Con 'Ciudad Armero' Carlos Garaicoa expone en La Tertulia un trauma que no queremos ver
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DIEGO ANDRÉS GUERRERO
Editor
ARTERIA
Hace cuarenta años y unos meses, el 13 de noviembre de 1986 Armero (Tolima) pasó de ser un municipio de unos 30 mil habitantes a un camposanto con 22 mil víctimas, según informes de la Defensoría del Pueblo del año pasado.
Con un Estado más preocupado por atender el ataque al Palacio de Justicia por parte del M-19, las víctimas quedaron desprotegidas y siguen así.
“A cuatro décadas del evento, persisten algunos impactos sociales, económicos y culturales en los sobrevivientes, junto con vacíos normativos, debilidades institucionales y falencias en la política pública, que evidencian la necesidad de respuestas sostenidas y articuladas para la garantía efectiva de derechos y para que cese la afectación de las personas y comunidades que sobrevivieron al suceso”, dice el documento de la Defensoría divulgado por El Colombiano, en noviembre del año pasado.
Pero si el Estado olvidó el arte no. El artista multidisciplinar Carlos Garaicoa (La Habana, 1967), decidió no olvidar el camposanto que visitó en una de sus primeras estancias en Colombia, cuando el curador José Roca lo invitó a una residencia en Honda (Tolima) en el 2014 y de regreso lo llevó a ver el camposanto.
Impactado por lo que veía, tomó su cámara análoga y capturó unas veinte fotos que guardó por años hasta que llegó la Pandemia y fue el tiempo de sacarlas.
Así fue dando forma a ‘Ciudad Armero’, una exposición curada por Óscar Roldán que se presenta en el museo La Tertulia, de Cali, con el apoyo de la Embajada de Colombia en España, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), la Oficina Cultural y Científica de la Embajada de España en Colombia, mor charpentier y Estudio Carlos Garaicoa.
Armero: de la indolencia y otros males
Al reflexionar sobre Armero, Roldán suelta: “Garaicoa hace esto a los 40 años casi exactos de una tragedia en la que el Estado no hizo nada. Entonces, ¿qué pasa allí? ¿Cuál es el vacío? ¿Cuáles son las preguntas que nos tenemos que hacer?
¿Qué pasó con las víctimas de esa situación? ¿Qué pasó con los errores de esa situación? ¿Por qué no se ha hecho una reparación realmente de eso? Es decir, parece ser que si no te das plomo con las Farc no hay reparación”.
Desde la Pandemia -cuenta el curador- Garaicoa, cuya obra se ha visto varias veces al país, empezó a hacer una serie de pinturas, aunque usualmente la pintura no es lo suyo.
“Él también se formó como pintor, pero no ha ejercido como pintor. Hizo estudios previos en física, matemáticas y le interesaba mucho el ejercicio de creación del arquitecto y del ingeniero. Entonces desde ahí, siempre se expandió, hizo un dibujo expandido, usaba la pintura, pero no como un fin, sino como una alegoría técnica”, explica Roldán.
Así, proyectó doce pinturas, como quien planea un edificio, sobre temas constantes en él: la naturaleza, la arquitectura, el humanismo y el cuerpo.
“Eso empezó a volverse algo muy interesante, porque empezaron a salir datos con lenguaje de la Ilustración, datos como enciclopédicos, entonces empezó a salir el esófago, el sistema nervioso, el corazón, el útero, y esto comienza a imbricarse con esa idea de vida y muerte de Armero”, explica el curador.
Garaicoa explica todo ese desarrollo: “Formalmente estaba en un momento donde quería investigar la madera y la pintura. Utilizando la lija y la pintura acrílica sobre la madera de abedul quería hacer un llamado sobre formas tradicionales de hacer arte desde la pintura”. A las obras les dio un acabado que recuerdan las láminas de anatomía de los científicos, naturalistas y botánicos del siglo XVIII.
“De ahí la inserción de viñetas con pirograbado, una técnica que podía mantener cierta cercanía con el grabado tradicional sobre la madera y con los dibujos de libros de anatomía antiguos”. Además hizo pirograbado e impresiones fotográficas sobre hueso, estas últimas las ha venido desarrollando hace más de 15 años.

