Del Amazonas a Ucrania: los juegos de infancia que Francis Alÿs no quiere que desaparezcan
Actualizado: 24 ago

DIEGO ANDRÉS GUERRERO
Editor
ARTERIA
Estar en ‘Juegos de Niñxs’, de Francis Alÿs, en el Museo de Arte del Banco de la República es asistir a los mundos infantiles de muchas partes del planeta. El impresionante montaje de 27 pantallas con una calidad a toda prueba, puede recorrerse sentado impulsando sillas con rodachines. Uno puede ir en ella pantalla a pantalla para ver cómo los niños del mundo inventan y se divierten jugando con juegos inventados por ellos o adaptando otros como la ‘Rayuela’ que, sin ánimo de exagerar, parece mundialmente famosa.
Unos, jugando al trompo con semillas de árboles en Arará, una población indígena en el Amazonas colombiano, otros en la República Democrática del Congo juegan atrayendo mosquitos y otros en Ucrania juegan a ser soldados que con sus rifles de juguete hacen retenes y piden a los ocupantes de los autos que digan una palabra en ucraniano que para los rusos es muy difícil de pronunciar. Así detectan quiénes son espías….
Este juego, específicamente, duele. Los otros son de admirar y disfrutar. Las imágenes nos recuerdan que fuimos niños y que vimos el mundo de otra manera antes de que el juego se volviera competencia en la adultez en un “juego” que casi nadie entiende y que algunos llaman la “carrera de ratas”.
Alÿs también cambió, pero para bien. No porque antes cuando era el centro de la obra lo estuviera haciendo mal (sin duda su fama le precede) sino porque ahora prefirió ceder el lugar protagonista a otros y aprender de ellos y mostrarlos.
Desde un teléfono este belga que habla perfecto español (como recordarán, reside en México y es casi un mexicano más) habló sobre este nuevo aspecto de su obra que comenzó a tomar forma real en la pandemia. No es la primera vez que está en Colombia.
—ARTERIA: ¿Varias veces aquí?
—Francis Alÿs: Me acordé ayer, caminando en la noche, de que estuve aquí en el 86 por primera vez, porque estaba en la Plaza de Bolívar y tuve un flash del Palacio de Justicia quemado. Creo que llegué unos meses después de la toma por el M-19, y eso fue mi primera vez en Bogotá. Estaba llegando de Venezuela y camino a quién sabe dónde, recorriendo en moto en Latinoamérica.Fue mi primera visita y la vez pasada en el Banco de la República, por ahí en el 2005, 2006 o 2007, por ahí.
—¿Cómo fue visitar el Amazonas?
—Estuve en la comunidad de Arará para filmar un juego de trompos de semillas, que me interesaba en particular por ser un trompo que los niños mismos hacen. En la selva, buscan el árbol que tiene estas semillas y construyen su propio trompo. Eso era un componente que me interesaba y lo otro es que es un trompo que emite un zumbido muy interesante. Cada trompo tiene su zumbido, su identidad, digamos, es como un personaje y se vuelve un juego tonal con distintas notas de música.
Por eso es un juego bastante universal, aquí lo han imaginado en el contexto particular de la comunidad de Amazonas.—¿Le sorprendió que haya sido así?—No me esperaba… cómo decirte, fue una visita muy conmovedora, muy fuerte.
Me di cuenta de que los factores que hacen posibles los juegos callejeros y que hoy en día están desapareciendo, todavía existen en la comunidad de Arará, como el hecho de que no haya coches en el espacio público. No hay erosión de la comunidad, es una comunidad muy fuerte, muy unida, con una identidad muy definida. Casi no hay internet, es extremadamente escaso, errático, entonces no hay redes sociales.
Por último, los niños tienen una libertad absoluta. Los ves correr por todos lados, a diferencia de cómo crecen hoy en día los niños en casi cualquier ciudad o incluso cualquier pueblo, donde están bajo la supervisión de los papás y su tiempo está organizado por los papás.
Allá no. Hay una libertad que es la que conocí de niño y que ya no existe ni siquiera para mis propios hijos. Fue muy bella la experiencia en Arará y muy fuerte en el sentido de que sí existen comunidades que lograron resistir tanto la colonización como la modernización y están orgullosos de su cultura y de su identidad.
—Llegar con una cámara, un equipo, eso puede hacer que la gente se intimide o pose y cree problemas para el que quiere captar algo…
—Me impresionó que todos los niños estuvieran jugando trompo. O sea: llegamos a una comunidad de 1.500 habitantes donde sabían que íbamos a filmar el juego. Entonces cuando entramos, vimos que los primeros niños estaban jugando trompo, pensamos que estaban jugando porque sabían que íbamos a filmar, pero no: todos los niños jugaban trompo… niños, niñas era como el juego local.
