Rock al Parque celebra sus treinta años con un libro de historias no contadas

ÓSCAR SILVA
Periodista
ARTERIA
Durante tres décadas, Rock al Parque ha sido contado desde sus escenarios, sus bandas, sus grandes conciertos y el público que cada año ocupa el Parque Metropolitano Simón Bolívar. Sin embargo, detrás de esos tres días de música, pogo, rock y, generalmente, lluvia hay otra historia; una poco contada, una que en ocasiones se pasa por alto, la de las personas, técnicos, fotógrafos, funcionarios y equipos que trabajan para que el festival pueda suceder. Ese es el lugar desde el que Tatiana Duplat decidió partir para construir el libro Rock al Parque: 30 años.
Bogotá y las voces de la trasescena, que celebra los 30 años del festival.El libro fue escrito por encargo del Instituto Distrital de las Artes – Idartes, y partió de la idea que funcionara como el festival, en el sentido de ser un espacio para distintas voces y propuestas.
A partir de ese lineamiento, Duplat, que también es historiadora, revisó los libros conmemorativos que se habían realizado en los aniversarios anteriores del festival, donde encontró algo en común: “Se han escrito varios libros conmemorativos de Rock al Parque a medida que van cumpliendo años, a los 10 años, a los 15, a los 20, y noté que siempre, por supuesto, se hablaba de los artistas, la razón de ser de Rock al Parque, pero noté que muy pocas veces, casi ninguna, se hablaba de qué es lo que ocurre por detrás del escenario para que Rock al Parque pueda existir.”
Por eso decidió enfocarse en “hacer visible la trasescena, todo lo que ocurre detrás, todo lo que se moviliza en esta ciudad para que este festival exista y haya perdurado durante 30 años. Por eso se llama Bogotá y las voces de su trasescena”, explica Duplat.
Generalmente el público llega al parque y encuentra escenarios, artistas, sonido, pero detrás de esa experiencia única, existe una operación que empieza meses antes y termina después de que se apagan las luces y el último artista canta.
“Hay cosas que ocurren debajo del escenario, que yo tampoco me imaginaba. Yo

no sabía cómo se anclaba un escenario, eso me descrestó. Un escenario tan pesado y que tiene tanto andamiaje arriba, necesita un anclaje al piso con unos tanques de agua que tienen toneladas”, explica la autora.
Sin embargo, la trasescena no se limita al montaje y la logística, también incluye el trabajo administrativo y la coordinación institucional que permite que el festival haya podido desarrollarse durante treinta años, lo que significa más de media docena de alcaldías diferentes.
“También está el tema de la seguridad, la salud, los bomberos, los organismos de emergencia; está el tema del medio ambiente, porque ahora Rock del Parque hace parte de una iniciativa que se llama Ecofestivales, hay toda una estrategia para mitigar el impacto ambiental”, cuenta Duplat.
Ese conjunto de personas y labores hace que, durante los días del festival, exista otra multitud de gente que no aparece en las fotos oficiales del evento.
Otra parte muy importante de la trasescena la componen quienes han registrado el festival durante sus tres décadas. Duplat encontró que las imágenes que reposan en el archivo fotográfico también podían contar una historia que pocas veces aparecía acompañada por las voces de sus autores.
“Por ejemplo, ha habido fotógrafos que han registrado el festival, hay un archivo divino histórico que tiene el Idartes con estas fotos, pero nadie habla nunca de estos fotógrafos.
“Entonces, yo le dediqué una sección, a los fotógrafos, en cabeza, puse a Carlos Mario Lema, casi que no me quiere dar la entrevista porque los fotógrafos, pues, por eso son fotógrafos, no quieren hablar”.
El trabajo de la historiadora también destaca lo que se considera el primer festival de Rock al Parque organizado en el parque Olaya Herrera, al sur occidente de la ciudad. “En el 94 Bertha Quintero hizo una primera experiencia de Rock al Parque en el Olaya Herrera.
Ella considera que ese es el primer Rock al Parque, lo tiene fechado, digamos, un año atrás, lo que pasa es que no quedaron registros en la prensa ni nada, porque era como el piloto, digamos”.Para la investigadora, una de las claves para entender la permanencia del festival y la fuerza que ha conseguido a lo largo de los años está en la relación entre la escena musical bogotana y la institucionalidad.

“Rock al Parque nació de esa doble vía con un interés de los gestores culturales, músicos y de los músicos roqueros de Bogotá, pero también con el interés de la institucionalidad cultural que buscaba primero identificar un interés y una necesidad y, luego, responder a través de una política pública”.
En ese sentido, lo que ha hecho posible que Rock al Parque funcione es la formulación de una política que hizo que con los años se declarara patrimonio de la ciudad “para blindarlo del vaivén y del capricho de las personas que van y vienen… que se volviera una política permanente, que es lo que es hoy”, explica la historiadora.
Para una futura celebración, Duplat considera que hay un tema que debería tener mayor profundidad, y es la presencia de las mujeres en el festival.
“Yo creo que vale la pena, cuando le toque a la otra persona, en 10 años, que le toque hacer los 40 años de Rock al Parque, hay que profundizar más en la presencia de las mujeres en el festival, en todos los sentidos, porque las mujeres estuvieron desde el principio en el escenario, muy bien representadas, con Andrea Echeverri, con Policarpa y sus viciosas, y varios grupos.
Ellas entraron pisando fuerte, pero les tocó abrir un camino, como abrir trocha como a machete, como a las malas”. Por otro lado, Duplat reconoce una transformación en el público. “Con el paso de estos treinta años, uno ve que la presencia de las mujeres en el público, por ejemplo, cada vez se equipará más a la de los hombres”.
La transformación de los asistentes viene de la mano de un cambio estético, “Vi el año pasado, por ejemplo, personas muy mayores que iban con sus crestas, su maquillaje, sus tatuajes exhibidos, acompañados de sus nietos, por ejemplo, que iban también a su manera, eso es de las partes más lindas, la parte estética del festival”.
Para ella, la experiencia va más allá de la música, “Rock al Parque lleva treinta años juntando personas, construyendo una escena, pero, sobre todo, siendo una experiencia cultural de convivencia y tenemos que sentirnos orgullosos y defender estos espacios, porque son los únicos que nos van a salvar como ciudad”.
Hoy, el Rock al Parque puede leerse también desde todo aquello que ocurre cuando las luces se apagan y el parque cierra, las personas que lo hacen posible, las historias que se han tejido alrededor del festival y una ciudad que después de tres décadas, ha encontrado allí una forma de encontrarse.
Quizás por eso Rock al Parque es una historia de la ciudad que se sigue escribiendo.

Revisado por el editor.




