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¿Es todavía la subjetividad el mayor valor que tiene el arte?

  • hace 1 día
  • 11 min de lectura
Nervio Óptico ¿Cuál es la función del arte en el contexto actual? Emilio Tarazona explora el arte como método de investigación, conectividad y conocimiento, desafiando las definiciones tradicionales de forma y función.

EMILIO TARAZONA

PARA ARTERIA OPINIÓN



Adriana Ciudad. Debajo del agua, 2015. Instalación compuesta por 70 hipopótamos de cerámica intervenidos con poliuretano y acrílico. /Cortesía. foto proporcionada por el autor de este artículo.
Adriana Ciudad. Debajo del agua, 2015. Instalación compuesta por 70 hipopótamos de cerámica intervenidos con poliuretano y acrílico. /Cortesía de la artista

Jorge Villacorta (uno de los investigadores, críticos y curadores de arte peruano más influyentes y estimados de las últimas décadas), desde una experiencia formativa de genetista y, por tanto, científico, responde a una pregunta directa sobre la existencia de la crítica de arte hoy:


— Sí hay crítica, pero es sumamente distinta. Es decir, en un texto crítico, por ejemplo, yo podría hablar de lo que quisiera a partir de lo que estoy viendo y, de repente, deslizar al final alguna pregunta acerca de lo que me parece que está en juego en la obra del artista. Pero, esencialmente, es un texto que responde por completo a mi subjetividad.


(...) Yo me formé leyendo textos de revistas científicas, por los estudios. En una revista científica tú tienes que dar los detalles del experimento al punto que cualquiera, en cualquier parte del mundo, teniendo los mismos insumos y aparatos, puede reproducirlo.Y por eso es interesante la ciencia: si en cincuenta laboratorios tratan de reproducir un experimento que ha sido reportado en una revista y los resultados no coinciden y escriben a la revista (por lo menos hasta hace 30 años), la revista podía justamente reclamar a quien había escrito el artículo original y muchas veces desenmascarar lo que eran resultados trucados, que se da también en la ciencia. Pero se podía.


(...). Frente a lo discursivo que se ha vuelto el arte, para mí todavía la observación es muy importante. Es muy difícil para mí entender que algo debe ser tomado al pie de la letra y que no puede ser objeto de comentario o crítica que cuestione. Precisamente porque en muchos aspectos la ciencia está dirigida a la noción de que tú puedes probar el error de otro, a través del experimento, la observación y la reflexión.Pero con respecto a los discursos no hay modo de probar o denegar lo que otro piensa, o dice, o sostiene. Lo que es, por un lado, interesantísima la situación actual, pero, por otro lado, un poco raro, ¿no?… (Nota del editor: el texto original utiliza des-probar en vez de denegar). En: entrevista citada, desde el min. 51:40.


El arte Frente al método científico

A diferencia del campo de experimentación de laboratorio, los discursos a los que refiere, que son ideas y opiniones basadas en experiencias en principio intransferibles y no necesariamente compartidas, saldrían al mundo sin interpelación posible, dispuestos solo a tomarse en cuenta o no, con aplicaciones contradictorias y poco homogéneas en las sociedades que, sin embargo, sí son capaces de alterar.


Años antes, había oído al eminente biólogo evolutivo mexicano Antonio Lazcano responder, después de una conferencia concedida en la Casa Universitaria del Libro de la UNAM, a una pregunta en el auditorio que señalaba la influencia de Alfred Russel Wallace en la ‘Teoría de la selección natural’, usualmente solo atribuida a Charles Darwin.


Recordemos que esa teoría no solo fue presentada por ambos como autores simultáneos ante la comunidad internacional en 1858, sino que, sin la famosa carta de Wallace a Darwin, probablemente él no hubiera terminado de escribir su libro On the Origin of Species, publicado al año siguiente.


Lazcano reconoce el aporte, observaciones e intuición de Wallace al formular antes que Darwin las bases de esa misma teoría y responde con elocuencia, haciendo un elogio de los artistas sobre los científicos:


“Si Mozart no hubiera nacido, no tendríamos Don Giovanni; si Miguel Ángel no hubiera nacido, no tendríamos la Capilla Sixtina pintada; pero Wallace, como bien dices, descubre prácticamente al mismo tiempo (que Darwin) la idea de la selección natural. Se dan cuenta de que si Darwin no hubiera nacido, de cualquier manera tendríamos la Teoría de la Selección Natural.


"Se dan cuenta de que si Beethoven no hubiera nacido, no tendríamos la Novena Sinfonía; pero si Newton no hubiera nacido, de cualquier manera tendríamos el cálculo diferencial e integral, porque Leibniz lo estaba desarrollando al mismo tiempo. Eso ¿qué quiere decir?: que los artistas son más necesarios que los científicos.¿Por qué? Porque en un tiempo dado el desarrollo de la ciencia estalla y lo que no produce uno lo va a producir otra gente. La ciencia está llena de ejemplos similares.


