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El fríjol magnético

hace 4 horas
5 min de lectura
Fuera de Campo* Fernando Cuevas Ulitzsch nos da una mirada de lo que pasa con el arte público en su relación con la vida diaria y pone en punto de mira al Millennium Park de Chicago (EE. UU.).

FERNANDO CUEVAS ULITZSCH fcuevasu74@gmail.com  @fcuevasu74


PARA ARTERIA OPINIÓN



Flamingo de Alexander Calder está ubicada en la Plaza Federal , frente al Kluczynski Federal Building, en el distrito financiero del centro de Chicago
Flamingo de Alexander Calder está ubicada en la Plaza Federal , frente al Kluczynski Federal Building, en el distrito financiero del centro de Chicago /Fernando Cuevas Ulitzsch


Ver pasar la tarde en el Millennium Park de Chicago, no es sólo presenciar hordas de turismo global, sino confirmar nuestra epidemia autogestionada de narcisismo colectivo.

 

Con la silueta de la ciudad de fondo, miles de feligreses del selfie se apiñan alrededor de Cloud Gate —ese fríjol espacial de acero inoxidable de Anish Kapoor— mientras a pocos metros el pabellón de Frank Gehry parece un acordeón patiabierto por una sobredosis de titanio.

 

Frente a esta pieza de arte urbano, con más de 20 millones de almas desfilando al año, el asombro fingido para instagram es un deporte de contacto; es, también, la materialización exacta de lo que advertía Sharon Zukin cuando señalaba que "al simbolizar a quién pertenece el espacio, el arte público se convierte en la herramienta visual primaria mediante la cual las ciudades globales comunican su estatus, cultura y visión de futuro".

 

En este circo de reflejos distorsionados, el peatón ya no mira la ciudad o el arte: se traga su propio reflejo y sonríe como un zombi feliz para alimentar sus algoritmos más que su mirada.

 

Admitámoslo: que una ciudad como Chicago plante una mole de metal o un armatoste abstracto en medio de la vía pública no es un acto de caridad estética, sino una provocación urbanística para mover masas.

 

Cloud Gate es una escultura pública del artista indo-británico Anish Kapoor, que es la pieza central de la Plaza AT&T en el Parque del Milenio en Chicago, Illinois, Estados Unidos
Cloud Gate ('el frijol' en esta historia) es una escultura pública del artista indo-británico Anish Kapoor, que es la pieza central de la Plaza AT&T en el Parque del Milenio en Chicago, Illinois, Estados Unidos /Fernando Cuevas Ulitzsch.

Como bien apuntaba David Harvey, "el arte público y el capital cultural no son meros adornos urbanos; son los campos de batalla donde se define el derecho a la ciudad y la producción de bienes comunes afectivos".

 

Y si se trata de batallas campales por el sentido del suelo, la alcaldía de Chicago lleva décadas ganándolas a punta de chequera y lobby. Para muestra, un botón de 15 metros de altura: la famosa escultura sin título de Pablo Picasso inaugurada en 1967 en la Daley Plaza.

 

Cuando la develaron, la prensa local casi sufre un infarto colectivo y un concejal indignado exigió quitarla para poner una estatua de un beisbolista. Al final, el ego y exceso de dólares de Picasso hicieron que rechazara el cheque de 100.000 dólares y desde su pedestal (el de su orgullo, no el de la escultura) se la regaló a la ciudad.

Como celebraba Lucy Lippard: "El arte público exitoso no se impone al lugar; extrae las capas de historia, memoria y vida cotidiana que hacen que un espacio sea verdaderamente un lugar".

 

Hoy, esa mole indescifrable —que todos aman pero nadie sabe si es un perro afgano, un pájaro mutante o el perfil de Jacqueline Kennedy— sobresale pese al ridículo inicial creando un espacio urbano real y amado, que alberga más de 200 eventos cívicos al año, mercados navideños y maratones en torno a sus faldas de acero.

