'Celajes': el cielo mundano de Luz Helena Caballero
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Luz Helena Caballero ocupa la sala principal de la galería Alonso Garcés con pinturas que son ventanas a pedacitos de cielo.

DIEGO GUERRERO
Editor
ARTERIA
Los cielos que pinta Luz Helena Caballero no son los cielos de la Biblia. Es un cielo bien mundano, basado en una frase del libro Sueños en el umbral: memorias de una niña del harén, de la marroquí Fatima Mernissi, que dice: “Nuestro patio en Fez estaba rodeado de los cuatro muros y, aparte del cuadrado del cielo que se veía desde abajo, la naturaleza no existía… pero si se subía a la azotea podía verse que el cielo era enorme, más grande que la casa, más grande que todo”.
Ya el párrafo es conmovedor y puede llevarnos a muchas ideas, pero, lo cierto es que, salvo si estás en una terraza, el cielo en las ciudades es fragmentado: un pedazo de cielo, un edificio; otro pedazo, unos cables; el cielo que pasa entre las rejas de una ventana…
Ese es el que pinta Caballero en ‘Celajes’ que, entre otras cosas -explica- es la manera como se llama el arte de pintar cielos (habrá quien pinte marinas, ella pinta celajes).
Los celajes están distribuidos hacia arriba por lo que hay que alzar la mirada para verlos en fragmentos irregulares. Sobre todo, están en la pared principal del fondo que, años atrás, fue la que recibió el altar de la Iglesia Liberal Teosófica que hoy es la galería Alonso Garcés. Tal vez, un guiño a otro significado del cielo.
En todo caso, estos cielos no son cielos libres. Están atravesados por figuras que recuerdan ramas de árboles o la forja de las ventanas que suelen llevar hojas u otras partes de plantas. Es el cielo que vemos al asomarnos por las ventanas.
“No es algo religioso -dice Caballero-. Hice los cielos pensando que tenía que poner algo encima que hablara del mundo de acá, del mundo de lo humano; que se viera que hay algo en un plano y el cielo en otro. Para eso me agarré de estas formas que me gustan, que son naturalezas interpretadas en forma de ornamento. Formas que tienen que ver con celosías, adornos”.
Esas formas las ha usado antes en su obra. De hecho, han sido una constante desde hace años. A tal punto que un día, revolviendo en la casa de su padre, encontró muchísimos ensayos suyos sobre esas figuras, hechos hace casi dos décadas, que terminaron incluidos en los cuadros.
“Todos los cuadros tienen algo que ver con el mundo natural, que son como naturalezas interpretadas”, dice al referirse a las figuras que le dan un punto de referencia al espectador que hace parecer que se mira hacia arriba a través de algo”.
Podría ser la reja de una casa, que son adornos; a veces tienen una forma más rígida. Son formas que de pronto salen de los marcos de los cuadros; algunas son bordados o tejidos.
“Quise meter toda la obra al fondo donde quedaba el altar, pero los retablos en los altares responden a un código religioso. Yo solo quise ocupar la pared. Este fue el origen de la exposición; luego se acomodó lo demás. No pensé en que ahí había una iglesia antes”.
Cuando se acordó la exposición tenía un deseo claro’. “Le había dado muchas vueltas a la idea del cielo. Me acuerdo de la obra inmediatamente anterior en la que hice algo sobre la neblina, lo oculto, lo que está detrás…”.
Entonces arrancó con un tema que ya tenía esbozado en tinta. “Quería hacer algo con los cielos fragmentados en las condiciones cotidianas en que lo vemos, bien sea porque los edificios nos encierran o porque hay unas circunstancias arquitectónicas que definen los lugares de los géneros”.
Los géneros no es un tema que realmente ame, pero que se atraviesa un poco en su pintura. Como en la exposición de la Iglesia de Santa Clara, un lugar de lo femenino, con mujeres enclaustradas, protegidas del mal del mundo. “También está ese lugar de la mujer dentro de las casas coloniales, eso de que ‘la calle no es para la mujer’, como cuando había transmilenios rosados solo para mujeres… cosas que siguen sucediendo y que se asumen como normales culturalmente”.
El tema lo detona esa situación de encierro narrada en la novela de Mernissi, una situación que -dice- se repite en Latinoamérica, pero, al final, esto es una exposición de pintura. El tema es la pintura.
Pintar el cielo
“Comienzo a enfrentarme al cielo y a entender los cielos del Barroco, que son religiosos, como el cielo prometido que es, digamos, la forma en la que fuimos conquistados en Latinoamérica… y lo que significa el cielo para una sociedad latinoamericana. Es como el premio, el lugar de Dios”.
Después, abordó el cielo del Romanticismo “que es como esta inmensidad sublime y amenazante, que nos hace ver que somos mínimos. O el cielo moderno de los metafísicos, que es el cielo del absurdo, el lugar donde pasan cosas que no son de este mundo”.
También se fue llenando de significados encontrados en distintas personas. “Es una superficie que genera un mensaje, como las tormentas, lo tormentoso... Pero sobre todo, el reto grande de pintarlo fue fuerte”, comenta.
Hilando delgado, el cielo no es como lo fotografiamos con dispositivos móviles que suelen igualar los tonos. Tampoco es como creemos que lo vemos: una superficie azul con nubes y ya.
“Lo más difícil de pintar el cielo fue que pareciera que saliera la luz de atrás. Que no fuera una pintura tan sólida. Implicó pintar muchas capas que fueron enterrando el color, difuminándolo. Lo chévere de las nubes es que las miras y luego ya no están. Era como una cosa que tenía que ver con la memoria y con la observación”.
Entonces es una exposición de pintura y se nota porque, como ella acepta sus referentes están en el color, en la luz, en cómo se construyen los colores. Por eso combina muchos elementos con el cielo, pero al final, todo es una disculpa para pintar, para entender como es una forma de percibir la luz, como una nube blanca -según dice- está hecha de morado, de amarillo, de un poquito de rojo. Cielo azul, no de atardecer, tan bello pero a veces casi violento; más bien un azul cenit, podría decirse.
Un punto es que el azul cielo te da calma y en estos tiempos en que el impacto es ley, puede ser complejo enfrentarse a una obra tranquila y bella y… no más: sin mensaje de género, de injusticias sociales… sin nada. Solo pintura.
Solo pintura en un tiempo en que es casi un lujo, y, tal vez, más lujo poder ver pinturas que configuran un espacio. Porque algo claro en ‘celajes’ es que los cuadros sí configuran un ambiente. Al final, los cielos o un cielo partido te rodea y no se puede evitar ver los cuadros como ventanas, mientras uno está encerrado por la pintura.




