La crítica que falta
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Columna de arquitecto Juan Pablo Aschner realiza una crítica acerca de... la crítica. No de su ausencia sino, más bien, de su falta de pertinencia en muchos casos, sobre todo en temas cruciales como la arquitectura.

JUAN PABLO ASCHNER
PARA ARTERIA OPINIÓN
Todo parece indicar que entre menos sabemos sobre un tema, más seguros parecemos sentirnos para opinar sobre él. Basta ver la cantidad de comentarios, calificaciones, reacciones y estrellas que hoy le asignamos a casi todo lo que nos rodea. Opinamos permanentemente, aunque pocas veces resulte claro cuánto conocimiento o experiencia sostienen realmente esos juicios.
Durante mis años de formación en arquitectura disfruté mucho la teoría y la historia. La crítica de arquitectura, en cambio, me incomodaba porque la encontraba cercana al resentimiento. Para una profesión que se ocupa de construir, veía muchos ejercicios críticos como demoliciones, en una búsqueda casi policial de la copia, la influencia o el error. Algunas críticas parecían escritas menos para proponer ideas que para encontrar en sus lectores almas afines en el desencanto y el rencor, unidas por la destrucción del colega.
Encuentro más constructivas las críticas literarias, musicales y de cine. En esos territorios la crítica ayuda a construir una cultura propia, a ordenar intuiciones y a estructurar el discernimiento. Durante los años formativos, leer crítica puede convertirse en un tipo de orientación sensible: una manera de entender por qué algo conmueve, choca o por qué una obra permanece en la memoria.
La crítica de arte la encuentro semejante a la de la arquitectura, como si se balanceara permanentemente entre la construcción y la destrucción. Agradezco, en todo caso, que desde el arte haya quienes hagan también crítica útil a la arquitectura, porque en arquitectura la buena crítica escasea. Pienso, por ejemplo, en Lucas Ospina, cuya escritura ha sabido ser mordaz y fina sin dejar de ser directa.
La buena crítica de arquitectura escasea, entre otras razones, porque muchas veces se concentra en lo equivocado. Buena parte de la crítica arquitectónica se dedica a comentar edificios ya construidos y entregados: una obra pública de alguna gran personalidad, un museo o una biblioteca. Es verdad que todo eso importa. Las ciudades necesitan discusión sobre sus monumentos y edificios representativos. Pero también cabe preguntarse a quién le sirve esa crítica cuando el edificio ya está hecho, cuando la gente solo podrá visitarlo, usarlo o padecerlo.
Mientras tanto, en otros oficios y profesiones la crítica cumple una función mucho más cotidiana. Antes de ir a un restaurante miramos reseñas. Leemos si atienden bien, si el lugar es limpio, si la comida llega a tiempo o si la experiencia vale lo que cuesta. Antes de comprar un electrodoméstico revisamos comparaciones. Antes de comprar un carro buscamos videos, listas de ventajas y defectos. La crítica, en esos casos, no es solo un ejercicio intelectual sino, sobre todo, una herramienta de decisión. Y, quizás, justamente por eso muchos objetos y experiencias permanentemente expuestos a la crítica han mejorado tanto. La existencia de consumidores más informados ha obligado a elevar estándares, corregir errores y competir con mayor exigencia.
Resulta curioso, entonces, que algo similar no ocurra con la arquitectura. Los bienes inmuebles, que son quizás las inversiones más grandes que realiza una persona en toda su vida, siguen estando muy poco acompañados por crítica arquitectónica útil y estructurada antes de la compra o alquiler. Una familia puede endeudarse durante décadas para adquirir un apartamento, una casa, un local o una oficina y, sin embargo, rara vez cuenta con una lectura clara sobre la calidad de aquello que está comprando. Decide a partir de renders, folletos, salas de ventas, promesas comerciales o la recomendación de algún pariente o conocido. Lo que termina comprando son metros cuadrados, una vista posible, unos planos que no siempre entiende y unas imágenes idealizadas.
Es claro entonces que pocas veces compra o arrienda con información arquitectónica suficiente. En este proceso de compra hace falta la arquitectura como servicio público. Hace falta que arquitectas y arquitectos se anticipen a las compras, vean las ofertas de constructoras que venden en planos y que se encuentran en internet, visiten salas de ventas, recorran apartamentos modelo, comparen distribuciones, observen materiales y acabados, analicen circulaciones, zonas comunes y ubicaciones. Hace falta revisar y analizar todo aquello que se evalúa con tanta severidad en un taller universitario o en un concurso para que pueda convertirse también en información accesible para quien está a punto de comprar un bien inmueble.
Y es que la arquitectura podría mejorar mucho si el mercado fuera más exigente. Y el mercado no está siendo exigente porque no está informado estructuradamente. La gente compra con parámetros que muchas veces no son arquitectónicos. Compra impulsada por el mercadeo, porque le salió el crédito, por el miedo a perder una oportunidad o por la promesa aspiracional. Allí aparece un desequilibrio entre la oferta y la demanda: la arquitectura se evalúa poco precisamente en el lugar donde más impacto tiene sobre la vida cotidiana.
Pasando a la crítica audiovisual que transita por las redes, vemos cantidades de videos sobre casas hechas por o para celebridades y muy pocos sobre la vivienda corriente; muchos sobre grandes edificios públicos o monumentos y muy pocos sobre los edificios anodinos que llenan nuestras ciudades; aún menos videos, que no sean comerciales, sobre los proyectos que salen al mercado cada día.
Hay algo comprensible en el morbo de mirar la casa ajena, la escalera monumental, la piscina imposible o el clóset obsceno. Pero sería útil dirigir algunas de esas energías hacia los espacios donde va a vivir la mayoría, hacia esos apartamentos que las personas van a terminar pagando durante media vida, antes de que se vendan y siguiendo el ejemplo de cómo la crítica ha ayudado a mejorar tantos otros productos y experiencias.
No se trata de crear una crítica más cruel. Se trata de construir una crítica más útil. Una crítica capaz de orientar, comparar, advertir y acompañar. Una crítica con estrellas, si hace falta, pero también con ideas. Una crítica que le diga al público si un edificio está bien pensado, si un apartamento es habitable, si un proyecto cuida la ciudad o simplemente la ocupa.
Quizás ha llegado el momento de que la crítica arquitectónica salga menos a perseguir colegas y entre más a las salas de ventas. Que deje de hablar únicamente para arquitectos y empiece a hablarle a quien está a punto de empeñar esta vida y la otra en lo que podría ser una mala decisión. Que la arquitectura vuelva a prestar un servicio allí donde más se necesita: no solo en el diseño de edificios, sino también en la construcción de criterio para habitarlos.
Juan Pablo Aschner es arquitecto, Magíster en Arquitectura, MBA en Innovación para las Artes y PhD en Arte y Arquitectura. Es Decano Fundador de la Facultad de Creación de la Universidad del Rosario. Su práctica articula creación e investigación con el diseño arquitectónico y el diseño participativo, explorando las intersecciones entre arquitectura, artes y humanidades.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no comprometen a ARTERIA.




