Angélica Chavarro invita a perderse (¿y encontrarse?) en un 'bosque' de telas
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DIEGO ANDRÉS GUERRERO
Editor
ARTERIA
Entrar a la exposición 'Habitar lo intermedio', de Angélica Chavarro en LA Galería, es, literalmente, entrar a la exposición, porque Angélica ha dispuesto sendos telones que cuelgan del techo, entre los cuales las personas pueden —o más bien deben— caminar.
Son telas rectangulares largas que llegan casi hasta el piso, dispuestas de una manera casi laberíntica; tendrán un metro de ancho y, como no llegan al techo, sino que penden a distintas alturas, de lejos parece que flotaran. Algunos están pintados, otros lucen blancos, y juntos cambian por completo el aspecto espacial de la galería.
Adentro no hay nada, pero entonces uno se da cuenta de que la percepción es errónea, que sí hay algo, y ese algo es uno. Tal vez por ese espacio algo estrecho, entretelones invita a perderse en uno mismo y facilita una suerte de introspección, algo característico en el trabajo de Angélica, quien indaga sobre las relaciones entre el cuerpo, la mente y el espíritu.
A la instalación se suma una música compuesta especialmente para ella, que cambia definitivamente el ambiente y crea, casi, otra galería. También hay obras a la venta en la pequeña sala al lado de la principal.
Vale decir que hace poco ella expuso en el museo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano una exposición en la que la gente también se perdía entre telones y donde hubo ejercicios de meditación. Esta, por sus dimensiones, es más, digamos, íntima.
Para ella, esta no es una continuación de la de la Tadeo, pero no niega que esta —curada por Fernando Cuevas Ulitzsch— tiene algo de la de esa universidad (que fue curada por Christian Padilla).
"Una exposición es como un portal que abre ventanas creativas a nuevas ideas y nuevas propuestas o nuevas motivaciones, y en ese sentido podría decir que ya había imaginado algo así, porque las instalaciones que he hecho hasta ahora siempre habían sido con telas más crudas que intervenidas", dice Angélica.
Ella describe el resultado de esta idea como una especie de bosque. El bosque ya había empezado en las escaleras de la Tadeo, y en ese sentido "puede que sí sea como la continuidad de ese gesto inicial", que aquí quedó en un formato más grande.
Las telas son un recurso que ella atribuye a que en su casa vivió rodeada de rollos de telas, porque la mamá era modista y porque el papá también trabaja con una empresa de telas. Pero más allá de eso, es cierto que generan nuevos espacios de una manera tan suave y poco agresiva, incluso juguetona.
Ella prefiere decir que las telas son "un elemento conocido que genera sensaciones plácidas y creativas", cuya relación parte de un origen "más sensible e intuitivo que racional". Además, son telas de algodón que ella prefiere por la sostenibilidad, porque son reutilizables y porque se relacionan mejor con el cuerpo.
"Lo otro es la frecuencia, el campo magnético de las telas. Los materiales así tienden a generar una electroestática que altera nuestro campo magnético, y el algodón es de esas telas que, por ser naturales, nos ayudan a sostener una frecuencia más cariñosa; por eso recomiendan tanto su uso en espacios meditativos y para ropa infantil".
Así que el bosque es una invitación para perderse en él y, con suerte, encontrarse con uno. En suma, la obra propicia otras sensaciones, otras relaciones con el arte distintas a solo ver.
"Me interesa que la gente pueda participar de la obra más allá de la mera contemplación. Se ha vuelto un propósito generar una especie de espejo, como una especie de rebote con las obras que hago, para que terminen generando unas reflexiones más profundas hacia uno mismo. Y en estos espacios que hemos construido (aquí incluye a su esposo, que es arquitecto y planea con ella), plásticamente se hace más evidente el propósito de que sea penetrable".
La razón… bueno, tiene que ver un poco con su vida, como le pasa a las artistas dedicadas que se sacuden por dentro para mostrar afuera. "Para mí es como una oportunidad de abordar, desde un lenguaje plástico, algo que yo aprendí terapéuticamente: comprender que la percepción no es solamente observar lo que el mundo te pone en el entorno y recibir pasivamente.
Sino que la percepción es un acto de interpretación. Es en la medida en que tú amplificas tu conciencia y entrenas tu mente que te das cuenta de que puedes percibir como un acto creativo la realidad que te rodea. Eso te permite encontrar herramientas que te nutren, en todos los sentidos".
Aparte de ver y tocar, la instalación permite escuchar. La música la hizo un amigo, Eduardo Garzón, que crea con sonidos del Pacífico, con instrumentos no occidentales. Ella le contó lo que haría y él hizo la música.
Sí, a estas alturas no es exagerado decir que esta exposición tiene que ver con un asunto casi místico, a tal punto que ella invitó al curador porque, desde su punto de vista, "sus prácticas están muy cercanas a todos estos temas budistas.
Sentía que podía construir un diálogo interesante alrededor del propósito de este portal, que yo quería construir con estas telas".
Portal… ya la palabra da el toque final que permite señalar a la instalación como un espacio que busca posibilitar accesos a otros pensamientos. Es cierto que el arte en general busca producir esto, pero en el caso de 'Habitar lo intermedio' hay una opción para el cuerpo de integrarse a la obra (no hablemos del alma, que eso ya se pondría complicado). Cada quién verá si entra, y cada quién verá con qué (o quién) se encuentra.