Según dice, además del guiño a la muerte por el hueso, “su acabado un tanto misterioso, le otorga a la imagen un aire de fotografía de archivo que la saca de un tiempo preciso y la hace atemporal y abstracta. Con ello Armero adquiere una cualidad de un ‘no lugar’, desde el que poder hablar los temas antes comentados”.
El artista, en todo caso señala también esa fragilidad de la vida, la poca estabilidad de las ciudad y la impermanencia del cuerpo. Al final de cuentas, agrega, siempre ha estado buscando respuestas detrás de las arquitecturas en crisis, a cuestiones ligadas con la sociedad y el hombre, que tienen que ver con la ecología, la política y el modo de concebir a través del lenguaje del arte, esas preguntas esenciales para él. Un tema que por estos días es evidente en media Colombia.
Por eso Armero es un tema importante para él aunque para los colombianos, sea casi intrascendente en el tiempo. Él no está de acuerdo con esta apreciación: “Pienso que el drama de la Ciudad de Armero no será un tema intrascendente en el tiempo. Todo lo contrario, aúna varias reflexiones que interpelan a la política y sus errores sociales; a la violencia de la naturaleza y cómo siempre se impone en sus correcciones, y a los procesos que tiene el hombre para asimilar y regresar a algunos eventos que conforman eso que llamamos memoria colectiva”, dice.
Sí, reconoce que la toma del Palacio de Justicia tiene más presencia y se debate más en los medios, pero señala el asunto de la naturaleza que hizo “un reclamo” en Armero: vivimos un reclamo de la naturaleza que se enfrenta al orden impuesto por el ser humano.
Roldán está de acuerdo cuando recuerda que Armero había sido una ciudad planeada pero en un lugar inapropiado y por eso, borrada en una noche.
El arte ante el olvido
-El arte tiene la posibilidad de reflexionar y mover la reflexión, ¿es parte de su intención? -le pregunto a Garaicoa.
-El arte es capaz de abrir puertas y nuevas reflexiones. No hay intenciones en el arte, ni en mi proyecto de Armero, de ser un documento ni un alegato político de denuncia social.
Es todas esas cosas, pero sobre todo analiza de una manera transversal y abstracta, con la licencia que permite el lenguaje del arte, el enfrentamiento a la pregunta de cuánto somos capaces de entender de nuestra conexión y relación con la naturaleza, y cuáles son nuestros límites y capacidades para entender nuestro lugar en el mundo.
El arte con sus formas abiertas es capaz de aclarar estas y otras cuestiones que en el territorio de lo documental y sociológico o político no tienen respuestas.
-Con una larga relación con Colombia al haber expuesto en Bogotá y Medellín antes que esta exposición de Cali, resulta interesante entender cómo se inserta esta exposición dentro de su vida como artista.
-Es un momento muy importante para mi trabajo. Esta exposición ayuda a explorar muchas de mis ideas, no solo conceptualmente sino a niveles formales.
Además, permite abrir mi trabajo a otras lecturas y, sobre todo, algo primordial para mí como artista, poder hablar en contextos sensibles a las obras que estoy proponiendo. Es muy importante que estas obras se vean en Colombia por primera vez, y que lleguen a su público ideal.

Roldán va más allá y cree que para él es una forma de devolver a Colombia lo que le ha permitido hacer en sus exposiciones en el Banco de la República o en el Museo de Arte Moderno de Medellín o NC-arte. De hecho destaca que quiso hacerla primero fuera de Bogotá.
“La exposición viajará luego a la sede de la Galería Mor Charpentier en septiembre de este año, durante la Feria de Artbo, por lo que será una segunda oportunidad de presentarlas al público colombiano, y encontrar respuestas y sentimientos que solo pueden venir de un contexto tan rico y cargado de contradicciones históricas, humanas y de la propia naturaleza, como lo es Colombia y esa tragedia que ocurrió en La Ciudad de Armero”, concluye Garaicoa.





