'Impropiocepción': sobrevivir la caminata
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Columna de arquitecto Juan Pablo Aschner nos habla de lo que significa caminar en las calles de una ciudad colombiana promedio, un acto que parece un acto de supervivencia.

JUAN PABLO ASCHNER
PARA ARTERIA OPINIÓN
Caminar por el mundo es, por lo general, un acto automático. El cuerpo avanza sin mayor conciencia de sí mismo sobre un suelo que promete estabilidad en un entorno que se ofrece como una extensión confiable de la mirada.
Pero en Colombia caminar exige algo más. No una atención contemplativa sino una vigilancia constante. Cada paso implica una decisión: dónde poner el pie, cómo esquivar un hueco, cómo anticipar un desnivel. El suelo es episódico y fragmentado o, como dicen los niños, “el suelo es lava”. Está lleno de interrupciones que obligan a bajar la mirada. Entre nosotros, más que caminar, muchas veces se sobrevive la caminata.
Ese estado tiene un nombre: propiocepción. Es la capacidad del cuerpo de percibirse a sí mismo desde dentro. Nos permite saber dónde están nuestras manos o nuestros pies sin mirarlos, ajustar el equilibrio sin pensarlo y avanzar sin tener que observar cada movimiento. Opera en silencio y hace posible que el cuerpo habite el espacio sin tener que pensarlo a cada instante, pero esa definición supone una condición: que el entorno sea estable.
Ahí es donde nuestra experiencia cotidiana se desborda. Al salir a la calle, la propiocepción se tensa. El cuerpo se piensa mientras avanza, corrige, anticipa, calcula y aprende a desconfiar del terreno incluso cuando parece firme. A esa atención hacia abajo se suma otra, lateral, que amplía el campo de alerta.
Si la propiocepción es el cuerpo sintiéndose a sí mismo, en nuestras ciudades parece activarse también una forma de percepción del otro, una “otrocepción”. No es un término técnico, pero nombra algo que todos reconocemos: la vigilancia permanente de lo que y de quienes nos rodean.
El cuerpo en el espacio público colombiano está en guardia y esa condición se hace visible en gestos mínimos. La mano que aprieta la cartera o el bolso, el brazo que se recoge, la mirada que no mira del todo pero que tampoco deja de registrar lo que ocurre alrededor.
En el caso de muchas mujeres esa alerta se intensifica porque el espacio público implica una exposición diferenciada a miradas invasivas. La percepción del otro deja de ser solo una forma de orientación y se convierte también en una forma de defensa.
La circulación se vuelve entonces una coreografía precisa en la que hay que ser lo suficientemente ágil para no exponerse y lo suficientemente neutro para no destacar. Se aprende a transitar en un tempo medio que cada cuerpo incorpora con el tiempo. A esto se suma la relación con carros y motos que no ceden el paso, que invaden el andén o se lanzan sobre el peatón. El cuerpo anticipa trayectorias ajenas, retrocede incluso cuando tiene prioridad y aprende a ceder.
Esa cesión ocurre en un espacio minado. Las aceras son irregulares y están tomadas por basura, excrementos animales y charcos. Algunos son visibles y se rodean, otros permanecen ocultos bajo baldosas flojas y aparecen solo cuando el pie los activa. A través de estas experiencias el cuerpo aprende a no confiar.
Es en ese punto donde la propiocepción se deforma. Ya no se trata solo de la percepción de lo propio ni de la percepción del otro, sino de una lectura impropia del cuerpo en el espacio. Una 'impropiocepción' en la que el cuerpo deja de afirmarse para protegerse y deja de expandirse para contraerse.
Mientras tanto, la mirada frontal queda atrapada. Se mira al suelo para no caer y a los lados para anticipar. Cuando finalmente se logra mirar al frente, lo que aparece tampoco ofrece descanso. A la altura de los ojos la ciudad se presenta saturada de rejas, fachadas intervenidas sin cuidado, avisos superpuestos, cables y muros de colores arbitrarios. La única codificación reconocible parece ser la del patrocinio, donde los frentes responden a la marca de gaseosa o cerveza que financia el letrero.
Así, el espacio público no solo exige mirar al suelo y vigilar al otro, sino que también limita la posibilidad de una experiencia visual más amable. Sin embargo, más allá de esa primera capa aparece otra cosa: un fondo de cielo, una línea de montaña o un fragmento de mar que permanecen al margen de esa saturación.
Para verlos hay que soltar la tensión que mantiene al cuerpo atado al suelo y suspender por un instante la vigilancia. Hay que levantar la cabeza. Si se sobrevive a la caminata, el cielo aparece y el cuerpo se aligera, como si por un instante pudiera suspenderse, como si el cielo nos esperara siempre.
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