Lo que me sorprendió más allá de eso, fue la fuerza de la comunidad. Cómo lograron sobrevivir como cultura de una manera con mucha armonía. Suena un poco romántica mi visión, pero sí fue muy impresionante.
Todos quedamos muy impresionados de lo fuerte que era la comunidad. De lo bello y de lo consistente que era en todos los aspectos: culinario, profesional, cultural, espiritual; su relación con la selva, con el río, con los animales. Fueron cuatro días de inmersión total en la comunidad y regresé muy conmovido.
Filmar un juego callejero es una manera de hacer contacto. Realmente, empecé a filmar juegos callejeros para estar en contacto con la cultura de otros. Los juegos empezaron así, pero se volvieron un proyecto mucho más adelante, cuando me di cuenta, a raíz de la pandemia, cómo estaban desapareciendo los juegos. Entonces se me hizo urgente documentarlos.
Ahorita llevo cinco o seis años enfocado en eso. Me faltan muchos juegos. No pretendo filmarlos todos, pero sí tener una combinación representativa de nuestra época. Si puedo dejar este archivo, ya cumplí como artista esta misión.
Es natural que en algún momento empezara a documentar los juegos de manera más obsesiva. Creo que también tiene un poquito que ver con mi propia vida como artista.
Acabo de cumplir 66 años, ya tengo una trayectoria larga, y me siento mucho más cómodo en la posición de observador que en la posición de instigador. Estoy adaptando lo que eran como docuficciones a documentales. Lo que estoy haciendo son cortometrajes etnológicos, sin que yo intervenga. Me adapto totalmente a la situación, trato de registrarla de la manera más sincera posible, y más atractiva.
—Lo cierto es que los videos tienen una excelente calidad y no requieren textos o explicaciones o comentarios…
—Viendo el video tienes que entender la esencia del juego. Esa es la meta de la serie, que pudiéramos ver sin tener que tener un apoyo de texto o de voz. Tal y como se está desarrollando el proyecto, va cambiando en ciertos aspectos.
—Su proyecto ha sido muy bien recibido, lo invitan a filmar juegos. Lleva más de medio centenar filmados. ¿En general, en el mundo jugamos a lo mismo, o jugamos cosas diferentes dependiendo de las culturas y los lugares?
—Hay de todo. Y eso es uno de los milagros o misterios de los juegos. Tienes un juego como la ‘Rayuela’, que existe desde India hasta Holanda, pasando por África y Latinoamérica.
Hay variaciones en el recorrido, en la figura, en el dibujo, pero siempre es un juego de un viaje. Empiezas en la tierra, atraviesas continentes, fuego, infierno, llegas a un paraíso y regresas renacido.
Este significado es el mismo en cada cultura, aunque sea en espiral, en una cruz, en un rectángulo. Es un juego que es a la vez local y universal. Porque es local en su diseño y universal en su significado.
Luego tienes juegos muy locales que solo existen en una cultura o una comunidad. Y hay que los llamarías sincréticos, como que adoptaron el juego de otra cultura, lo adaptaron e hicieron su propia versión.
—¿En qué campo estaría este proyecto? Porque no es, digamos, arte, en un sentido estricto, si es que se puede definir el arte en estos días.
—No soy etnólogo. Mi manera de proceder es muy intuitiva, muy sentimental. Tal juego me interesa por razones personales y en ese sentido no es un proyecto científico, no es algo etnológico.
Es un proyecto artístico, entre comillas, pero se parece mucho a un proyecto etnológico. A amigos sociólogos que me dicen que eso lo pueden hacer ellos, yo les digo: pues háganlo ya porque los juegos están desapareciendo, no hay que esperar.
—¿Es difícil filmar a niños en sus actividades en las que generalmente no hay adultos?
—Creo que el truco es hacerles entender que estamos tomando muy en serio lo que hacen en el juego. Y en el momento en que entienden que esa es nuestra intención, nos aceptan y son muy generosos, y acabamos jugando con ellos.

—¿Los adultos no juegan?
—Eh... No suficientemente. O juegan de otra manera, son más competitivos. Es un lugar común lo que te voy a decir, pero sí hay una inocencia en la infancia que es muy difícil no perder como adulto. Creo que la mitad de nuestras vidas es quedarnos fieles a los niños que fuimos. Es muy difícil ser fiel al niño, a tus sueños de niño.
Tengo tres colaboradores omnipresentes en la serie de juegos. Rafael Ortega, con quien filmé la vida en las zonas. Julián Deveau, con quien editó y filmó. Y Félix Blum, con quien hacemos la parte de audio. Y Rafael dice que trabajar con niños te vuelve humilde, te regresas a tu lugar. A lo esencial, a lo que importa. Es muy bello.
—¿Le ha sorprendido algún juego?
