Bípedos plumes e implumes 2 (+ una escena cinematográfica)
- hace 1 día
- 7 min de lectura
Nervio Óptico Segunda parte del acercamiento sobre la ciencia, la ética animal y nuestra biodiversidad de las aves en Colombia.
EMILIO TARAZONA
PARA ARTERIA OPINIÓN

En su famoso libro Primavera silenciosa, publicado en 1962, Rachel Carson introduce una metáfora estremecedora que, a pocos meses del estreno de la película dirigida por Alfred Hitchcock (Los Pájaros, de 1963), horrorizaba por todo lo contrario.
No se trataba de la invasión y hostilidad de las aves atacando a los humanos sin explicación, sino de la torpe humanidad que eliminaba o reducía drásticamente la población de gorriones, petirrojos, pelícanos, halcones peregrinos o águilas calvas, como daño colateral del exterminio químico de las plagas de insectos que afectaban sus cultivos.
En la intención de controlar o eliminar unas especies, el daño del uso extendido de agrotóxicos como el DDT después de la Segunda Guerra Mundial está bien documentado, ya sea sobre el desconocimiento de la conexión que integra a dichas especies a determinadas funciones o en la cadena alimentaria de un ecosistema o en la capacidad de estos productos de causar afectaciones y hasta el envenenamiento no pretendido en otras especies (incluyendo humanos).
Hago el señalamiento como preámbulo para continuar la publicación de hace algunas semanas, sobre el tema de las aves en Colombia y, particularmente, los desafíos que implica su protección o conservación. Tema que no parece estar resuelto y mantiene una controversia nunca cerrada entre diversos tipos de especialistas.
Comparto entonces algunas ideas como antecedente de una escena que recrea un caso histórico en Colombia, el cual, pienso, hay que imaginar como si se tratara de un guión cinematográfico.
Sobrevuelo de inquietudes
Las tres preguntas con las que dejaba abierto el final de la primera parte de este ensayo estaban vinculadas con la idea de la protección de grupos animalistas sobre algunas, pero nunca todas las especies: ¿Es acaso posible tener derechos sin deberes? ¿Pueden estas otras especies que comparten nuestro planeta “ejercer” derechos sin tener la capacidad de reconocerlos o respetarlos en las demás especies?
¿Humanos y animales no-humanos perderemos derechos si afectamos los derechos fundamentales de otras poblaciones y especies mientras realizamos actividades que garantizan nuestra propia subsistencia?...
Pero siempre es posible añadir más inquietudes: ¿Acaso los estudios sobre la neurobiología vegetal (de Stefano Mancuso, entre otros) no amplían el rango de los seres “sintientes”, dando la posibilidad de que no se pueda existir sin necesariamente producir un margen de daño o dolor en otros seres?
¿Eliminar del todo el sufrimiento será entonces equivalente a acabar con la humanidad y con la vida? ¿Serán acaso los seres humanos los únicos atribuyéndose la función -o ejerciendo el poder- de diseñar y producir deliberadamente el equilibrio ambiental que pretenden, incluso contra las propias regulaciones naturales de un territorio, cuando son también humanos (por lo general, otros grupos humanos) la causa de sus más grandes perturbaciones?
Si bien animalistas y ecologistas se aferran a enfoques todavía sin conciliación, ambos tienen en común que arrastran fuertes contradicciones internas. Tiendo a pensar que, ya centrados en los individuos o en el hábitat, ninguna de estas ecuaciones va a funcionar.
Los seres humanos no lograrán por deseo u obligación ser los habitantes inofensivos que garanticen el cuidado y bienestar de toda la vida del planeta (por mucho, reducirán el sufrimiento); pero tampoco conseguirán ser quienes impongan la eliminación selectiva de otros seres por cuidar preferentemente de su propia especie (y esto por una histórica incapacidad demostrada).
No dejan, sin embargo, de tener sentido algunas críticas a los movimientos ecologistas. Por ejemplo: muchas de las grandes organizaciones o industrias dedicadas a la conservación del medioambiente en zonas protegidas se sostienen con fondos que provienen de la venta de armas y de licencias de caza.
Operan así de modo similar a la lógica de los bonos de carbono para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero: empresas, organizaciones o personas que contaminan (o matan) asumen económicamente el costo por el derecho a hacerlo, creando así algunas condiciones compensatorias dirigidas hacia los sectores que menos contaminan (cosa que de ningún modo parece estar funcionando).
Es casi como si un grupo de pedófilos financiara el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.
Epistemología y violencia ¿una relación tóxica?

