El Mamm y el reto de ser un museo en una ciudad en tensión
- Diego Guerrero
- hace 2 días
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A Rafael Tamayo, el director del Museo de Arte Moderno de Medellín (Mamm), la vida le ha rendido. Es abogado, doctor en historia, especialista en negocios y… ¡teólogo! Ha sido consultor de la Unesco, dirigió el Museo de Memoria, la Red de Bibliotecas Públicas de Bogotá y gerenció la reciente Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín. Ahora nos habla de cómo va esta aventura de dirigir un museo en la ciudad del reguetón.

DIEGO GUERRERO
Editor
ARTERIA
En estricto orden, el Mamm es el único museo de arte moderno y contemporáneo en una ciudad que cada vez se vuelve más compleja, pues hasta hace muy poco fue un lugar con una cultura cerrada en sí misma. Sitio de una sociedad a la que siempre le ha costado ver más allá de las montañas, pero que hoy enfrenta procesos de gentrificación, afluencia de un turismo que ha encarecido el costo de vida y que ha aumentado el comercio sexual.
En constante tensión, esa ciudad acaba de vivir una bienal que intentó sacudir glorias pasadas, cuando Medellín lideró con eventos de ese tipo el arte en Colombia, y que buscó responder a una actividad plástica que se mantiene mediante el esfuerzo de sus creadores, algunas galerías y los museos.
De hecho, el Mamm puede verse como fruto de las bienales que en los 70 marcaron un rumbo para la ciudad. La misma que hoy es conocida -en buena parte- más por ser la cuna de Karol G, Maluma y J. Balvín que por haber visto nacer a Fernando Botero y a Débora Arango -ella en el vecino Envigado.
A la cabeza de Mamm, que alberga la colección más grande de Arango, casi toda declarada Bien de Interés Cultural (lo que parece traer más problemas que beneficios por ser difícil de cuidar, de mover dentro y fuera del país e imposible de vender) está Rafael Tamayo. En suma, lidera un museo de arte moderno y actual en una ciudad justo con esos extremos: tradicional como la modernidad y contemporánea con todo lo que implica.
-ARTERIA. ¿Cómo entiende Medellín?
-Rafael Tamayo. Es una ciudad en transformación que viene cambiando muy aceleradamente. La he vivido en los 80, en los 90, en los 2000 y ahora. Estuve un tiempo largo en Bogotá antes de volver y ver una ciudad transformada.
En muchos aspectos, creo que tiene un gran potencial y cultural, con una gran cantidad de creadores en las diferentes manifestaciones culturales, en arte, música y cine. También hay un gran potencial en la pedagogía de las artes y de las manifestaciones culturales.
Es la ciudad que está, también, como por hacer. Hay muchas instituciones trabajando. Tiene muchas cosas buenas y se está convirtiendo en una gran capital latinoamericana para muchas cosas. Es un lugar de encuentro: cada vez hay más personas de otros lugares del mundo viviendo en Medellín.
También tiene grandes retos. La ciudad es pequeña y está creciendo sobre las montañas. Ahora tiene municipios aledaños que se han ido convirtiendo en segundos techos de la ciudad. Es una ciudad de contrastes. Lo que me impresiona un poco es precisamente este proceso acelerado de internacionalización, no solamente por los turistas extranjeros y los extranjeros que están viviendo en Medellín, sino por la cantidad de procesos artísticos que están sucediendo con alcance internacional.
Hay ocho producciones de Netflix que se han hecho aquí, están las oficinas de Maluma y una cantidad de artistas de talla internacional. Entonces creo que también para el Mamm y para las artes plásticas tiene grandes oportunidades.

