Bípedos plumes e implumes y otras aves raras
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Nervio Óptico ¿Cómo pasó Colombia de la cacería de aves para la moda victoriana al ecoturismo? Un análisis sobre la ciencia, la ética animal y nuestra biodiversidad aviar.
EMILIO TARAZONA
PARA ARTERIA OPINIÓN

Comenta Diógenes Laercio en sus Vidas de filósofos más ilustres que Platón había descrito al ser humano como un “bípedo implume”, ante lo que el otro Diógenes (‘El Cínico’) responde en burla a esa definición llevando un gallo desplumado a la Academia, el cual suelta en el suelo, señala y exclama: “Ahí tienen al ser humano de Platón”. (Nota del editor: Diógenes de Laercio fue el historiador griego de la filosofía clásica que vivió en el siglo III de nuestra era, mientras que Diógenes el filósofo cínico nació en el 412 antes de la era común).
Cuento la anécdota antes de compartir unos apuntes que empecé hace años e interrumpí hace quizás dos, destinados a un libro breve sobre arte y aves en Colombia (tema de mucha atención entre nosotros). Esta primera parte no aborda el arte, sino el contexto del tema que, curiosamente, suele hacer guiños a la violencia en nuestro país. Para no ser tan desconsiderado con las lecturas en pantalla, he eliminado la bibliografía y las notas a pie de página . Espero que disfruten al leerlo tanto como yo al escribirlo.
Mirar aves o el arte de pajarear en Colombia
Aun si estas afirmaciones suelen propagarse con envanecido alarde, muchos estudios confirman que la compleja y variada geografía nacional, con gran cantidad de climas y microclimas distribuidos en sus cinco pisos térmicos, abundantes recursos fluviales y no menos de ocho mil ecosistemas específicos, ostenta uno de los mayores índices de biodiversidad en aves a escala planetaria.
Habitan y sobrevuelan este territorio más de 1.900 especies, con alrededor de 90 son endémicas. El país es muchas veces destacado como el país con la más amplia y múltiple avifauna en todo el mundo: cerca del 19 por ciento del total de las especies registradas.
Aun si el foco de esta abundancia no se ciñe a los límites físicos demarcados por las fronteras estatales (o si otros países manejan cifras cercanas en sus propias estadísticas), para ser más gráficos podemos decir que, dentro de toda la diversidad del orden vigente asignado a esta compleja, densa, casi siempre dinámica y hasta peregrina clase vertebrada, al menos una de cada cinco especies vive en Colombia o nos visita regularmente.
Parajes específicos han sido bien señalados en el itinerario de estos exclusivos viajeros frecuentes, haciendo del país un provechoso destino que, para esas emplumadas, no requiere de la persuasión publicitaria de los llamativos lemas insertos en las campañas lanzadas internacionalmente, como ‘Vive Colombia, viaja por ella’ o ‘El riesgo es que te quieras quedar’ -por cierto, ¡ese riesgo es mayor dependiendo de en qué rincón de este país se quiera uno quedar!
Ambas se unen a‘Colombia es pasión’ (de 2005 a 2012) y ‘La respuesta es Colombia’ (que, afortunadamente, no especifica cuál es la pregunta, porque bien podría ser “¿Qué país detenta el récord mundial de magnicidios?”, por ejemplo, ¡ya que es posible que la respuesta pueda ser la misma!). Hay otros que se han destacado, como ‘Colombia, realismo mágico’ o ‘Colombia, el país más acogedor del mundo’.
Haciendo a un lado la ironía, esa proliferación de voladoras es crucial: tanto estas “turistas” esporádicas que escogen una temporada según se trate de migraciones boreales o australes; aves que se refugian en esta zona neotropical y disfrutan de ecosistemas locales como su segundo hogar, así como las otras emplumadas residentes temporales o permanentes, cumplen funciones imprescindibles que, en los términos de una economía neoliberal que hoy impregna la ecología, se conocen como “servicios ecosistémicos”.
Entre estas funciones están la polinización, la dispersión de semillas, la regulación o control de comunidades de invertebrados (como el zancudo que transmite la fiebre del Zika) o el mantenimiento de la integridad ecológica; además de otras que podemos denominar “funciones estéticas”, como la recreación ornamental del paisaje por su colorido o por sus cantos, los cuales han generado en los últimos años un fervoroso público que se dedica a sus avistamientos.
Esas aves no viajan solas: como divas, gozan y padecen el asedio de sus admiradores. En los últimos años se ha producido un creciente potencial económico generado por paquetes turísticos ofrecidos en las reservas naturales dedicadas a la observación recreativa de pájaros (incentivado por encuentros y festivales), en zonas que en muchos casos estaban vedadas por el conflicto, lo que ha favorecido a comunidades locales tipificadas como víctimas.