Si Oparin no hubiera nacido, de cualquier manera Haldane hubiera propuesto la idea de la ‘Sopa Prebiótica’.Entonces, en realidad, lo que eso quiere decir es que el trabajo de la ciencia es un trabajo colectivo que hace que las disciplinas maduren hasta el punto en que ya es natural que se desarrolle una nueva visión, un nuevo descubrimiento se interprete correctamente, etc. En las artes eso no pasa. Claude Bernard, que era un médico muy famoso del siglo XIX, decía que 'el arte es el yo y la ciencia es el nosotros'”.En: fragmento destacado: instagram.com/reel/DOjD8RgkSzS/ La conferencia “Un mal estudiante llamado Charles Darwin” está disponible en YouTube.


Se suele pensar que el discurso creativo (del arte o sobre el arte, para el caso no hay diferencia) se construye desde subjetividades en gran medida intransferibles y tiene, por eso mismo, más valor que el pensamiento científico.

Eso sucede porque en la ciencia hay una propensión y un campo de consistencia de un “nosotros” sin el cual a los científicos les queda muy difícil avanzar (y tampoco tendrían a quién dirigirse), mientras que los artistas, especialmente modernos, han supuesto que deben borrar o “desdibujar” a sus predecesores para avanzar: marchar en contra o destacar en sus propuestas el desvío y la ruptura.


Afortunadamente, la exaltación de ese paradigma se está perdiendo. Aun cuando algunas impresiones literarias construidas desde la mirada individual se destaquen todavía en textos sobre arte y, en contraste, los estudios científicos estén cada vez más firmados por decenas de autores (si bien algunos lideran el equipo).


O, aun cuando dosificadas metáforas pueden todavía ser bienvenidas en interpretaciones culturales si se habla, por ejemplo, de una obra de teatro o una escultura, estas mismas metáforas o juegos verbales pueden parecer inútiles, de mal gusto o absolutamente innecesarias si lo que estamos leyendo es, por ejemplo, un ensayo sobre el impacto desfavorable de un medicamento en una población en un rango de edades determinadas.


Lo cierto es que existe un “punto cero” del lenguaje al que muchas veces tiende la ciencia: si el Teorema de Pitágoras dice que en todo triángulo rectángulo la suma de sus dos catetos al cuadrado es igual a su hipotenusa al cuadrado (al menos en la geometría euclidiana), no se dice nada más ni nada menos que eso y no hay lugar a interpretaciones.


Hay que decir que en el arte este punto cero del lenguaje se ensayó también en ciertas formas de minimalismo o arte conceptual (recordemos la famosa frase “What you see is what you see” de Frank Stella, en una entrevista de 1964). Pero cuando el lenguaje verbal no tiende a ceñirse estrictamente a la lógica y quiere dejarse llevar por la poesía, tiende a algunos vuelos, a veces, demasiado dramáticos.


¿Cuál podría ser el valor del arte dentro de esta controversia? Si lo colocamos prioritariamente del lado de la subjetividad, se corre el riesgo de convertirla en una propuesta que puede caer en cierta egolatría y narcisismo con opiniones que no se deben a algo o alguien ni buscan entregarse a nada ni a nadie (incluso así acaben consiguiéndolo).


Pero si ponemos el valor en la información, en donde un dato y una teoría pueden exponerse y, una vez validados, serán tomados como verdaderos, no sería posible ya pensar de modo contrario. Un aspecto sustancial a lo humano también parece perderse allí.


La tensión entre el sujeto y la sociedad

Es esta tensión (que si se extiende al pasado tampoco es nueva) la que está contribuyendo sustancialmente a producir acaso una de las mayores crisis de la civilización actual, nacida con la modernidad.


A saber: una tensión entre sujeto y sociedad, persona y grupo que tiende a percibirse como una dimensión individualista (mal llamada libertaria) y otra colectivista (o también igualitarista) que se suponen orientadas a extremos definidos, sea por su nula o por su completa vinculación a la estructura o sistema.

A partir de estos dos modelos o prototipos de humanidad se construyen, casi como caricaturas, dos modelos sociales, políticos, ideológicos y económicos (y ya no solo artísticos o científicos).


En esa controversia puede verse también la base de la discusión entre los discursos animalistas y las perspectivas conservacionistas que tuvieron lugar, por ejemplo, en la reciente discusión en redes suscitada por una autorización del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible para el protocolo técnico que permite sacrificar 80 hipopótamos que se encuentran en el Magdalena Medio (traídos por el cártel de Medellín en los ochenta) y cuya proliferación la ha convertido en una especie invasora que amenaza a otras nativas en peligro, lo mismo que a los frágiles ecosistemas.