En 2025 el Mamm ofreció siete exposiciones en su sede, una en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá y la exposición de Débora Arango en el Museo Santa Clara, en Bogotá. (Vea: Una nueva lectura para la obra de Débora Arango)
-En ese sentido, en Medellín hay varias ciudades: una que lucha por no tener que vivir en un barrio difícil y otra que vive mejor, pero que no quiere ‘bajar’ al centro. Sé que no es un problema ni suyo ni del Mamm, pero cuando uno acepta una herencia, hereda todo, incluidas las deudas. ¿Cuál cree que puede ser el aporte del Museo en esta situación?
-Es una pregunta importante porque es un poco sobre la función social de la cultura. Pienso en tres esferas principales. Una, tiene mucho que ver con trabajar desde el Museo en los territorios, con los jóvenes, los artistas y los diferentes públicos.
El Mamm ha estado mucho tiempo tratando de mantenerse, consolidarse y crecer, y creo que viene el tiempo de hacer extensión museal. Se trata de hacer actividades del museo por fuera del edificio, lo que es al mismo tiempo un reto muy bello.
Estos grandes equipamientos culturales -si bien resultan simbólicos- no garantizan que los procesos sucedan. Por ejemplo, se necesita un gran edificio para una biblioteca, pero esa biblioteca no es una biblioteca hasta que suceden los procesos culturales que deben pasar.
También sucede con los museos y con todas estas grandes edificaciones. Un ejemplo es el Museo de la Memoria de Colombia. Ahí está la edificación del museo, pero no es un museo. Entonces el trabajo en los territorios es fundamental: hacer que el museo llegue a esos lugares con nuestros mediadores, con las conversaciones de las personas.
Otro asunto es visibilizar los procesos que suceden en esos lugares. El Museo está en una posición privilegiada para contar esa historia de una manera que no es la de la crónica o la del texto escrito, sino la manera de las artes visuales.
Hace un par de años, se hizo una exposición que se llamaba ‘Medellín, el pulso de la ciudad’. En cada sección hubo artistas y dinámicas que venían de las comunidades y tuvieron un impacto importante. Por ejemplo, algo tan interesante como Barber Arte, que son un grupo de chicos barberos, con una barbería y, al mismo tiempo, tienen procesos artísticos en su quehacer. Esto funciona, un poco, como una cartografía social. Esa sería una segunda responsabilidad.
Un tercer trabajo con la comunidad tiene que ver con el enfoque educativo de los museos con sus áreas de educación no formal. Creo que los museos tienen que pensar en momentos previos en su programación, educativa y cultural para entender el arte contemporáneo.
Este se puede asumir de otra manera: desde la emotividad, desde la percepción, desde unas técnicas básicas. Ahí viene una agenda educativa que también sucede en el museo, esperamos que en alianza con otras instituciones educativas comunitarias.
-¿Cómo se puede acercar el Mamm a sitios cuyos habitantes pueden estar viviendo en una situación precaria?
-Llegar con una exposición ambulante no tiene un sentido claro, ni va a tener recepción. Pero en casi todas las comunidades hay organizaciones culturales con las que es necesario aliarse para trabajar y encontrarse.
En el Museo tenemos, por ejemplo, un carrito de mediación donde hacemos serigrafía en obleas para que la gente se divierta un poco. El arte no es solamente una manera de expresión, sino es también una manera de encuentro y de relajamiento de realidades duras. Ahí el arte tiene una función importante.
Una alianza con actores comunitarios en sus lugares y con dispositivos de mediación que nos permitan generar dinámicas con los chicos de los colegios, padres de familia, vendedores ambulantes, personas en situación de vulnerabilidad, de calle.
-¿Y cómo hacer que un museo como este funcione en una ciudad que en meses recientes ha navegado entre el reguetón y el arte?
-Es un asunto muy difícil de abordar porque es multifactorial. A la Bienal, creo que mucha gente que nunca había estado en exposiciones o ni siquiera había entrado a museos fue a verla.
La tendencia es que hay grupos de jóvenes que dijeron “vamos a ir a tomarnos fotos a la bienal”. Entonces, había que vestirse de cierta manera para tomarse esas fotos. Teníamos grupos que llegaban con atuendos superdisruptivos desde su punto de vista, para tomarse fotos con obras que les gustaban, aunque no conocieran el autor.
Eso ya es una manera de consumo cultural. Es otra forma de acercarse a las artes. Lo bueno de la Bienal fue que todo se valía para el acercamiento, sin una norma establecida.
También hubo un público de nivel social muy alto que tampoco viene al Museo, pero a la Bienal si fue. Allá fueron los dos públicos. Todavía hay mucho que analizar, pero creo que el Museo queda en una buena posición, en parte porque fue una experiencia muy cercana para mí.
El legado de Débora Arango

-Cómo se está abordando el tema de la colección de Débora Arango, que custodia el Mamm.
-Hay un reclamo público importante. La nueva curaduría en el Museo incluye que los ciclos expositivos de este año tengan siempre un volumen importante de la colección interna, algo que no siempre pasaba. El primer ciclo, de 56 obras tiene 32 de la colección incluyendo las de Débora Arango. La de Débora es la colección más grande e importante de la reserva.
Luego, están las alianzas con otros museos nacionales, lo que empezó en la dirección anterior. De ahí se deriva precisamente la exposición actual en el Museo Santa Clara, en Bogotá. Hay un reto: como son Bienes de Interés Cultural y obras de conservación -algunas ya tienen casi cien años- necesitan salas con condiciones ambientales, control de temperatura y de humedad. No son tantos los museos del país las tienen.
Sin embargo, estamos trabajando con el fondo Débora Arango, que se creó para tener recursos, crear museografías y exposiciones pedagógicas, como dispositivos que detonen estas conversaciones alrededor del cuerpo, la política, el género, que son temas principales.
Entre las piezas que son ‘Bienes de interés cultural’ hay unas 230 obras. Eso deja unas 16 obras que podrían estar en diferentes lugares sin las mismas restricciones de la norma y que podrían circular. El fondo también tiene la intención de hacer circulación internacional.
Ahí contamos con el apoyo del Ministerio de las Culturas, con la Dirección de Patrimonio, porque se necesitan autorizaciones que se tramitan en meses, más el tiempo del viaje, más los seguros. Eso tiene que coincidir con los avalúos. Entonces, estamos empezando a perfilar esta circulación internacional con algunos de los aliados en Panamá, Ecuador, Argentina y España.
La obra de Débora no tiene una sala específica pero si dialogará con otros artistas, temas y disciplinas. Pero no queremos queremos convertirnos en el museo de Débora Arango. Somos el único Museo de Arte Moderno y Contemporáneo en esta ciudad, y el resto de la colección y el diálogo con las comunidades, los artistas locales y regionales tiene también que tener espacio.