Regresando a las aves: es la práctica discutida de la cacería (también llamada cinegética) la que se encuentra en el origen y acaso presente interior o constitutivo de la ornitología, la que más nos acerca cognitivamente a estos seres alados-emplumados con datos (anatomía, morfología, taxonomía, comportamiento, distribución geográfica, interacciones ecológicas, etc.).
Estos datos han permitido, además, monitorear la salud de los ecosistemas, sus transformaciones y el impacto humano sobre la naturaleza, y han lanzado muchas alertas cruciales dentro del curso irreversible del cambio climático (como información sobre aves amenazadas y potencialmente amenazadas con la extinción).
Esta es una certeza que nos señala también, al mismo tiempo y, quizás, en contradicción, los estrechos vínculos entre violencia y epistemología (esto en la medida en que producir deliberadamente la muerte de un individuo puede ser considerado un acto de crueldad y barbarie).
Una necropolítica que, con la sola excepción de la humanidad, ha estado incorporada en la médula del pensamiento y acción ecológicas hasta la actualidad, en una época en la que varios dispositivos tecnológicos permiten la observación, seguimiento, captura, marcaje o telemetría de aves (y demás animales), haciendo posible obtener la información por otros métodos.
No obstante, además de este vínculo global e histórico entre ornitología y violencia, Colombia puede hacer crónica de algunos impactantes encuentros inéditos.
Uno de los más asombrosos es el que ocurre a mediados del siglo XX en el fragor de una de las revueltas más cercanas a la insurrección nacional, cuando una multitud en conflagración política y social irrumpe también en la historia de la ornitología destruyendo una de las primeras y acaso más abundantes colecciones de Historia Natural en ese momento existentes, algunos piensan que con la intención de buscar armas, incluso si antiguas, que pudieran estar en exhibición.
Esta institución había sido impulsada por el naturalista francés Nicolás Seiller,
conocido como el Hermano Apolinar María dentro de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Este religioso nacido en Alsacia (Francia), llegó a Colombia con casi cuarenta años en 1904 y empezó a recolectar plantas y animales en todo el país.

Seis años después, es nombrado director del Instituto de La Salle y desde su cargo fundó ese año el Museo de La Salle (1910), y estableció en años sucesivos una Sociedad de Ciencias Naturales (1912) y un boletín (1913), primera publicación nacional dedicada al estudio de la naturaleza, todas vinculadas al Instituto.
Durante casi medio siglo, Apolinar María se entregó con fervor a la implementación, ampliación y estudio de especies que van incorporándose a esa colección, que incluía un herbario, minerales y especies animales (serpientes, mamíferos). A juzgar por sus investigaciones personales, puso especial atención e interés en aves y mariposas, y por esto último es considerado el iniciador de la lepidopterología en el país.
El 10 de abril de 1948, un día después del asesinato del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, al tiempo que varias edificaciones de Bogotá eran arrasadas por una población que respondía al magnicidio produciendo disturbios en todo el país (los mismos que ocasionaron un número hasta hoy no precisado de muertes en varios días de confrontación), el Museo de La Salle fue alcanzado también por la descontrolada furia.
El fuego consumió desde dentro las estructuras y los objetos (documentos, muebles y especímenes recolectados), lo que ocasionó la desaparición del material biológico reunido allí por varias décadas.
Como si en el intento torpe (y acaso poético) de lanzar nuevamente por los aires las alas delicadas y fragilísimas, que incluso taxidermizadas no habían perdido los colores encendidos de sus escamas ni de sus plumas, el atentado las pone nuevamente a volar, junto a la ceniza incandescente movida por el viento (la favila) hasta perderse en él.
O caer finalmente sobre los tiznados escombros humeantes, manchados de hollín, de los cuales se intentaba salvar lo poco que había quedado luego del desastre.
El Hermano Apolinar falleció en vísperas de la Navidad de 1949, al año siguiente a esta tragedia, muchos piensan que de desasosiego. Solo la crueldad (o más bien la sátira) puede hacer ver aquí un poco de inútil compensación simbólica.
Como aves que una confusa rabia ajena liberaba de un multitudinario cautiverio postmortem que, con armas (también de fuego), hizo de ellas exclusivamente objetos de estudio: como pájaros disparándole a las escopetas.
Pero sabiendo que una pérdida no restituye a otra, nada queda de los lepidópteros ni de las aves (como no hubo tampoco noticia de que el ave Fénix hiciera parte de la colección y resucitara en los días o meses siguientes).
Al Hermano Nicéforo María (nombre religioso de Antoine Rouhaire), estrecho colaborador de Apolinar en la institución, le tomó al menos veinticinco años reunir cerca de 8.000 aves (la mitad de ellas, debidamente montadas) y alrededor de 4.000 pieles de pájaros que se estima conformaban la colección cuando esta ardía aquella noche.
Además de las casi 11.000 mariposas, entre los cerca de 50.000 insectos, que llevó más tiempo restablecer. La colección empezó a ser reconstituida partiendo de los minerales y cuerpos de mamíferos que no se consumieron.

Emilio Tarazona es investigador y curador de arte contemporáneo. Tiene interés por el arte-acción, las realidades sociopolíticas de América Latina, así como por las problemáticas ecológicas globales que aborda a través de seminarios, ponencias y textos impresos. Se interesa por producir ensayos audiovisuales documentales con entrevistas; acompaña procesos creativos y realiza conferencias en ciudades de América y Europa. Ha sido co-curador en el Museo Reina Sofía - MNCARS, de Madrid, del MUNTREF, de Buenos Aires y del Würtenbergischer-Kunstverein (Stuttgart). /Cortesía
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.