Entiendo que las controversias entre animalistas y conservacionistas son, en esencia, un problema donde los primeros ponen el acento en la protección de los individuos y los segundos en la de las especies, los ecosistemas y la biodiversidad. Aunque no todas las posturas son intransigentes: algunos animalistas pueden aceptar el sacrificio como un “mal menor” y muchos conservacionistas suelen agotar todas las alternativas antes de optar por el sacrificio.


Darwin tenía muy en claro que quienes evolucionan por selección natural son las especies y no los individuos; aunque la teoría tuvo aplicaciones individualistas y hasta discriminatorias hacia poblaciones de nuestra especie por algunos humanos influenciados por ella, quienes se pensaban sus mejores representantes (en ideas como las del llamado “darwinismo social” y luego de la eugenesia, iniciada por un propio primo de Darwin, Sir Francis Galton).


Solo por quedarnos entre los autores británicos y para mencionar aportes teóricos a una y otra orilla de la controversia, podríamos recordar a Robert Owen, quien experimentó con sus empresas alrededor de ideas que se entendieron como de un “socialismo utópico”, y a John Stuart Mill, quien publicó su ensayo ‘On Liberty’ meses antes del libro de Darwin.


Pero manteniendo las referencias del lado de la biología, podemos pensar que los más recurrentes ejemplos sobre el “desastre del colectivismo”, expresados tanto en literatura como en cine, se deben a la imagen de una suerte de “superorganismo” donde enormes colonias de organismos individuales, como hormigas, abejas o termitas actúan como un solo ente biológico o células de un solo cuerpo, con funciones altamente jerarquizadas en castas y con una interdependencia estructural que no les permite existir solas.


Pero esa imagen queda muy lejos de las utopías del colectivismo. En el mejor de los casos, estos modelos buscan una suerte de coreografía emulada cuya metáfora estaría más del lado del comportamiento colectivo coordinado que ponen en juego algunas otras especies dentro de un sistema complejo, en el cual siguen siendo individuos autónomos, pero logran interactuar reunidos en cientos de miles para dificultar la posibilidad de captura por parte de sus depredadores.


Como en el vuelo de los estorninos (llamados “murmuraciones”) de hasta cientos de miles de aves moviéndose sin chocarse en ese hermoso espectáculo de atardeceres que tiene el hemisferio norte, en acontecimientos que se registran entre los meses de septiembre y enero (estudiados por el Premio Nobel de Física de 2021, Giorgio Parisi, enfatizando la relación entre desorden y fluctuaciones de los sistemas complejos).


O los bancos de sardinas, donde pueden moverse decenas y hasta miles de millones de peces, cuyos eventos más espectaculares se encuentran en el hemisferio sur, principalmente entre mayo y agosto. O como una emulación de estos, a modo de metáfora, las demostraciones de gimnasia masiva surgidas durante la ocupación napoleónica de Alemania como ejercicio militar y desarrolladas por soviéticos y en países bajo su influencia durante la Guerra Fría, principalmente en gobiernos comunistas.


Aquellas que lograban (o logran) reunir a miles de personas en campos o estadios, alineadas para cambiar placas de colores o alterar sus posiciones formando figuras que solo pueden verse desde el aire o desde muy alto. Una momentánea y bella renuncia a su singularidad que hace alarde de disciplina, y que crea un espectáculo que sirve también de propaganda.


Pero muy lejos del vuelo de los estorninos o el nado perfectamente sincronizado de las sardinas en cardumen, si miramos “desde arriba”, en el sistema complejo de la sociedad planetaria en su conjunto, la imagen de los seres humanos parecería una suerte de cuerpo sin gracia que pone uno de sus pies para obstruir el paso del otro y camina cayéndose y levantándose torpemente, mientras se mete un dedo para sacarse un ojo y se perfora con un cuchillo un lado del vientre con la otra mano; como grotesca, penosa y triste demostración de patetismo.



Redes de cooperación y simbiosis

Lo cierto es que las orientaciones colectivistas no son, necesariamente, conscripciones a la libertad y lo que se atribuye a los movimientos sociales con proyección comunitaria no es la pertenencia a un solo organismo, sino una suerte de conexión de redes similares a las relaciones micorrízicas de los hongos con las raíces de los árboles en ecosistemas forestales, que permiten entre los segundos el intercambio de nutrientes, agua o señales químicas (información) a cambio de carbohidratos, minerales y otros beneficios. Una cooperación posible por esa extraordinaria simbiosis mutualista.


