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La atarraya de Karol G

  • hace 1 día
  • 6 min de lectura
Fuera de Campo* Crónica muy personal del concierto de Karol G en Washington D.C.: lluvia, comunidad migrante, en el Mañana Será Bonito Tour y la nueva latinidad en el escenario.

FERNANDO CUEVAS ULITZSCH fcuevasu74@gmail.com  @fcuevasu74

PARA ARTERIA OPINIÓN


Bajo un intenso aguacero en el estadio de Washington D.C., Karol G aparece en escena rodeada por un halo de luz que evoca una "Catedral de luz", mientras el público, empapado pero feliz, la espera sosteniendo sus luces LED. /Fernando Cuevas Ulitzsch
Bajo un intenso aguacero en el estadio de Washington D.C., Karol G aparece en escena rodeada por un halo de luz que evoca una "Catedral de luz", mientras el público, empapado pero feliz, la espera sosteniendo sus luces LED. /Fernando Cuevas Ulitzsch

Gritos. Llueve a cántaros en Washington D.C. 63.000 almas llevan en su pecho una de esas luces LED (popularizadas por el K pop) que brillan en colores al ritmo de la música. Karol G emerge de uno de sus múltiples escenarios (en mis cuentas hay por lo menos dos, un corredor y una plataforma intermedia) rodeada por una columnata de luces apuntadas al cielo.


Me disloco un segundo y veo en esa columnata el eco (que seguro no está planeado) de la "Catedral de luz" (Lichtdom) de Speer (Albert Speer, el arquitecto del nacionalsocialismo que apuntó 152 reflectores antiaéreos para los congresos del partido en Núremberg entre 1934 y 1938), pero la comparación es imposible pues un guacamayo multicolor gigante lo acecha, llenando la escena de referencias latino/tropicales… porque eso es este concierto: un coctel de referencias globales (¿Los Beatles en un concierto de Karol G?) mezcladas y conectadas directo al corazón latino de su público fiel e inmenso.


Debo reconocer que sólo me sabía el coro de dos de sus canciones y que por la estúpida idea de no traicionar a Depeche Mode o PJ Harvey desde mi falsa superioridad musical, incluso dudé cuando me regalaron las boletas, pero la certeza de un buen espectáculo y la oportunidad de verlo con mi mamá de 82 años -una alemana que vive en Colombia hace 56 años y ama los vallenatos- que nunca había vivido una experiencia así, me convencieron.


La lluvia casi nos espanta, pero todo cobra sentido al ver un mar de personas enchuladas y empapadas, luciendo vestidos color naranja hechos en casa, con sus zapatos intervenidos en la mano, sus pelucas rosadas y penachos de plumas chorreando, pero felices, cantando sonrientes, esperando en fila juiciosa a que pase la tormenta.


Porque esta pasión que nos rodea no es casualidad. Esta histeria y amor por ella son vitales para quienes vienen a verla, y esa emoción se amplifica cuando la ven en comunidad Bichota, porque tal como dice Simon Frith (profesor emérito de la universidad de Edimburgo): "La música en vivo trata fundamentalmente sobre la sociabilidad; las personas no se reúnen por miles meramente para escuchar sonido, sino para experimentar presencia colectiva", y esa presencia se siente desde el parqueadero inundado.


La irrupción global del fenómeno Karol G es más evidente gracias a su éxito gigante en Coachella, donde no sólo fue la primera latina en cerrar el festival, sino que le generó más de 40.5 millones de reproducciones adicionales en streaming en Estados Unidos —un aumento del 34 por ciento— y el reingreso simultáneo de sus sencillos en las listas de Billboard.


Esta Karol G, grandes ligas de 2026 encarna al  cine por ciento del argumento de Williamson y Cloonan sobre el concierto en vivo como el principal motor económico y cultural de la industria musical contemporánea.


Autorizan el ingreso a la arena, y pese a la mezcla de lluvia, cansancio y calor, nada importa. "¿Si ves? Todo será bonito" escucho decir en la fila; en estos tiempos de ICE y odio en Estados Unidos, para el mercado latino creer en la esperanza vale la pena.


Siento que este optimismo tiene un gran significado hoy en día, pues veo a mi alrededor y siento que este no es un concierto para la clase alta blanca latina o norteamericana: acá estamos mayoritariamente migrantes, luchadores que trabajaron duro y se endeudaron (y arriesgaron) para venir, y como dice su canción, lograron apagar sus pensamientos y miedos de deportación y humillación, para gritar su latinidad múltiple, mojados, sudados, juntos, vivos y orgullosos.


Al iniciar el concierto, mamá queda absorta frente a la dimensión del escenario gigante, de las 800 luces robóticas doradas, los fuegos artificiales y las pantallas que en su inmensidad apenas logran abarcar la imagen de una Carolina Giraldo transformando el mundo con sus caderas, floreciendo a años luz de su Colegio Calasanz, de la Universidad de Antioquia, de Reykon, de Factor X, de sus 9 Grammys; abriendo un futuro en donde -según mi mamá- es la heredera de Selena Quintanilla… y sí, de alguna manera lo es: una diva de una nueva latinidad, donde todas las banderas son de la misma patria, donde se mezclan las músicas de las abuelas con las de las discotecas, donde se baila la tristeza y el miedo.