 

A esa misma estirpe de parientes incómodos (y a solo tres cuadras de distancia)  pertenece el hermoso Flamingo, de Alexander Calder (1973), un gesto mecánico de 16 metros bañado en un rojo bermellón hirviente.

 

Comisionado por el gobierno federal por unos modestos 325.000 dólares de la época para sacarle los colores a la sobriedad gris y al hormigón fascistoide de la Federal Plaza de Mies van der Rohe, su llegada se celebró por todo lo alto con un desfile de elefantes del circo de los hermanos Ringling.

 

 

Hoy, más de 50.000 oficinistas en pena cruzan a diario bajo sus patas arqueadas y miles de turistas capturan su contraste orgánico frente a la cuadrícula negra del fondo. Ver las reacciones, apropiaciones y actitudes del público que visita este espacio es confimar que la dupla Calder y Van der Rohe encapsuló acá perfectamente lo que Rosalind Krauss (1979) teorizó con elegancia académica: "La escultura moderna ha dejado de ser un monumento conmemorativo situado en un pedestal para convertirse en un objeto que define y habita las relaciones espaciales del entorno arquitectónico y el paisaje".

 

Ese mismo riesgo y soberbia escultórica se desplaza hoy hacia el sur de Chicago con el Obama Presidential Center en Jackson Park, un alarido urbanístico de 830 millones de dólares privados que se apropia del paisaje original y aburrido del siglo XIX a través de huertos comunitarios mileniales, arquitectura contemporánea y 28 comisiones de arte público —incluyendo el testamento final del fallecido Richard Hunt—.

 

El proyecto desató una guerra campal de mitos urbanos sobre si iba a deforestar el parque o gentrificar hasta el apellido de los vecinos de Woodlawn. Con boletas y entradas interiores tan cotizadas que obligan a planificar la visita con meses de anticipación, el complejo promete generar 246 millones de dólares anuales y atraer hasta 900.000 visitantes dispuestos a debatir sobre democracia e historia mientras esquivan ardillas y se toman selfies.

Es como si los Obama quisieron hacer viva la sentencia de Miwon Kwon (2002): "El sitio del arte público moderno ya no es solo una ubicación geográfica precisa, sino un terreno discursivo donde se cruzan instituciones, identidades y flujos comunitarios".

 

Visitar estos cuato hitos en Chicago es vivir lo que Krzysztof Wodiczko (1999) decía: "El arte en el espacio público adquiere significación democrática cuando interrumpe la anestesia urbana y permite a la comunidad reflexionar sobre su propia presencia e identidad"... y si la ciudad no se lo pregunta, uno como turista sí lo hace, pues esta ciudad se recorre distinto… incluso en una visita turística superficial, porque al final, sumando y restando costos, polémicas, multas y millones de turistas, el balance demuestra que el arte público nos da siempre mucho más de lo que nos cuesta.

 

Funciona exactamente igual que la fábula de los frijoles mágicos: una inversión arriesgada y un poco absurda que, aunque desafíe el tamaño de los bolsillos municipales y privados, logra que el espíritu humano y el asombro colectivo trepen hasta las nubes... o, en este caso exacto, hasta el cielo reflejado en la superficie pulida, curva y perfectamente redonda de ese fríjol magnético que atrae millones de dólares y personas.

 



Fernando Cuevas/Cortesía

Artista, gestor cultural, curador y experto en conectar la expresión estética de la experiencia humana e impulsar procesos de creación, intervención y difusión. Comunicador Social con énfasis en televisión educativa de la Universidad Javeriana,

Especialista en Creación Multimedia de la Universidad de Los Andes, Magister en Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Nacional y Magister en Creación Literaria de la Universidad Central, en proceso de acreditación como experto en tasación de obras de arte y pintura y experto en falsificación de obras de arte.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no comprometen a ARTERIA.

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