No se trata de buscar enfrentar una dosis recomendable de egoísmo (interés por uno mismo) a otra también necesaria de altruismo (interés por los demás). Incluso la ambición en sí no parece tan dañina cuando tiene aspiraciones más amplias que las que implican al individuo y, en cierto modo, son las perspectivas colectivas las más ambiciosas que puede uno imaginarse.


Ciertamente, como “monstruo de totalitarismo” se han colocado tanto a los Estados como, especialmente en los últimos decenios, a determinadas corporaciones multinacionales que muchas veces hacen incluso que los avances científicos no sean ningún triunfo colectivo, sino una expropiación de las fuerzas colectivas en favor de intereses privativos, reduciendo su aplicación a una minoría y excluyendo a las mayorías (de las que muchas veces sacaron las fuerzas) de esa participación o beneficio, acabando así con ese “nosotros” con el cual la ciencia, según Bernard, suponía ser muy diferente al individualismo del “yo”.


Es claro que en el arte ocurre algo similar a la ciencia, especialmente en ese aspecto: en los seres humanos, desde hace algunos miles de años, los rasgos para transferir a otras generaciones no son exclusivamente biológicos y a los códigos genéticos se ha sumado una vasta información cultural e intelectual almacenada por fuera del cuerpo.


Quizás la tendencia sea dejar atrás la “genialidad” y hasta la “autoría original” en favor de destacar que solo somos actores que impulsan ideas que pueden adelantarse, pero siguen siendo en gran medida simultáneas o, en todo caso, serán copiadas o apropiadas de uno u otro modo luego de enunciarse, más aún si resultan útiles o interesantes.


Si hay algo en lo que el individualismo se fortalece es en la idea de que solo algunos podrán evitar a la manada que corre desbocada en camino directo hacia un abismo y solo unos pocos pueden salvarse de la caída girando para cambiar de ruta o metiéndose en un hueco o en un búnker, a último minuto.


Pero resulta imperiosa la fabricación de puntos intermedios que sumen o sinteticen los aportes, donde los discursos contribuyan a la consolidación de los contextos y no solo a la exaltación de caminos transitados de formas exclusivas como mundos aparte. De hecho, la subjetividad, entendida como la capacidad de tener experiencias, perspectivas y juicios propios, no implica el egoísmo, que sería la incapacidad de reconocer que otros tienen perspectivas distintas.


Del mismo modo, el individualismo no implica una valoración de la autonomía que desconozca la dignidad de los demás individuos (aquello que Mill denomina “principio del daño”, que era el único modo en que la libertad individual podía ser interrumpida por el Estado para evitar el daño a terceros). Vuelvo a lanzar la pregunta: en la creación artística y cultural hay un peso de la subjetividad, ¿pero es ese un valor que hay que mantener porque es el que nos hace humanos?... O acaso hay tan solo que abandonar los excesos de la subjetividad para poder, verdaderamente, querer seguir siéndolo.


Quizás una objetividad en la producción del conocimiento nos queda todavía bastante lejos, pero el egoísmo es siempre una falla en la subjetividad y no su consecuencia inevitable. La subjetividad debe saber admitir su parcialidad y acaso es desde allí que puede reconocer que se requieren diálogos y consensos que permitan establecer las objetividades provisionales y revisables en las que debemos movernos (las cuales tal vez sean las únicas a las que humanamente tenemos acceso).


Aunque ha existido antes sin tener un nombre, Edmund Husserl nos regaló hace mucho ese concepto de “intersubjetividad”: aprendemos en conjunto, la conciencia es un fenómeno colectivo y la solidaridad y conciencia del otro son tan indispensables como la conciencia del yo. Puede haber un problema con los recursos o la desigualdad en la satisfacción de necesidades entre individuos que detestan a la sociedad, que toca afrontar. Pero es claro que la fragmentación de la realidad en más de ocho mil millones de mundos (en los que se estima somos, en número, todos los individuos de nuestra especie) son las que de ningún modo caben en un solo planeta.


Emilio Tarazona

Bogotá, junio 2026

Emilio Tarazona/Cortesía

Emilio Tarazona es investigador y curador de arte contemporáneo. Tiene interés por el arte-acción, las realidades sociopolíticas de América Latina, así como por las problemáticas ecológicas globales que aborda a través de seminarios, ponencias y textos impresos. Se interesa por producir ensayos audiovisuales documentales con entrevistas; acompaña procesos creativos y realiza conferencias en ciudades de América y Europa. Ha sido co-curador en el Museo Reina Sofía - MNCARS, de Madrid, del MUNTREF, de Buenos Aires y del Würtenbergischer-Kunstverein (Stuttgart). /Cortesía

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.

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