Ferias de(l) pueblo, ferias de arte
Fuera de Campo* Fernando Cuevas Ulitzsch analiza tendencias sobre cómo se están moviendo las ferias de arte a partir de comparaciones entre distintos eventos de este tipo: de los que son 'de pueblo' y de los que se hacen en recintos feriales.
FERNANDO CUEVAS ULITZSCH fcuevasu74@gmail.com @fcuevasu74
PARA ARTERIA OPINIÓN

Dos visitantes durante la Feria Artbo de 2022. /Diego Guerrero- archivo ARTERIA.
En toda feria de pueblo hay caseta, rueda de chicago hechiza, reinado, un borracho dormido desde quién sabe cuándo y una señora que vende obleas desde las siete de la mañana.
Entra todo el mundo, casi nadie compra y, sin embargo, el lunes el pueblo amanece distinto. Esta semana Bogotá tiene dos ferias así. De arte. Y no es un chiste: feriae, en latín, significa festividad, y los estudios sobre el origen de la feria comercial de arte la rastrean hasta las peregrinaciones religiosas, donde el culto le prestaba su estructura al negocio.
Las dos ferias bogotanas funcionan distinto, y conviene saberlo. Artbo va del 24 al 27 de septiembre en Ágora, la organiza la Cámara de Comercio de Bogotá desde hace 22 años, y es el reinado: recinto cerrado, convocatoria con comité de selección, boletería, coleccionistas invitados, First Choice con champaña.
Un_Fair Tequendama va hasta este 27 de septiembre y arrancó el 18 —con las galerías abiertas desde el 22 en las residencias Tequendama— y es la caseta: las galerías se meten en las suites del hotel, y abajo, sobre el andén y en locales del Centro Internacional, hay esculturas, bares en ruinas intervenidos e instalaciones que uno se encuentra sin haber pagado nada ni haberlo planeado. Una le pide al público que suba. La otra baja a la calle. Las dos son necesarias y vale la pena visitarlas.
Ahora las cifras de las ferias, comparando peras con peras.
Empecemos por las de las ferias ‘de verdad’. El Carnaval de Ríosucio, un municipio de Caldas de unos 60.000 habitantes que espera alrededor de 30.000 visitantes. El Festival Nacional del Porro de San Pelayo (Córdoba) junta cerca de 400 músicos en una sola alborada, en un pueblo donde —según las malas lenguas— uno de cada diez habitantes es músico.
Y en Medellín, que ya no es pueblo sino ciudad de millones, la Feria de las Flores dejó este año 60,6 millones de dólares y unos 17.200 empleos directos e indirectos, con 1.400.000 personas viendo el Desfile de Silleteros.
¿Y a las de arte cómo les va? Asistencia contra asistencia: Artbo recibió 26.534 visitantes en 2023 y 29.560 en 2024, y para esta edición su director anunció que esperaban entre 25.000 y 28.000.
La propia feria cuenta en su página que pasó de 12.000 asistentes en 2004 a 35.000 en 2016. Traduzcamos: hoy entra menos gente que hace una década.
Un_Fair informó que en 2025 alcanzó a más de 950.000 personas, pero "mediante sus plataformas y activaciones" —alcance, no asistencia, y ahí está media columna—; El Tiempo estimó que unas 10.000 subieron efectivamente a ver galerías. Para comparar, Zona Maco en México DF cerró en febrero con 82.000 visitantes. Arte, en Buenos Aires, con 40.000.
Galerías contra galerías: Artbo trae 50 este año, Un_Fair hasta 20, la feria de Buenas Aires tuvo 67 y la feria mexicana más de 240. No somos ínfimos, pero sí somos chiquitos, y eso que estamos midiéndonos con México y Buenos Aires, no con Basilea.
Y hay un dato que lo dice todo. Artbo|Fin de Semana, el brazo gratuito del mismo programa, el que saca el arte a los barrios, reunió en abril a más de 83.000 visitantes en 86 espacios. Casi el triple que la feria. Gratis y en la calle, la gente viene. Métale un torniquete y se va. Esto confirma que al bogotano le interesa el arte: el público está, y está ahí afuera.
(Nota del editor: vale decir que la página de Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte dice que en la Bienal BOG25 asistieron más de 500 mil personas a sus sedes y más de 2 millones y medio visitaron o recorrieron las obras en el espacio público).
Un (¿el?) problema es qué hacemos con los visitantes cuando entran. El propio director de Artbo lo dijo sin anestesia antes de la feria del año pasado: de los asistentes esperados, entre 5 y 10 por ciento serían compradores muy activos. Hagamos la cuenta: de 28.000 personas, unas dos mil. El resto mira. Y mirar está bien —yo llevo décadas más mirando que comprando— pero mirar no paga las facturas de un artista.
Leonardo Santana Viloria estudió Artbo entrevistando a los galeristas participantes y encontró lo que esa cuenta ya insinuaba: su objetivo principal no son las ventas sino el posicionamiento, y frente a ese objetivo las ventas pasan a segundo plano. La feria no es un mercado: es una ceremonia de relegitimación, un sitio donde circula reputación.