Algunos de sus miembros se han convertido en empresarios o guías. Se trata de estructuras alrededor de una actividad designada como “pajarear” (término aceptado por la RAE) o, en inglés, birdwatching o birding.
Hoy, el avistamiento de aves en Colombia mueve geográficamente a muchas personas por temporada y ha pasado a convertirse en una actividad ofertada con orgullo local, casi tan promovida como la biodiversidad de mariposas y de orquídeas, y la producción y exportación de flores y café.
Mucho antes de que ese pasatiempo relativamente reciente tuviese el auge actual, desde hace más de siglo y medio la enorme biodiversidad aviar ha generado la proliferación de otra ‘fauna’ más especializada, académica y científica que ‘revolotea’ alrededor de las emplumadas.
Es una variedad fascinante de bípedos implumes; Homo sapiens-sapiens que se dedican a la ornitología. Endémicos o migratorios (es decir, colombianos y extranjeros), durante el siglo XX y con mayor intensidad en los últimos sesenta años, estos han fortalecido una tradición de investigaciones, redoblada desde los años 90 con la consolidación de asociaciones regionales y nacionales.
Libro de Buffon ilustrado por Martinet
Me permito hacer un breve repaso por la colorida historia local, no de las aves, sino de sus modernos especialistas, décadas antes de la llegada de Alexander von Humboldt, que ocurrió a inicios del siglo XIX. En pleno Virreinato de Nueva Granada, exploradores y amantes de las aves contribuyeron al bautizo (la adjudicación de la “nomenclatura binominal” o “binomial” latinizada) de especies locales y primeras descripciones morfológicas de aves originarias.
Esos datos aportaron información incorporada en la décima edición que hizo Carl Linnaeus de su Systema Naturæ (edición que se considera más importante, entre otras cosas porque introduce esta nomenclatura zoológica), así como en la duodécima edición de ese célebre libro, publicadas respectivamente en 1758 y 1776 (Nota del editor: Linnaeus es considerado el creador de la clasificación de los seres vivos o taxonomía).
La fama de su sistema de clasificación hizo que este botánico y zoólogo sueco mantuviese correspondencia con exploradores y naturalistas en lugares distantes del mundo, incluyendo las comunicaciones que, desde Colombia, intercambió con el sabio español José Celestino Mutis. Sin embargo, entre 1770 y 1783 se imprimió en diez volúmenes la colección de L’Histoire Naturelle des Oiseaux (La Historia Natural de las Aves), escrita por Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon (contemporáneo y férreo detractor de la nomenclatura linneana).
A diferencia de la obra de Linnaeus, esta otra incluye grabados iluminados realizados por François-Nicolas Martinet. Esta es acaso la publicación que parece haber ejercido un mayor impacto aquí, aun si estas son conjeturas inferidas y no documentadas, como lo sugiere Gary Stiles, uno de los ornitólogos más reputados mundialmente.
Si esto fuera así, hay que destacar el impulso que el arte (en este caso, la obra gráfica) tuvo también en la producción del conocimiento local sobre los seres emplumados en Colombia.
La historia natural de las aves constituye un inventario que elude clasificaciones taxonómicas, realizado en un momento en que solo se tenía noticia de poco más de un veinte por ciento de las aves que se registran hoy en el mundo, y su sección americana fue documentada en su mayoría con descripciones y especímenes disecados enviados a su autor por exploradores europeos en América, contra el insistente llamado del conde de Buffon sobre la importancia de estudiar especies en sus propios entornos.
Lo cierto es que será esa exuberancia y amplitud de especies llegadas muertas o casi muertas desde América (y luego, de Oceanía) las que hacen colapsar el sistema de clasificación ensayado por Linnaeus, aunque prodigiosamen haya sobrevivido con sucesivas actualizaciones y transformaciones.
Es factible que más allá de ese caso colombiano aportando una prueba, sea en gran medida el dibujo el primer impulsador del conocimiento y de la ciencia en la historia: Ana María Escallón sostiene que, aun cuando el libro de Buffon se encontraba en la nutrida biblioteca de José Celestino Mutis, de los investigadores que hicieron parte de la Real Expedición Botánica que este propuso, solo Francisco José de Caldas lo menciona insistentemente en algunas cartas.
Aún así, es probable que para la época esa precisión y habilidad gráfica que presume Martinet en la publicación de Leclerc, disponible en la biblioteca de Mutis, haya estimulado la minuciosa y detallada descripción verbal que el naturalista franciscano Fray Diego García (desde el punto de vista cronológico, primer ornitólogo y zoólogo sistemático de Colombia) dedica a los especímenes aviares que reúne para esta expedición entre los años 1783 y 1790.
