El juicio del 'render'
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Actualizado: hace 49 minutos
Columna de arquitecto Una imagen de un museo por construir podría reunir en pocos días más atención que el propio museo una vez sea construido. Juan Pablo Aschner nos cuenta la historia del juicio en las redes al proyecto arquitectónico del Museo Nacional de Ecuador.
JUAN PABLO ASCHNER
PARA ARTERIA OPINIÓN

Una imagen de un museo por construir puede reunir en pocos días más atención que el propio museo una vez construido.
Eso ocurrió en Ecuador esta semana con el proyecto ganador del concurso para la nueva sede del Museo Nacional. Miles de personas observaron un render, compararon el edificio con una cárcel, un búnker o una caja de hormigón; compartieron memes y firmaron peticiones para expresar su rechazo.
Antes de iniciar su construcción, el edificio ya había sido ampliamente juzgado, y probablemente, muchas más personas opinaron sobre su apariencia de las que llegarían a recorrer sus salas.
La reacción comenzó poco después del anuncio del proyecto ganador. La propuesta, llamada ‘Ecos del Sol’, había sido presentada por el estudio español Campo Baeza junto con la firma ecuatoriana Maoda. Un jurado integrado por arquitectos ecuatorianos y de afuera de ese país, y representantes del Gobierno la eligió entre 17 anteproyectos finalistas, seleccionados a su vez entre 148 postulaciones provenientes de 27 países.
El proceso había tomado varios meses. Las bases definieron un lugar, un programa, unas necesidades museográficas y unas condiciones técnicas, mientras los equipos estudiaron el parque La Carolina en el corazón financiero y empresarial de Quito. Imaginaron la relación del edificio con la ciudad y buscaron una forma arquitectónica capaz de custodiar y presentar más de un millón de bienes culturales.
Cada propuesta debía responder a exigencias de conservación, circulación, seguridad, flexibilidad, estructura, paisaje y representación. Un concurso de arquitectura organiza una decisión compleja en etapas, pues, primero, formula una pregunta, luego, convoca respuestas diversas bajo criterios definidos y, finalmente, un jurado compara las propuestas y emite un fallo argumentado.
Ese proceso reconoce la subjetividad y la encauza al exigir que las decisiones se justifiquen dentro de un marco compartido. El resultado admite discusión y despierta reservas legítimas. La composición del jurado también merecía una mirada crítica. El desequilibrio de género por una mayoría masculina y la representación política resultaban especialmente llamativos en un cuerpo encargado de escoger el edificio destinado a representar la memoria y la diversidad de un país.
Aun así, el jurado valoró la claridad constructiva de ‘Ecos del Sol’, la flexibilidad de sus salas, la protección de las colecciones y la experiencia interior producida por patios, vacíos, luces y sombras. También señaló ajustes necesarios en el acceso, en la plaza y la relación del edificio con su entorno, con lo cual reconocía el carácter preliminar del proyecto y abría una etapa posterior de desarrollo.
Hasta ese punto, la evaluación había seguido una lógica acumulativa basada en el análisis, la comparación y la argumentación. Pero la exposición pública del proyecto introdujo otra dinámica, pues las redes sociales produjeron una lectura inmediata a partir de las imágenes exteriores.
La discusión en las redes se concentró en la apariencia rectangular, cerrada y severa del proyecto y, para muchos, el edificio resultaba ajeno al paisaje y distante de la diversidad cultural ecuatoriana. Así, el render terminó sustituyendo al proyecto completo, mientras que la conservación de las piezas y la experiencia interior quedaron en segundo plano.
La secuencia del concurso se invirtió cuando meses de trabajo quedaron reducidos a segundos de observación de una imagen, y un fallo argumentado se enfrentó a miles de reacciones instantáneas. La evaluación técnica perdió espacio frente a una respuesta visual y emocional de gran alcance.
Pocos días después, el ministro de Transporte y Obras Públicas, Roberto Luque, anunció que el proyecto sería descartado y que los finalistas serían convocados nuevamente para elegir el edificio junto con la ciudadanía.
La decisión contenía una paradoja evidente, pues el propio ministro había participado en el jurado como delegado del presidente de la República, de modo que la misma estructura que había definido las reglas y validado el resultado declaraba ahora su invalidez.
La controversia coincidió, además, con la salida de la viceministra de Cultura, Romina Muñoz, quien había defendido públicamente el fallo y las cualidades funcionales del proyecto. La proximidad entre ambos acontecimientos hizo que su retiro quedara asociado al clima político generado alrededor del museo.
La decisión política respondió con rapidez a la presión pública. El Gobierno mostró capacidad de reacción y la ciudadanía comprobó que una movilización digital podía alterar una decisión institucional, con lo cual el rechazo produjo un efecto inmediato y planteó una pregunta central: ¿por qué el momento del juicio en las redes moviliza más que el proceso institucional que lo precedió?
