'Kalopsia': Nadín Ospina, Pedro Ruiz y 'Guache' exponen en el Museo de Arte Contemporáneo sobre la injusticia
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DIEGO GUERRERO
Editor
ARTERIA
"Kalopsia" es un término que significa ver las cosas más bellas de lo que son. Así se llama la exposición curada por Gustavo Ortiz en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá, que reúne a Nadín Ospina, Pedro Ruiz y ‘Guache’, cada uno con un piso.
En ella los tres artistas abordan la crudeza del mundo contemporáneo -por no decir violencias-, por lo que el título es evidentemente un guiño irónico aunque como están las cosas o como los medios dicen que están, ejercer la kalopsia puede ser un giro del cerebro para soportar al mundo.
“Bueno, kalopsia es un término que hace tiempo me venía sonando en la cabeza y que pertenece a la psicología. Me parecía que tenía un gran sentido para este momento del país, porque significa en griego ver las cosas más bellas de lo que son.
Esto es, digamos, como un caso patológico-psicológico, pero también implica una defensa o una actitud frente a la situación tan grave que afrontamos. Entonces, decidí tomar esta palabra que es tan significativa en griego para aplicarla a esta curaduría que incluye a los tres artistas: Pedro Ruiz, Nadín Ospina y Óscar González ‘Guache’”.
Nadín Ospina y el arte profético: entre las ovejas y un misil

El primer piso está ocupado por obras de Nadin Ospina, que ubica ovejas impresas en 3D, un rebaño sobre el cual va a caer un misil. podría decirse que falta menos de un segundo para que las ovejas dejen de existir. Alrededor una serie de cuadros ubicados en la sala contigua pone en primer plano otros corderitos sobre el fondo de fotos como tanques de guerra, aviones de combate o misiles, por ejemplo.
“Lo del misil con las ovejas puede tener una doble lectura y hay una cuestión muy curiosa: en noviembre del año pasado, visité el taller de Nadín y él me mostró que estaba haciendo ese misil y las ovejas, trabajando la idea del Agnus Dei o el Cordero de Dios, que es ese cordero propiciatorio, el cordero inocente que es ofrecido por los pecados del mundo en la tradición judeocristiana… el sacrificio. Y, viéndolo al día de hoy, pues ese sacrificio es el que hacen miles de personas: sobrevivir para mantener a los superricos del mundo con sus horas de trabajo y con su labor”.
Hay que hacer una pausa para decir que en un cuarto está la obra que puede ser la más significativa del piso y es una oveja puesta sobre un pedestal cubierto de un terciopelo rojo, que recuerda al Agnus Dei, de Zurbarán.
Sobre el asunto del misil, Ortiz continúa explicando que en el momento de la reunión con Ospina Estados Unidos no se había llevado a Maduro de Venezuela ni junto con Israel habían atacado a Irán. “Yo le decía a Nadín que esa obra había sido prácticamente profética, porque anticipada a muchos hechos históricos. La gente piensa que Nadín lo hizo a raíz de lo que pasó con la guerra en Irán”.
De todos modos, Ortiz agrega que uno puede ser oveja, pero también puede ser misil, porque el ser humano actúa de las dos formas. “Muchas veces ante ciertas circunstancias de la vida, nosotros somos la oveja, pero en otras circunstancias somos el misil, agredimos”.
Vale decir que las ovejitas no están asustadas porque no sienten lo que les va a pasar, lo cual nos hace pensar en nosotros mismos que, atareados en el día a día, ignoramos nuestro destino, que, en mucho, está en manos de otros que tienen el poder de decidir sobre otras vidas. Al fin y al cabo de eso se trata ser oveja, ¿no?
“Nadie esperaba lo que pasó este año y tampoco sabemos lo que va a pasar en los próximos días, como una posible nueva guerra nuclear y no sabemos nada”, dice Ortiz.
Pedro Ruiz: lágrimas de cristal, glifosato y memoria histórica

La parte de Pedro Ruiz, en el segundo piso, la podríamos definir como la sección de las lágrimas, no solo porque al visitante lo reciben un grupo de lágrimas de cristal que cuelgan del techo sino porque las razones que propician esta obra ha causado mucho llanto en Colombia. Un país que uno cree a veces que Dios olvidó y que por eso el MAC tiene que hacer exposiciones como estas.
“Él unió varias propuestas. Por un lado, empieza con paisajes idílicos que, cuando uno se da cuenta, están surcados por una avioneta que está fumigando con glifosato. Hay, digamos, una resimbolización de lo que nosotros entendimos como la riqueza natural de Colombia y las grandes posibilidades de potencia de la naturaleza. Y hay una obra muy significativa donde hay un río serpenteante cruzado por dos avionetas, que de lejos forman este signo de pesos”, explica el curador.
Otro de los puntos está en todo lo que Ruiz ha hecho sobre los desaparecidos. “Hay unas niñas que son mariposas que han sido desaparecidas. Él nos contaba que no solamente en la frontera con México, sino también aquí en Colombia, miles de niñas son víctimas de trata”. De hecho, ese trabajo partió de una colaboración con periodistas de México.
En la tercera sala del segundo piso está dedicada a las madres de los ‘falsos positivos’. “Él tomó como referencia santos de vestir (de los que usan para las procesiones), pero que tenían, digamos, el corazón afuera o tenían los ojos afuera como Santa Lucía. Hace como una especie de altar, que es muy pequeño. Él da crédito también al artesano que lo ha tallado”, explica Ortiz. Las lágrimas no tienen mucho misterio porque ¿quién que haya sufrido la desaparición de su hijo no ha llorado?
‘Guache’, la encarnación de la kalopsia y la identidad ancestral

La exposición tiene en el tercer piso un espacio para ‘Guache’ con una escultura central que recuerda a una mujer de maíz (podría ser una imágen de la Virgen, de maíz), rodeada de grabados.
‘Guache’ -dice Gustavo Ortiz- tiene en su nombre “una actitud de kalopsia, porque guache en chibcha significa príncipe. Los españoles (en la Colonia) lo utilizaron como una frase de humillación. Todavía, hoy en día, nosotros, cuando una persona se nos atraviesa en el camino o cuando comete alguna irregularidad, decimos «mucho guache», como una forma despectiva. Y él ha revitalizado esta palabra dándole un sentido estético profundamente raizal y, además, volviendo a su significado original”.
Para el curador, el artista retoma símbolos propios de las culturas indígenas: el maíz, la lucha indígena, el jaguar. “Todos estos símbolos que son tan fuertes, tan profundos, pues nos hacen ver esa otra belleza, ese otro sentido que ha sido anulado un poco a través de la historia”.
“Yo creo que las tres propuestas se tocan. El mismo espacio del museo las une. Creo que cuando la persona observa, al final del recorrido se da cuenta de la profunda unión que hay entre las tres obras. Al final, somos un país polifacético y, también, superrico, pero con riquezas cooptadas, manipuladas o explotadas por ciertos grupos que no quieren que las demás personas, o que todo lo demás, lleguen a disfrutar o a utilizar esa riqueza, y por eso, pues, es la raíz de la violencia”, dice Ortiz, dando a entender que por eso, también, la exposición.