Karol G abandona el escenario acuático, en donde música y coreografía soft porn se sintieron extrañamente naturales, y ahora canta junto a un grupo -buenísimo- de mariachis femeninas ¿y por qué no mariachis si ya ha mezclado salsa, Becky G y Manu Chao?


Siento el calor de los lanzallamas aunque estemos lejos del escenario y no puedo dejar de pensar en las guerras y genocidios en donde tienen una función no ligada al espectáculo, me sacudo la huevonada, miro a mi alrededor y todos sonríen felices, pues por esta noche, a pesar del mundo, lo son, y -por hoy- yo decido creerles.


Cuando empieza a sonar Doscientas copas, mi mamá se ríe y me grita al oído "ésta me la sé por Radio Uno" (su acompañante vallenatero fiel en la cocina desde hace años), así que decido ir por otra cerveza de 90 mil pesos (!) mientras cruza junto a mí una pareja de hombres que se besan, vestidos de naranja y llevando el ritmo con sus abanicos.


En esta escala de crecimiento y apertura social, no sorprende que su ‘Mañana Será Bonito Tour’ haya recaudado más de 313 millones de dólares, ni que sólo la venta de su memorabilia genere entre 47 y 62 millones de dólares. Operativamente, todo este megaespectáculo involucra más de 600 técnicos y genera unos 4.500 empleos indirectos por fecha. Y se nota. Se nota mucho.


Sin saber por qué, me descubro gritando "Una noche, una noche un gatito me llamó" como un loro con síndrome de impostor KarolGniano. Sus himnos hablan de gatúbelas, bichas, perras, bandidas, culonas, o de tomar, fumar y follar, porque Karol G abraza su susceptibilidad en bikini de lentejuelas y su música transforma insultos en himnos de liberación, convirtiendo lo marginal en escudos para una nueva feminidad, un girl power latino en el que se atreve a mostrar orgullosa sus heridas destacadas con escarcha: ella también es realeza del despecho.



Fabian Holt (profesor del departamento de comunicaciones y arte en la universidad de Roskilde) , en Genre in Popular Music  (2007), afirma que "los géneros musicales no son categorías estáticas de marketing, sino discursos complejos formados por la interacción entre los textos, las respuestas de las audiencias y los contextos industriales de producción" y que "la transgresión categorial es una condición fundamental de la vida musical moderna, donde el directo reconfigura los límites genéricos" (Holt, 2007). Para confirmarlo, suena El pescador de Totó La Momposina: "El pescador no tiene fortuna… sólo su atarraya".


Pienso que esta pescadora postmoderna sí tiene una gran fortuna y ha construido una atarraya imparable (principalmente femenina) que arrastra felizmente a medio planeta, y que hoy, con su escala y trabajo, -a mí que no me gusta el reguetón- me emociona, me calla la boca y me tiene ganado por su profesionalismo arrollador.

Al final, no hay bis por culpa de los relámpagos; ella debe desaparecer debajo del escenario (a lo Taylor Swift), pero no es capaz, se devuelve a medio camino y sube descalza a recorrer el escenario y despedirse una vez más.


Descalza como una pescadora de emociones, despechos y dólares. Descalza y sonriente como la mitad de este estadio que camina ahora hacia sus carros.

Mamá, empapada y cansada (descalza sí ni loca), mira hacia el cielo y murmura entre risas…si antes te hubiera conocido… quizás habla de un viejo amor, quizás habla de ella o de las emociones que sintió; me toma de la mano y sonreímos felices: vamos juntos dentro de una atarraya Tropicoqueta.




*Para Gilles Deleuze, "todo encuadre determina un fuera de campo", estableciendo que no existe un cuadro que no remita a una "reserva de presencia que lo desborda por todas partes" (La imagen-movimiento, 1983). Bajo esta premisa técnica, el fuera de campo designa aquello que, aunque "no se oye ni se ve, sin embargo está perfectamente presente", identificándose con "el Todo" que "se comunica con el conjunto e impide que este se cierre sobre sí mismo".

FUERA DE CAMPO será mi iniciativa de contenido digital y de reflexión pública en mis redes y canales, y que explorará también en esta serie de columnas de opinión con el mismo nombre para ARTERIA, cómo la potencia de un artista no reside en el objeto aislado, sino en cómo su obra actúa como un sismógrafo de lo invisible, obligándonos a explorar otras artes, otras creaciones y el contexto sociopolítico —esas presencias desbordantes— que sostienen y dotan de sentido a la estructura de lo visible que nos abraza.



Fernando Cuevas/Cortesía

Artista, gestor cultural, curador y experto en conectar la expresión estética de la experiencia humana e impulsar procesos de creación, intervención y difusión. Comunicador Social con énfasis en televisión educativa de la Universidad Javeriana,

Especialista en Creación Multimedia de la Universidad de Los Andes, Magister en Artes Plásticas y Visuales de la Universidad Nacional y Magister en Creación Literaria de la Universidad Central, en proceso de acreditación como experto en tasación de obras de arte y pintura y experto en falsificación de obras de arte.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no comprometen a ARTERIA.

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