Álvaro Restrepo: ‘En el Colegio del Cuerpo está prohibido decir ‘soy pobre’’
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Álvaro Restrepo reflexiona sobre décadas de trabajo con el Colegio del Cuerpo, que se convirtió en su proyecto de vida. /Ilustración de presentación de 'Rebis'.- Uashis
RÓBINSON TAMAYO
Periodista
ARTERIA
En 1997, cerca de 10 millones de colombianos consignaron su voto al Mandato Ciudadano por la Paz, la Vida y la Libertad. Era una época en la que el país buscaba soluciones políticas a los diversos e intensos niveles de violencia. Ese mismo año, el bailarín y coreógrafo Álvaro Restrepo Hernández decidió fundar un colegio dedicado a pensar el cuerpo desde el arte de la danza.
Eligió a Cartagena como sede y a niños y niñas de comunidades vulnerables como alumnos iniciales. Entonces tenía 40 años y una trayectoria de cierto prestigio en la danza contemporánea en el extranjero. Solo cinco años antes había obtenido el Premio Pegasus de artes escénicas en el Teatro Kampnagel, de Hamburgo, por su obra Rebis, creada como un homenaje a García Lorca.
Poco después del premio, fue nombrado director de la Academia Superior de Artes de Bogotá, donde promovió proyectos como la creación del primer programa de danza de educación superior en Colombia. En ese cargo también conoció a la bailarina, coreógrafa y pedagoga francesa Marie France Delieuvin, con quien sembró la semilla del Colegio del Cuerpo en 1997.
Cuando le preguntan a Álvaro sobre el porqué del Colegio del Cuerpo, las respuestas que más se repiten giran en torno a su proceso de hacer la paz con su propio cuerpo y con la educación. Casi siempre inicia con la frase: “Mi cuerpo sufrió mucho en el colegio”. Tras escribir una crónica sobre la vez que una profesora le reventó la nariz en sus primeros días de clase, o cuando otra le llenó la boca con jabón, ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2007.
La crónica, titulada “Llora et labora (memoria de la carne)”, fue publicada en El Espectador. El texto, de 28 páginas, contiene escenas explícitas de violencia física y psicológica sufridas por él y otros alumnos. “Me saqué esa espinita bien sacada. El silencio del colegio y los mensajes que recibí por ese entonces de personas que también estudiaron en el San Carlos me dejaron aún más tranquilo”, dice.
Una búsqueda personal

Con esa experiencia a cuestas, Álvaro terminó el bachillerato y se matriculó en Filosofía en la Universidad de los Andes. Al año y medio se sintió lo suficientemente perdido como para dejarlo todo y viajar lejos, en busca de sí mismo.
Fue a parar a Capurganá (Chocó), donde empezó a trabajar como maestro de escuela. Allí lo contactó el, por entonces ya famoso, padre Javier de Nicoló. El religioso había llegado en barco al municipio chocoano de Acandí, limítrofe con Panamá, con la intención de habilitar una finca para recibir a niños que había sacado de las calles de Bogotá.
Restrepo trabajó con Nicoló varios años hasta que decidió ingresar a la Escuela de Arte Dramático. En esa etapa se encontró con la danza. “Tarde”, dice él, pues tenía 24 años, lo que en términos de entrenamiento físico es casi considerada la tercera edad. Con una beca del Icetex se fue a estudiar a Nueva York, donde fue discípulo de grandes nombres de la danza contemporánea como Martha Graham, Jennifer Muller, Merce Cunningham y el surcoreano Cho Kyoo-Hyun, a quien considera su gran maestro.
Ese pendular entre el estudio y la danza trajo en 1986 a Colombia a Álvaro Restrepo Hernández con cuerpo de bailarín, invencible, capaz de asumir la complejidad de una obra como Rebis. Con esa creación pudo viajar por el mundo e impulsar su carrera hacia el trabajo artístico que hoy engrosa una larga trayectoria.
Álvaro Restrepo y un colegio de profesionales
El Colegio del Cuerpo ha gestado un núcleo profesional llamado Compañía Cuerpo de Indias, que cuenta con un repertorio de más de 20 obras. Algunas se relacionan directamente con la tensión entre violencia y paz en el conflicto colombiano.
Inxilio: El sendero de las lágrimas (2010) es una sinfonía concebida en torno a la experiencia del desplazamiento forzado, y Sacrifixio: la consagración de la Paz (2017) reinterpreta La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky, adaptada a la realidad nacional del proceso de paz. Rebis tuvo dos funciones con sala llena en el Festival del Sagrado Universal, el pasado 5 y 6 de junio, en la sala Fanny Mikey del Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella. Hubo lleno total y varias personas quedaron por fuera.
La obra inició con un texto de Lorca. En el primer segmento se vio a Álvaro en escena, de negro y barba cana, liderando a jóvenes de la Compañía Cuerpo de Indias que ejecutaban acciones físicas con atuendos y objetos que evocaban mundos oníricos. En el segundo tramo, la pareja conformada por Gina Carrasquilla y Edward Mar, pupilos “antiguos” del Colegio, interpretaron desnudos la danza entre el sol y la luna.
—¿Qué siente al volver a una obra suya que cumple 40 años?
