abrir una posibilidad para lo que no sucede del modo en que se esperaba que suceda.
Bogotá, marzo 2026
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.