—Sí, sí. Hay un juego que hasta la fecha estoy tratando de entender. Estábamos filmando un juego muy local en la República Democrática de Congo. Se llama ‘Zango’. Son unas niñas haciendo un juego de pies un poco parecido al juego de ‘Piedra, Papel y Tijera’, pero con los pies.
Mientras estábamos empacando las cámaras, escuchamos como un canto: era un grupo de niños y niñas adolescentes. Estaban haciendo un sonido hacia el cielo y de pronto aparece una nube de mosquitos que fue bajando hacia ellos. Se llama ‘Imbu’. Fue bajando y los niños tratan de matarlos con sus manos.
No he encontrado una explicación racional de por qué va bajando la columna de mosquitos hacia los niños cuando cantan. Hay una potencial explicación que tiene que ver con la frecuencia de los hertz que corresponde al zumbido que emite la mosquita hembra cuando está en celo. Pero aún así no hay una explicación racional.
Es increíble…. ¡es una cosa! Filmamos bien y mal, en el sentido de que era el momento de la puesta del sol, que es el momento más difícil para filmar. Filmamos catorce minutos para hacer un video de cinco. Pero fue increíble, fue un momento místico de estar descubriendo algo que como occidental es ininteligible e imposible de entender. Este es el que más me impresionó.
‘Juego de niños 1999-2025’, de Francis Alÿs, en el MAMU, estrena video hecho en el Amazonas

La instalación es monumental: hay 27 pantallas gigantes y dibujos del artista. Se requiere tiempo para recorrerla y se puede (debería) revisitar. El montaje ocupa el parqueadero y el segundo piso del Museo de Arte Miguel Urrutia (MAMU) de Bogotá hasta el 24 de agosto, sin costo de entrada para visitantes.
Francis Alÿs es belga (Amberes, 1959), pero en 1986 llegó a México y desde entonces tiene una relación estrecha con Latinoamérica. Es reputado como figura clave del arte contemporáneo mexicano y su trabajo es conocido en el mundo porque, desde la cotidianidad, logra piezas poéticas con cuestiones geopolíticas.
En 1997, por ejemplo, Alÿs arrastró un cubo de hielo durante nueve horas por las calles de Ciudad de México hasta que se derritió completamente. La obra se llamó Paradox of Praxis 1 (Sometimes Making Something Leads to Nothing).
La obra que se exhibe hoy en el MAMU no hace parte del mercado del arte. Los visitantes solo pueden comprar el catálogo de Juego de niños 1999-2025. Esta serie de videos documenta más de 50 juegos de cinco continentes. Los 27 que se exhiben en Bogotá fueron curados por el mexicano Cuauhtémoc Medina y la española Virginia Roy, figuras de amplia trayectoria en el arte vinculadas al Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) de México.
De hecho, Juego de niños fue estrenada en el MUAC y luego traída a Colombia por alianzas entre esta institución y el Banco de la República. Como diferencial entre las dos muestras, se destaca que en la muestra colombiana se está estrenando el video Trompo de semilla, en el que se ve a niños y niñas de la comunidad amazónica Ticuna de Arará jugando al trompo.
El cineasta, fotógrafo y director de fotografía mexicano Rafael Ortega, quien ha acompañado a Francis en la creación de varios de sus videos, cuenta que ya estaban a punto de dejar de grabar Trompo de semilla con la sensación de que el material estaba listo y, de repente, apareció María.
“María era una niña muy tímida, que de hecho no quiso que la grabáramos, pero era la reina del trompo en su comunidad. Todos tenían claro que era la que mejor jugaba”, expresa el cineasta. Aunque María no fue grabada, su trompo sí, y casi que aparece como un personaje en el video que documenta este juego.
La curadora Virginia Roy expresa que en esta obra el artista invita a pensar en qué tan autónomos son los juegos a “esas grietas sociopolíticas que transitan las sociedades en diferentes geografías”.
El curador Cuauhtémoc Medina habla de la supervivencia de los juegos a lo largo del tiempo: “Es como si, precisamente porque no nos parecen importantes, logran sobrevivir a toda la mentalidad de los adictos a la ambición de generar identidades, a la demanda de producir disciplina".
Ambos coinciden en que en los juegos que ha documentado Francis Alÿs por más de 20 años hay una especie de tesoro de la humanidad porque, además de mostrar el ADN de la sociedad, han mostrado prácticas análogas que tienden a desaparecer en el mundo hiperconectado de hoy.
El artista belga comenta que se dio cuenta de que muchos de sus proyectos estaban inspirados por sus juegos de infancia y que esto de grabar niños jugando empezó cuando su vida artística lo llevó a viajar por el mundo: “Lo primero que hacía era filmar niños jugando en la calle, sencillamente porque me daba mucha información en cuanto a los códigos culturales...".
Francis trabaja en múltiples formatos. Para este proyecto, antes de crear las piezas audiovisuales, dibuja. Varios de esos dibujos hacen parte de la instalación en el MAMU.
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