—Hace tiempo tenía el sueño de volver a habitar ese universo. Rebis fue mi primer grito con el cuerpo. ¿Ves que ‘grito’ tiene dentro la palabra ‘rito’? A mí me encantan las palabras “preñadas”. El teatro es un ritual, un acto sagrado, y esa obra fue un punto de partida en mi carrera; fue muy conmovedor compartirla de nuevo con alumnos del Colegio del Cuerpo.
—Además de una carga de surrealismo, se siente que hay como un laboratorio en escena, ¿es así?
—Sí, a mí me interesa que Rebis fue la primera aproximación a un tipo de creación que no era coreografía en el sentido tradicional, porque no está todo escrito. Hay puntos marcados y en las transiciones hay espacio para la improvisación. Eso hace que sea un reto grande para el bailarín.
—¿A usted le preocupa que no se entienda?
—No. Yo creo que el espectador tiene que hacer la tarea; tiene que terminar lo que uno empieza. Uno plantea una serie de preguntas, de mundos y de posibilidades, por eso no hay mensaje ni lectura única. Todo está abierto y el público también tiene que desarrollar su propia capacidad artística. Como decía Joseph Beuys: “todos somos artistas”.
—¿Por qué empieza con ese fragmento de Ciudad sin sueño que advierte que “no es sueño la vida”?
—Siempre me impresionó la obsesión que tenía Lorca con la muerte. Le tenía pavor. Él era una caja de luz y, de repente, caía en unas depresiones tremendas. Ese libro donde habla tan claro del miedo a la muerte me ha tocado mucho. Cuando yo hacía Rebis solo, siempre estaba en la trasescena repitiendo como un mantra: “No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda…”.
—Usted empieza con ese llamado de alerta, pero luego somete a bailarines y público a un ritmo pausado.
—El desafío del arte es obligar a las personas que llegan en un ritmo frenético, que están metidas en sus redes sociales, en su teléfono; que llegan de la locura de esta vida cotidiana, a que estén durante un rato con un foco, con un tiempo y con una respiración distinta. Habrá gente que no lo aguanta y que se sale o se aburre, qué sé yo…
—Precisamente por la locura y el frenesí, ¿es muy difícil proponer esas relaciones con el tiempo a los jóvenes de este país?
—Mira, el Colegio del Cuerpo está en Cartagena. Yo creo que es una de las ciudades más duras del mundo. Hay clasismo, racismo, desigualdad, crueldad y muchas formas de exclusión. Con todo eso, los muchachos son capaces de entrar en unos niveles de sofisticación, de concentración, de ritualidad y escucha que no dejan de sorprenderme. Es innato y natural.
—Todo eso que dice, ¿casi que hace parte de la historia de los pueblos afro y caribeños, no?
—Sí, la identidad colectiva de nuestros pueblos está llena de historias muy duras, pero en los años que llevo trabajando siempre me encuentro con la sorpresa de que se demuestra que la gente no está condenada, sino que las identidades individuales importan y prevalecen.
—La pobreza también es un factor que dificulta la concentración en el arte, ¿no cree?
—En el Colegio del Cuerpo está prohibido decir: “soy pobre”. Tenemos ese privilegio en español que otros idiomas no tienen. Yo puedo decir “hoy amanecí bruto” o “soy bruto”. Entonces, cuando me dicen: “no, profe, es que no, yo no puedo porque nosotros somos pobres”, les digo: “No, ustedes están pobres”: eso cambia todo.
—¿Por qué cambia?
—Porque se propone otra noción de riqueza. Por ejemplo, en el barrio Nelson Mandela, que recibió gran parte de la población desplazada en los puntos álgidos de la guerra, creamos un proyecto para niños llamado Mi cuerpo, mi casa. La cuestión ahí era aportarles esa noción de que su mayor riqueza son ellos mismos, que tienen o son un instrumento prodigioso de creatividad y de belleza.
—Entonces, ¿usted es rico?
—Sí, aunque no poseo nada. Yo no tengo casa ni carro. Vivo en la sede del Colegio del Cuerpo con mi compañero y me siento el más rico del mundo. El día que me muera no hay herencia, solo el trabajo que hemos hecho en el equipo.
—¿Colombia es un país rico?
—Hay mucha riqueza en medio de la pobreza, así como hay mucha pobreza en medio de la riqueza. Yo estudié en un colegio donde han estudiado varios presidentes de Colombia y conozco entornos donde hay gente que lo tiene todo y es infeliz. Y, como te decía, en muchos alumnos que a lo mejor no tienen mucho materialmente, hay una riqueza que, cuando la comprendemos, no para.
—¿Y qué dice de la inteligencia?, ¿tenemos cuerpos inteligentes?
—Somos un país que baila en todos los estratos sociales, pero también somos un país que ha masacrado, torturado, mutilado y desaparecido el cuerpo. Cuando creamos el Colegio, la violencia estaba en picos muy altos y el pensamiento es que la educación libera. Con el padre Nicoló aprendí eso: la educación libera.
—¿No es mucha responsabilidad ser maestro en el Colegio del Cuerpo?
—Cuando pienso en esa labor, creo que es la de ser un fabricante de alas. Yo tuve muchos peluqueros de alas que lo que hacían era frustrarme y quitarme el deseo de la curiosidad. La educación debe servir para que uno se conozca y piense para qué vino a este mundo.

Revisado por el editor.