Participar en la definición de un museo exige tiempo, información y disposición para deliberar, mientras que visitarlo después requiere continuidad. Juzgar una imagen demanda apenas unos segundos, porque la pantalla ofrece un espacio inmediato donde cada opinión puede expresarse y cada quien sentirse influyente.
El rechazo también ofrece una forma clara de participación, ya que reúne rápidamente a quienes comparten el descontento y produce una sensación directa de incidencia. Algo puede detenerse, modificarse o desaparecer, y la voz ciudadana encuentra en la descalificación una prueba visible de que ha sido escuchada.
Resulta llamativo que esa intensidad aparezca precisamente en el momento del juicio. Las consultas previas para imaginar el sentido de una institución cultural suelen atraer una participación limitada, y las salas del museo, una vez abiertas, tampoco concentran una atención comparable. El rechazo de una imagen, en cambio, logra reunir en pocos días una comunidad extensa y activa, de modo que el juicio gana visibilidad frente a la construcción de la pregunta.
Un Museo Nacional necesita a la ciudadanía desde el comienzo para comprender qué memoria desea conservar, qué relación espera entre cultura y espacio público, qué imagen de país quiere proyectar y qué comunidades deben sentirse convocadas. Esa conversación puede alimentar las bases del concurso, enriquecer los criterios y orientar mejor las propuestas.
Diseñar con la ciudadanía implica definir el propósito antes de elegir la forma. Cuando esa participación ocurre al final, el público recibe respuestas cerradas y debe escoger entre imágenes, por lo que la arquitectura se convierte en una competencia de percepciones visuales donde lo más atractivo o lo menos polémico adquiere ventaja.
¿Cómo sería un edificio diseñado directamente por la ciudadanía? ¿Sería el resultado promedio de miles de gustos, una suma de símbolos reconocibles, la opción más votada o la menos criticada? Toda arquitectura implica decisiones y límites, pues las áreas y los presupuestos restringen; la conservación exige cerramientos, mientras el espacio público demanda apertura y la representación nacional despierta interpretaciones divergentes. Difícilmente un proyecto, y más aún un render exterior, puede satisfacer todas las expectativas.
El concurso ofrece una forma de ordenar ese conflicto antes de que se vuelva visible, porque convierte preferencias en criterios, intuiciones en argumentos y aspiraciones en un programa. El jurado concentra temporalmente una responsabilidad entregada por la institución convocante, y esa responsabilidad pierde fuerza cuando el fallo permanece vigente únicamente mientras conserva popularidad.
Los arquitectos quedan, entonces, en una zona incierta. El proyecto ganador puede desaparecer después de ser elegido, mientras los demás participantes regresan a una competencia donde el anonimato ya se ha perdido y las condiciones han cambiado. Las autorías son conocidas, los proyectos han sido expuestos y la opinión pública ha señalado sus preferencias, con lo cual la confianza en el procedimiento queda debilitada.
El problema trasciende este caso e introduce una nueva secuencia en la que primero ocurre el concurso, luego llega la reacción pública y finalmente aparece la decisión política. El concurso se convierte así en una primera instancia a la que sigue el juicio de la imagen.
La arquitectura pública necesita integrar estas dimensiones con claridad, porque la reacción del público puede aportar información valiosa sobre percepciones de distancia frente a la ciudadanía o falta de identidad. Esa información puede alimentar el desarrollo del proyecto, la revisión de sus accesos, su relación con el entorno y la manera en que comunica sus intenciones.
Escuchar puede significar anticipar la participación en la construcción de las bases de la convocatoria y abrir espacios de discusión durante el desarrollo para ajustar aspectos del proyecto, antes de que este quede reducido a un juicio sobre su imagen. La respuesta institucional gana legitimidad cuando articula esas voces y mantiene coherencia con las reglas previamente acordadas.
La colección del Museo Nacional del Ecuador permanece alojada en espacios insuficientes y requiere una sede adecuada. Durante unos días, el proyecto de esa nueva sede logró algo inusual al convocar una conversación pública masiva antes de existir, y allí reside tanto su fuerza como su fragilidad.
Miles de personas participaron en el momento más breve del proceso -el juicio estético- y el Gobierno convirtió esa reacción en decisión, desarmando el concurso con la misma rapidez con la que el render circuló por las pantallas.
La preguntas que quedan abiertas consisten en cómo articular estos tiempos, cómo permitir una participación amplia desde el comienzo, cómo formular mejor las preguntas, cómo equilibrar los jurados, cómo proteger la deliberación y cómo hacer que los gobiernos sostengan las reglas que ellos mismos convocan.
El museo todavía espera su edificio, mientras el juicio de la imagen ya fue construido.

Juan Pablo Aschner es arquitecto, Magíster en Arquitectura, MBA en Innovación para las Artes y PhD en Arte y Arquitectura. Es Decano Fundador de la Facultad de Creación de la Universidad del Rosario. Su práctica articula creación e investigación con el diseño arquitectónico y el diseño participativo, explorando las intersecciones entre arquitectura, artes y humanidades.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no comprometen a ARTERIA.