Además de recoger plantas y minerales, para el caso de las aves y también de animales terrestres, García se desplazó por los territorios junto a un experto cazador, del mismo modo en que en ocasiones requirió de soldados de resguardo y amanuenses y escribas para copiar sus registros.
Víctima de la moda
La presencia del cazador abre una polémica no cerrada todavía, como ocurre desde hace más de cinco siglos con toda la fauna y vida en el planeta dentro de ese proceso que va a dar lugar a la consolidación de la ‘Historia Natural’.
La ornitología moderna, con la fascinación por lo exótico que a su manera prolonga las cruentas incursiones del imperialismo colonial, comenzó a asesinar con certeros disparos a las aves, ya por admiración o estudio, permitiendo en investigaciones recientes el análisis y observación de sus huesos, pieles y plumas tratadas para su conservación e integradas así a gabinetes de curiosidades.
También posteriormente, colecciones científicas cuyo acervo estos seres con alas pasaban también a incrementar (aunque, evidentemente, sin aviso, orgullo ni ostentación posibles de su parte).
La práctica, extendida sin cuestionamientos, hizo posible vías lucrativas no reguladas de tráfico de especies originarias de América Latina en general y de Colombia en especial, como las “Pieles de Bogotá”.
Estas lograron fama como fuente de información en colecciones públicas y privadas gracias al explorador francés Justin-Marie Goudot, en la primera mitad del siglo XIX, y que años después de su muerte, entre la segunda mitad del mismo siglo y primera década del siglo XX, él y otros lograron poner en auge de exportación.
Plumas, pieles, picos, alas y hasta cuerpos de aves enteras taxidermizadas fueron a parar como adornos dentro de la próspera industria de sombreros y demás accesorios que coronaron entonces la moda femenina de clases medias y altas en ciudades como París, Londres y Nueva York.

Una caricatura de Gordon Ross, publicada en 1911 en el semanario de humor político Puck, resulta elocuente: allí la imagen de una elegante mujer luciendo un gran sombrero de plumas (probablemente se trata de Coco Chanel, según el catálogo de la colección de The Library of the Congress en Washington DC), apunta con un rifle a un grupo de aves blancas mientras a sus pies tiene varios cadáveres de otras, coloridas, al tiempo que dos perros con rostro humano (y la etiqueta lateral “French Milliner”, sombrerero francés, en uno de ellos) le traen dos aves muertas más entre sus fauces (Fig. 1).
La acre sátira conecta en una imagen los dos extremos del proceso económico: ese discurso puede, pensando contemporáneamente, ser llevado a otros negocios que han dado infamia mundial a Colombia.
Así, podemos trasladar también buena parte de la responsabilidad de la violencia, explotación y muerte que padecen los primeros eslabones de la cadena de valor en la producción y exportación ilegal de narcóticos al consumidor final.
Ornitólogos como el francés Alphonse Boucart, en el primer número de su revista The Humming Bird, publicada en 1891 mientras reside en Londres, no ve problema en la masacre de estas aves, que considera menor a las que son requeridas por temas alimentarios, o compara a las utilizadas en la indumentaria de las “tribus aladas” (en alusión al arte plumario precolombino que ha tenido carácter simbólico-ornamental, definiendo jerarquías político-religiosas.
Apunta solo a no eliminar sus huevos y al cuidado de ciertas especies indispensables para los cultivos (como la reinita o platanera), contra otras abundantes que muchas veces los destruyen (como la golondrina bicolor a la caña de azúcar) y que, a su juicio, cientos de años de sombrerería no podrían agotar.
No obstante, entre las cientos de miles de colibríes, Cyanerpes, tangarás esmeraldas, trogones, garzas blancas, espátulas, huias, avestruces, gaviotas, águilas pescadoras, cisnes, faisanes, pavos reales o aves del paraíso y demás emplumadas exóticas y coloridas destinadas a esta industria indiscriminada, algunas poblaciones serían diezmadas décadas después, llevándolas al riesgo de extinción (como la garceta común, hoy de menor preocupación; o los colibríes, aún cerca de la amenaza).
Así, su defensa parece no tomar en cuenta la creciente y descontrolada demanda dentro de ese temprano comercio transnacional, que ya para entonces el mismo ornitólogo estima en cerca de millón y medio de individuos por año en todo el planeta ( Colombia proporcionaba 200 mil).
