Una vida entre el ‘bling-bling’ del estrellato y la mística de lo intocable
El nido Entre las pruebas PISA, la IA y el fin del trabajo curatorial tradicional: una reflexión sobre la automatización del arte, la lectura y el valor de lo humano.

CARIDAD BOTELLA
PARA ARTERIA OPINIÓN
Lejos queda ya el romanticismo de las vacaciones. Cerca están las semanas del arte en Bogotá. Ya se sienten los tambores de la cantidad de inauguraciones que dan comienzo este fin de semana. Serán días de saludos, besos al aire, halagos, críticas, pujas por afianzar nuevos proyectos, descubrimientos y decepciones.
Todo en el marco del desasosiego porque el mundo está en retroceso, el cambio climático avanza, la incertidumbre aviva el miedo en las sociedades, aunque todos los días se le intente poner buena cara y actitud.
Entre las malas noticias hay una que me acelera el pulso y no por amor sino por estrés: los resultados de la prueba PISA muestran una caída en picado del puntaje de lectura como tendencia global.
¿Cuántos años llevamos diciendo que los textos deben ser más cortos porque la gente (adulta) no lee? No es sorpresa que al medir la capacidad de lectura de los jóvenes de 15 años en 91 países y economías los resultados sean alarmantes.
No es que no entiendan lo que leen, sino que leen apresuradamente y contestan sin haber dado oportunidad al entendimiento. Como podíamos sospechar, dos de los factores a los que se achaca esto son el mal y desmedido uso de la IA y de los celulares.
La tecnología frente al conocimiento parece estar en el centro del debate; mientras más ignorantes somos, más maleables, influenciables y vulnerables para que el sistema (gobiernos, empresas, etc.) haga con nosotros lo que se le dé la gana. Mejor calladitos y consumiendo que desobedientes y pensando.
La pregunta que flota en el aire de la educación es la misma que en otros sectores, ¿para qué queremos la IA? ¿Para ayudarnos a aprender (léase también trabajar) o para sustituir el aprendizaje (léase también trabajo) porque da pereza pensar? En 2023 se lanzaron las primeras empresas de IA y comenzó el temor de lo que podría llegar a pasar.
Poco a poco todos estos escenarios van sucediendo. Vemos lo negativo y también lo positivo, la sempiterna dualidad de cada paso que da la humanidad. Detractores, defensores, avances, retrocesos, crecimiento y desaparición.
Este es un debate amplio, excesivamente grande para esta modesta columna que de todas formas no desea deprimir más a nadie; hoy solo quiero poner la curaduría en la perspectiva de la sustitución del trabajo, de la pereza de pensar, de la pereza de esperar, de la pereza de leer.
Hablando con una amiga (dejo en el aire la duda de si era o no humana), me comentaba que la curaduría era un costo que las galerías ya se podrían empezar a ahorrar (no sé si las instituciones también) dada la posibilidad de trabajar con un robot y que, por ende, el rol del curador estaba empezando a cambiar.
Según ella, el giro es hacia lo comercial, hacia las relaciones públicas con el medio tanto local como internacional, a que el curador no produzca tanto una exposición en términos de visión y contenido (ya está la IA), como a que se convierta en un activo que contribuya a la monetización de la exposición.
En otras palabras, a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. De alguna forma, más que menos, ya sabíamos que esa parte del trabajo estaba ahí, antes de la llegada de la IA; quizá solo se redefinen los pesos de las labores y los roles.
Yo le contaba que en los Países Bajos (contexto que conocí de primera mano entre 2001 y 2012) nunca vi que las galerías tuvieran curadurías externas como norma, y que el programa, la selección y las exposiciones corrían a cargo de los galeristas.
Ahí las posibilidades de hacer curaduría están en otros contextos. El escenario que elimina el trabajo curatorial de los espacios comerciales no me es ajeno: adaptarse o morir; al fin y al cabo, ya son veinte años en el mundo del arte, que a ratos, más que una profesión, se siente como un mal vicio, una insensatez prolongada.
Lo que mi amiga me comentaba se añade a una serie de conversaciones con otros sectores laborales que se están viendo afectados por el impacto del uso de la IA en sus trabajos. Siendo un poco ingenua, todavía no había alcanzado a vislumbrar que esta situación podía tocar mi puerta de manera inminente.
No es que esté en contra de la tecnología —¡qué bien que nos ayude a trabajar mejor!—, pero sí creo que una curaduría humana es producto de la alquimia de ideas que pasan por la experiencia real, del tejido de ciertos temas e intereses que nos tocan la fibra, historias escritas en conjunto, como un conjuro lanzado en el tiempo y el espacio que esperamos que resuene y deje alguna huella.
Y lo que entiendo, después de esa conversación, es que esto va a ser un bien escaso, un don preciado y cada vez más difícil de conseguir, como las cosas hechas a mano, con tiempo y con buenos materiales. La curaduría se situará entre el bling-bling del estrellato y la mística de lo intocable. Ya solo esta frase me da dolor de barriga, pero quizá es hacia ahí para donde va esto.
Tal y como la sociedad se vuelve más desigual, lo mismo pasará con los curadores: habrá robots que mantengan el sistema y starlets que impulsen el mercado… ¡puag! No sé si lograré adaptarme, ojalá que así sea porque, finalmente, todo va cambiando. Estos días de reflexión distópica, estoy saliendo de un bloqueo de escritura tremendo, asfixiante. Llevaba varios textos atascados durante el último mes y ya de un golpe han empezado a salir.
La necesidad ha hecho que esto sucediera porque una no se salta (tanto) los plazos (deadlines). Debo confesar que la idea en cifras de un mundo cada vez más estúpido e ignorante me ha puesto de vuelta en la silla, que también he sentido en la nuca la respiración de la muerte laboral por sustitución robótica y que me he puesto a correr hasta poder saltarme la barrera.
Con este impulso se ha dado la explosión de ideas, palabras, conexiones y agencia al compás de una voz que me repetía palabras de aliento para seguir adelante y tener algo de ventaja para que, cuando me pille el robot, pueda ser capaz de pulsar el botón de apagado sin que me dé pereza pensar. Estos días nos encontraremos en persona, cara a cara, y eso sí no tiene sustitución; si nada de lo que producimos lo hemos pensado y escrito nosotros, ¿qué nos va a convocar a salir a encontrarnos de nuevo?

Caridad Botella Lorenzo (Madrid, 1977) Licenciada en Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Magister en Museología de Reinwardt Academie, Ámsterdam y en Estudios Fílmicos - Universiteit van Amsterdam. Maestra bordadora de la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo. Fue directora de la galería Witzenhausen de Ámsterdam entre 2006 y 2011. Desde el 2012 reside en Bogotá donde se volvió mamá de dos niñas, descubrió una conexión íntima con la naturaleza y el amor por el bordado.
Es cofundadora y curadora de Sinfonía Trópico, una plataforma científico-artística con énfasis educativo, que gira en torno a la pérdida de biodiversidad, la deforestación y el cambio climático en Colombia. Trabaja como curadora independiente con enfoques en el arte textil, la naturaleza y la relación entre el arte y la literatura. Foto: Mateo Pérez /Ilustración con IA
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.