Y ahí está la trampa. Una feria puede cerrar con éxito —buena asistencia, buena prensa, buenas fotos, todos contentos— sin que un solo artista reciba un peso. Por eso todas publican cuánta gente entró y casi ninguna cuánto se vendió. Alguna vez hubo números: Cifras y Conceptos calculó que el impacto de Artbo en 2015 fue de poco más de $105.263 millones. De eso hace una década. Después quedaron las anécdotas —en 2019 se decía que vendieron obras de hasta un millón de dólares— pero ningún informe anual oficial.
Cuando a su actual director le preguntaron por las ventas de estos 21 años, respondió hablando de internacionalización y de coleccionistas formados. Ni un número. Uno puede entender la reserva comercial, pero… ojo: un mercado que no se deja medir es un mercado que no se deja discutir. Porque el artista no paga el mercado con la reputación.
Un artista produce igual haya feria o no. Compra bastidores, paga arriendo del taller, se enferma, envejece. Lo único que convierte todo ese trabajo en comida es una venta, y la venta sólo se concreta al final de una cadena larga y compleja: la galería paga stand, algunas pagan transporte, seguro, montaje, viáticos; vende; descuenta; y lo que sobra después, lo gira al artista.
Miremos un rato a las grandes ligas; Según el informe Art Basel/UBS de este año, las ventas en ferias subieron al 35 por ciento de la facturación global de las galerías, su nivel más alto desde 2022, pero el 38 por ciento de las galerías reportó menor rentabilidad, y el número promedio de compradores por galería cayó a 57. O sea: le venden más, a menos personas y ganan menos en el proceso; el problema es que cuando esa cadena se rompe, lo hace por el eslabón más débil: el artista.
Comparémoslo con San Pelayo. Allá el músico es la feria: sin él no hay alborada, no hay desfile, no hay nada. Y la organización presume —con razón— de ser uno de los pocos eventos culturales del país que le entrega apoyo económico a las bandas para su traslado y permanencia. Es decir: el pueblo entendió que si el artista no llega, no hay fiesta y que llegar cuesta plata. Allá al músico le pagan por tocar, no por haber sido visto.
Nosotros todavía no. Y no es por falta de músculo: la economía cultural y creativa colombiana dejó $47,9 billones en 2025, emplea a 820.478 personas y pesa 2,89 por ciento del PIB; en Bogotá, que concentra el 61,1 por ciento del sector. Las artes visuales crecieron 28,7 por ciento en 2024. El motor existe, gira y calienta. Lo que no existe es una correa estable que conecte ese motor con la nevera del artista.
La feria de pueblo funciona porque el pueblo es dueño de la feria. Esa es la diferencia. Mientras nuestras ferias de arte midan su éxito en posicionamiento y no en sostenibilidad, en cuánta gente entró y no en cuánto le quedó a quien hizo las obras que vamos a ver, seguiremos teniendo una fiesta preciosa de cuatro días y trescientos sesenta y un días de precariedad.
Ojo: nada de esto es un llamado a no ir. Las ferias son un músculo comercial vital que tiene el sector, y un músculo no se corrige quebrándolo; se corrige usándolo. Esta semana ese uso depende de quien esté leyendo esto. Vayan a las dos ferias. Compren algo, si pueden, así sea chiquito. Y pregunten -en serio- cuánto le queda al artista.
*Para Gilles Deleuze, "todo encuadre determina un fuera de campo", estableciendo que no existe un cuadro que no remita a una "reserva de presencia que lo desborda por todas partes" (La imagen-movimiento, 1983). Bajo esta premisa técnica, el fuera de campo designa aquello que, aunque "no se oye ni se ve, sin embargo está perfectamente presente", identificándose con "el Todo" que "se comunica con el conjunto e impide que este se cierre sobre sí mismo".
FUERA DE CAMPO será mi iniciativa de contenido digital y de reflexión pública en mis redes y canales, y que explorará también en esta serie de columnas de opinión con el mismo nombre para ARTERIA, cómo la potencia de un artista no reside en el objeto aislado, sino en cómo su obra actúa como un sismógrafo de lo invisible, obligándonos a explorar otras artes, otras creaciones y el contexto sociopolítico —esas presencias desbordantes— que sostienen y dotan de sentido a la estructura de lo visible que nos abraza.

Artista, gestor cultural, curador y experto en conectar la expresión estética de la experiencia humana e impulsar procesos de creación, intervención y difusión. Comunicador Social con énfasis en televisión educativa de la Universidad Javeriana,
Especialista en Creación Multimedia de la Universidad de Los Andes, Magister en Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Nacional y Magister en Creación Literaria de la Universidad Central, en proceso de acreditación como experto en tasación de obras de arte y pintura y experto en falsificación de obras de arte.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no comprometen a ARTERIA.