Al tiempo en que Boucart sostiene su despreocupado apoyo a esas empresas, mujeres activistas a ambos lados del Atlántico, como Margaretta ‘Etta’ Lemon y Emily Williamson (en Manchester) y Harriet Hemenway (en Boston), emprenden una crítica al consumo de esas suntuosas mercancías, dirigida medularmente hacia su propio género, fundando asociaciones que, en pocos años, se hacen de cientos o miles de miembros; impulsando una conciencia social sobre esa “sombrerería asesina”, en palabras de Etta Lemon.
Para ella, la requerida emancipación femenina no libraba todavía a la mujer de la “esclavitud de la así llamada ‘moda’”. Estas organizaciones (la actual Royal Society for the Protection of Birds, en el Reino Unido, fundada en 1889; y la Massachusetts Audubon Society, en los Estados Unidos, de 1896) despliegan campañas, ingeniosas pancartas, publicaciones y acciones directas, con las que incluso increpan en la vía pública a clientas y tiendas (Fig. 3), logrando la prohibición del tráfico de especies exóticas con leyes de protección promulgadas entre 1918 y 1921, tanto en los Estados Unidos como en el Reino Unido.
Más allá del perfil psicológico de compradores compulsivos de ropa, aquí la noción de ‘fashion victim’ se desborda. Tanto en el asesinato sistemático que se instituye como primera acción para proporcionar los insumos en esas fábricas de sombreros y accesorios, en la segunda mitad del XIX, como también en las últimas décadas en daños que afectan indistintamente a todas las fases del proceso económico, aunque no necesariamente lo hagan con la misma crueldad.
Esa noción aparece en los materiales y procedimientos tóxicos que dejan traza en la naturaleza desde la producción o distribución impulsada con la deslocalización de la confección (que en las prendas low-cost del fast-fashion vienen de la explotación humana en Bangladesh, Camboya, China o Pakistán).
De ahí hasta en el lado del consumo directo e indirecto, tanto en la dependencia inducida de frivolidad o narcisismo (que para las factorías del plumerío indumentario decimonónico era impulsado por revistas como Harper’s Bazaar, The Delineator o Millinery Trade Review; mientras ahora lo hacen marcas, modelos o influencers digitales), hasta el impacto socioambiental de los residuos textiles que, después de los vertederos, terminan en su mayoría contaminando el agua y el aire de todo el mundo.
Por otro lado, saliendo de la contemporaneidad, las expediciones científicas de aquella misma época estaban igualmente abocadas a la cacería (no motivadas por ambiciones puramente estético-lucrativas).
Aun si estas han permitido los primeros aportes significativos al conocimiento que de las aves se tiene en la actualidad, esa controversia de convertir el asesinato de decenas o cientos o miles de individuos de varias especies en una fase imprescindible del método científico despierta con mayor fuerza en la segunda mitad del siglo XX, oponiendo el criterio de miembros de los nacientes movimientos animalistas, de un lado, contra conservacionistas del otro.
Hay que anotar que entre estos últimos todavía sostienen la necesidad de ampliar con más especies aviares muertas las colecciones museográficas ya existentes. El debate es arduo, aun cuando la idea de detener el sufrimiento de los seres sintientes ha ganado contundente apoyo social desde que Peter Singer lanzó su influyente proclama contra el “especismo”.
Lo hizo impulsando un concepto enunciado cinco años antes en un panfleto que circuló la Universidad de Oxford, escrito por Richard Ryder (defensor de los derechos de los animales).
Este reclamo ético no ha podido encontrar formulaciones jurídicas que puedan sostenerse más allá de un plano idealista, donde seres humanos y animales tendrían las mismas condiciones o equivalente estatus legal como sujetos de derecho.
Las preguntas revolotean sin tierra firme a la vista: ¿Es acaso posible tener derechos sin deberes? ¿Pueden estas otras especies que comparten nuestro planeta ejercer derechos sin tener la capacidad de reconocerlos o respetarlos en las demás especies? ¿Humanos y animales perderemos derechos si afectamos los derechos fundamentales de otras poblaciones y especies mientras realizamos actividades que garantizan nuestra propia subsistencia?
Son preguntas que intentaremos seguir abordando en una siguiente oportunidad.

Emilio Tarazona es investigador y curador de arte contemporáneo. Tiene interés por el arte-acción, las realidades sociopolíticas de América Latina, así como por las problemáticas ecológicas globales que aborda a través de seminarios, ponencias y textos impresos. Se interesa por producir ensayos audiovisuales documentales con entrevistas; acompaña procesos creativos y realiza conferencias en ciudades de América y Europa. Ha sido co-curador en el Museo Reina Sofía - MNCARS, de Madrid, del MUNTREF, de Buenos Aires y del Würtenbergischer-Kunstverein (Stuttgart). /Cortesía
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.

