Coleccionar no es comprar
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Sin Marco ¿Crees que el coleccionismo de arte es solo para mayores o expertos? Descubre por qué coleccionar arte en Colombia es un acto de pertenencia y renovación. Laura Montañés y Víctor Delgado expertos en arte, y coleccionistas, nos cuentan su visión.
Laura Montañés y Víctor Delgado
PARA ARTERIA
OPINIÓN


Coleccionar arte en Colombia, siendo joven, puede llegar a ser intimidante… hasta que deja de serlo. Eso no se dice en voz alta, pero es así.
Llegar a una galería con menos de 35 años de edad y preguntar por una obra todavía despierta una mirada que oscila entre la curiosidad y la sospecha, especialmente cuando la pregunta se dirige a obras de grandes maestros que se asumen resguardadas para coleccionistas mayores, de trayectoria o con una billetera conocida.
Hay quien asume que uno está perdido y entró a refugiarse del aguacero capitalino. Hay quien asume que uno presume. Y hay, cada vez más, quien asume que uno está empezando algo. Esos últimos son los que vale la pena encontrarse.
Este país tiene una generación curiosa por el arte que, sin embargo, sigue creyendo que el coleccionismo es un asunto de otros: de los mayores, de los herederos de Bogotá y de Cartagena; de gente con apellido o con una chequera que ninguno de nosotros tiene.
Esa creencia es cómoda porque exime, pero también empobrece. No solo empobrece al que se queda mirando desde la puerta, sino al ecosistema entero, que necesita coleccionistas nuevos no por capricho del mercado, sino porque sin ellos no hay siguiente generación de galerías, de artistas con tiempo para producir ni de ferias que sostengan más de dos ediciones.
Aquí es donde aparece la primera idea que queremos defender en ‘Sin Marco’. Coleccionar no es comprar. Una compra se cierra cuando se hace la transferencia. El coleccionismo empieza ahí.
Cuando uno adquiere una obra de un artista en una galería no está solamente adquiriendo un objeto: está aportando a una estructura, una que paga rentas, monta exposiciones, imprime catálogos, viaja con la obra a ferias internacionales, da visibilidad, crea redes, educa públicos, sostiene a un artista durante unos meses más y le permite producir algo que todavía no existe.
Esa es la diferencia entre comprar muebles o impresiones de un almacén de cadena y entrar a un sistema. El póster se gasta con la temporada; la obra es apenas la puerta a una práctica que lo acompaña a uno toda la vida, que se puede ejercer en cualquier parte del mundo y que permite evolucionar.
Coleccionar tampoco es acumular ni decorar. Acumular es lo que hace quien compra por impulso o por moda y termina con paredes llenas de obras que no conversan entre sí y tampoco dejan historias para contar y compartir. Decorar es lo que hace quien necesita llenar un espacio y elige una obra como podría haber elegido un mueble.
Coleccionar es comprar con intención y esa intención suele rebasar al espacio en el que la obra va a habitar. Se trata de construir un gusto, una perspectiva y de empezar conversaciones internas con uno mismo y externas con otros sobre por qué una obra se mantiene vigente en el tiempo y por qué otras pierden vigencia apenas se descuelgan.
Decirlo así suena sencillo, pero exige un cambio de actitud que no es menor. Entrar al coleccionismo con intención implica, entre otras cosas, dejar de tratar al arte como decoración y empezar a tratarlo como un campo en el que uno se forma. Eso quiere decir ir a inauguraciones aunque uno no piense comprar, viajar y agregar al Mambo, al Museo La Tertulia o al Mamm dentro del plan cuando vamos a Bogotá, Cali o Medellín.
También seguir a galerías por fuera de las dos o tres que todos conocen, leer lo que escriben los curadores y los críticos, preguntar más, asumir que no se sabe, acercarse a un galerista sin intentar comprar la primera vez y, por qué no, terminar haciéndolos amigos.
Implica entender que, aunque nadie compra arte con ánimo de pérdida, los precios se forman en el tiempo, las trayectorias se construyen y una obra hoy de uno, dos o cinco millones de pesos, puede valer treinta en diez años no porque sí, sino porque alguien hizo un buen trabajo en el camino. Implica también, y esto cuesta más, hacerse amigo de otros coleccionistas, porque a coleccionar se aprende viendo, compartiendo y conversando, no solo leyendo.
Hay algo más, y conviene decirlo sin rodeos: para una generación que crece pensando el arte únicamente desde Instagram, donde la obra es siempre una imagen y nunca una textura, una escala, una luz, no hay mejor antídoto que ir al espacio físico, a las ferias, los museos, los talleres. Eso forma criterio. Y el criterio es lo único que, a largo plazo, distingue al coleccionista del comprador.
Empezar a coleccionar joven no es un acto de presunción. Es, si se hace con cabeza y corazón, un acto de pertenencia. Uno se vuelve parte de algo más grande que la propia casa y, sin proponérselo, termina haciéndole espacio a que otros, igual de jóvenes, lleguen después. El sistema del arte colombiano necesita esa renovación no para mantenerse, sino para ser otra cosa, necesita transformarse y evolucionar. Pero para esto, se necesita dejar de observar y empezar a interactuar.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no comprometen a ARTERIA.




