Más allá de los ojos: el poder inmersivo del arte sonoro en Bogotá
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ROBINSON TAMAYO
Periodista
ARTERIA
Las recientes exhibiciones de Diana Rojas y Julia Bejarano en Bogotá han creado espacios de inmersión sonora que buscan implicar a espectadores en asuntos que van desde la belleza poética hasta la infamia del conflicto armado.
La exposición Si no sé dónde estoy es porque nada suena, de Julia Bejarano López está abierta en la Galería Elvira Moreno hasta el sábado 30 de mayo. En este trabajo hay una exploración plástica que persiste en la idea de hacer consciente la presencia sonora desde varios sentidos.
Por eso la sala luce como un espacio habitado por el sonido. En múltiples instancias se ven traducidas las investigaciones sinestésicas de la artista. Al preguntarse a qué puede saber, cuánto puede pesar o cómo se puede ver el sonido, Julia llegó a imágenes, gestos, poemas y composiciones que sustenta con ciencia y mitología.
De ahí que cada pieza dé cuenta de complejidad técnica y desarrollo conceptual sesudo. Julia logra eso que produce el arte cuando sintetiza bien los procesos largos: asombro a golpe de vista y niveles de inmersión que problematizan el pensamiento.

“Con un ingeniero mecánico calculamos cuánto pesa un soplido. Entonces medimos el volumen del aire que sale cuando uno sopla, la velocidad, la distancia… y eso nos dio un peso en gramos. No me acuerdo cuántos ceros arrojó, pero hay un peso físico”, cuenta Julia.
El arte sonoro de 'Corazón rudo'
La obra Corazón rudo, dirigida por Diana Rojas Feile, estuvo durante tres días en el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella. Esta performance multimedia fue construida a partir de testimonios de sobrevivientes del reclutamiento de menores de edad para la guerra.
El sonido envolvente de alta gama, las luces robóticas y los proyectores profesionales de la sala Fanny Mikey permitieron que el público viviera una experiencia envolvente de más de una hora. A los auriculares de cada asistente llegaba música en vivo, paisajes sonoros y la voz quebrada de sobrevivientes.
En las proyecciones había metáforas en 3D de cuerpos atravesados por el conflicto. También se veían imágenes tomadas por el fotógrafo Julián Lineros que muestran niños entrenando para la guerra. Diana orquestó una especie de trampa artística: el público estaba cómodo en un tapete, atrapado por la riqueza técnica y afectado por la crudeza del conflicto.

“Contar una historia así, obviamente, no es fácil. Tratar de crear esta performance inmersiva no consiste en que una artista quiere crear efectos deslumbrantes, sino que es toda una búsqueda de crear espacios de escucha libre, como debe ser la escucha. Cada quien verá si se acuesta, se para, se queda o se va”. Agrega Diana.
La escucha
Aunque Julia y Diana son rigurosas y sensibles con el estímulo ocular que genera su trabajo en el público, su apuesta principal está en conectar audiencias a través de imágenes no visuales. Eso crea conexiones distintas en las salas, puesto que, como lo define la RAE, ‘escucha’ es algo que, además del oído, implica atención y comprensión.
De manera que no es casual que en el texto curatorial de la obra de Julia, Elvira Moreno hable de ‘cuerpo y tiempo’. Ni que en una sala oscura, denominada ‘Espacio acusteme’, las personas se acuesten boca arriba o en posición fetal para escuchar una pieza de 40 minutos que transporta a un lugar con campanas, gaviotas y cigarras.
Julia expresa que hay “un deslizamiento semántico del territorio. Un sonido que pertenece a un lugar, a un paisaje rural o a la naturaleza”, de repente se puede escuchar en una sala blanca y fría en el centro de Bogotá. “Tus ojos te dicen que estás en una galería, pero tu oído te dice que estás en medio de un campo. Eso confunde”.
Tampoco fue azar que durante la presentación de Corazón rudo las personas lloraran, cambiaran su cuerpo de posición constantemente o reaccionaran de formas que difícilmente lo harían al contemplar una escultura, un cuadro u otras formas de arte más comunes en las salas.
El profesor de la Universidad de los Andes Juan Pablo Aranguren, quien tiene estudios sobre la ética de la escucha, cree que el acto de escuchar “tiene una potencia política muy grande hoy en Colombia. Hemos visto tantas imágenes de violencia que ya no nos conmueven. La imagen genera distancia contemplativa”.
Juan Pablo, que también tiene estudios sobre los cuerpos de niños en la guerra, habla del potencial que el arte sonoro tiene para acercarnos a una superación del conflicto. “Creemos que la guerra pasa “allá”, pero cuando te pones unos audífonos y escuchas una voz al oído, esa distancia se rompe”, dice.
Mapas
'Corazón Rudo' hace parte de un proyecto más grande llamado ´No hay edad mínima para la guerra´ que ha contado con cooperación de Suiza y con el apoyo de muchas entidades entre las que están Unicef, Calico y la JEP. Esta interinstitucionalidad fue clave para lograr un proceso de escucha digno.
Jenny Díaz, a quien Diana presenta como enlace clave del proyecto en Colombia, explica que el trabajo ha tenido varias fases durante los cinco años de ejecución y que para construir las escuchas se usó la metodología llamada ‘cartografías del cuerpo’.
“Era un momento de meditación y de reflexión en que las personas se acostaban en el piso, pintaban las siluetas del cuerpo, hablaban de las historias que guardaba ese cuerpo... utilizamos material natural e hilos, lanas, pinceles…”.
En esta especie de laboratorios en los que las nueve víctimas sobrevivientes exploraban las historias de sus cuerpos aparecían testimonios en contexto, reflexiones, palabras con mapas y territorios que Diana transformó en piezas y espacios de escucha. Ideas similares a las que Julia llega, pero por otro camino.
En una pieza de Si no sé dónde estoy es porque nada suena, por ejemplo, hay un teodolito, ese instrumento tripodal que usan los cartógrafos y topógrafos para medir la tierra, convertido en una caja musical. Al pasar por la mano de Julia, este teodolito emite una melodía. “Para mí es una forma de decir que el territorio no solo se mide con números o con líneas, sino con la memoria y con el afecto, que son cosas inexactas”.
La poesía y el pensamiento que suscita el trabajo de Julia Bejarano, por ahora, solo podrá ser visto en sus últimos días en este espacio de San Felipe, una galería donde el foco no es la mediación. En cuanto al trabajo de Diana Rojas y el equipo de Corazón rudo, estará en Zúrich en el Festival Internacional Zürcher Theater Spektakel, a finales de agosto. En Bogotá solo tuvo tres fechas.
Libro y mural
Claudia Preciado, una de las sobrevivientes que aportó su testimonio a la obra Corazón rudo, escribió un libro llamado “Volví con vida” en la que relata su proceso de reclutamiento infantil y su historia de supervivencia.
El mural que se puede ver desde hace poco sobre la Avenida el Dorado a la altura del Cementerio se llama “No más infancias perdidas”. Fue pintado por la artista Nats Garu en el marco del proyecto de Diana. En él se representa a Margarita, personaje ficticio creado para unir los relatos de los sobrevivientes.
Revisado por el editor.

