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Cultura pop: después de la J y la K viene la L

  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura
Columna de arquitecto En nuestra nueva sección de opinión Juan Pablo Aschner propone reflexiones sobre temas cotidianos que permean o configuran la cultura, con la mirada de quien ha experimentado en distintos facetas del arte, la escritura y lo audiovisual. Hoy nos habla de esa "evolución" en las tendencias que nos has ha llevado de lo japonés a lo coreano y, ahora, a lo latino (por lo menos a una versión de lo latino).

Beatriz González fue influyente desde la investigación y creación en el arte. También desde su posición lugares decisorios del sistema del arte colombiano. / Diego Guerrero- ARTERIA
Juan Pablo Aschner es arquitecto, Magíster en Arquitectura, MBA en Innovación para las Artes y PhD en Arte y Arquitectura. Es Decano Fundador de la Facultad de Creación de la Universidad del Rosario. Su práctica articula creación e investigación con el diseño arquitectónico y el diseño participativo, explorando las intersecciones entre arquitectura, artes y humanidades.

JUAN PABLO ASCHNER

PARA ARTERIA OPINIÓN


Juan Pablo Aschner


Hace poco, la cultura pop giraba alrededor de la letra “J”: Japón estaba de moda con el manga, el anime, el matcha  (té verde) y los mochi (postre).


Como los nombres de los huracanes, que avanzan alfabéticamente, también las modas parecen seguir una secuencia de consonantes.


Hoy, la letra dominante es la “K”: ‘K-pop’, ‘K-drama’, ‘K-beauty’ y kimchi (plato coreano). Una consonante firme, estratégica, precisa, que desde el fondo de la boca suena a cultura coreografiada y perfecta. Y, sin embargo, en el alfabeto, después de la “K” viene la “L” de latino, lengua, labio y labial.


La “L” se apoya en la lengua y se apaga en los labios, un poco más líquida y corporal que la “K”. Se habla de un nuevo furor latino que parece insinuarse con una escala aún más global que aquella a la que estábamos acostumbrados y lo hace en la música urbana, a través de nombres, irónicamente en inglés, como Bad Bunny, Karol G, J Balvin y Daddy Yankee quienes, sin embargo, cantan en español.


Durante años, el sueño de cruzar fronteras globales implicaba traducción y adaptación a los códigos del mercado angloamericano. Hoy está de moda el español, y no cualquier español, sino el español de calle.


Confieso que todo esto me produce una mezcla de entusiasmo y desconcierto. Yo crecí con el rock latinoamericano. Mi educación sentimental pasó de guitarras acústicas a eléctricas, por bandas que, aunque por momentos parecían europeas, buscaban articular una identidad continental. Lo urbano latino existía, pero no ocupaba el centro ni atravesaba fronteras con la intensidad actual.


Para entonces, lo latino no se agotaba ni en el rock ni en lo urbano: era una idea musical más amplia, una atmósfera compartida con temperatura cultural propia. Hoy esa atmósfera parece haberse condensado en la música urbana, que la captó y la convirtió en ritmo exportable, en compás reconocible, en energía circulante.


Ese desplazamiento es el que me desconcierta. Lo latino emerge ahora desde otro registro: más callejero, más corporal. A veces me pregunto si esa estética me representa o si, simplemente, estoy asistiendo a un relevo generacional que me obliga a revisar mis nostalgias aterciopeladas.


Esa atmósfera de calle, sin embargo, también es construcción, también es industria, también es inteligencia cultural, aunque no obedezca a un plan centralizado y concertado como el de la K. En ese gesto perreado de hoy hay algo superlatino, superlativo, que exporta ritmo, mezcla y meneo: reguetón con salsa, cumbia con electrónica, corrido con trap y bachata con pop.


Tal vez por eso el aporte latino no sea un sonido específico, sino una lógica mestiza. Vivimos en un mundo de binariedades: norte y sur, derecha e izquierda, bueno y malo. La “K”, incluso en su sofisticación contemporánea, funciona como una identidad compacta. La “L”, en cambio, se resiste a quedarse quieta. Lo latino, tan ambiguo, rara vez encaja en la “o”. Funciona desde el “y”. Es indígena y europeo y africano y migrante. Es remix y crossover.


En ese sentido, lo latino no aporta una esencia estable a la cultura popular, sino una complejidad incómoda para las categorías rígidas. No propone una identidad uniforme, sino una negociación permanente. Es variado y sorpresivo como el relleno de una empanada.


La “L” apenas comienza y ya enfrenta esa tensión: ¿es afirmativa o superflua?, ¿es conquista o reducción? Lo que sí parece claro es que su expansión no responde a una estrategia estatal organizada. Responde a la diáspora, a la migración, a la digitalización, a millones de cuerpos que quieren menearse, lenguas afuera, labios que quieren besarse. La “L” no desplaza a la “J” ni a la “K”; se une a ellas para despabilarlas.


Y quizás, en ese orden, lo latino no traiga ninguna respuesta, nada preciso, sino más bien una fiesta. O al menos el consuelo, para algunos, de despertar con ruido a máximo volumen de la siesta.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no comprometen a ARTERIA.

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