La era de la 'yofonía'
- Diego Guerrero
- hace 3 días
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 1 día
En nuestra nueva sección de opinión Juan Pablo Aschner propone reflexiones sobre temas cotidianos que permean o configuran la cultura, con la mirada de quien ha experimentado en distintos facetas del arte, la escritura y lo audiovisual. Hoy nos habla de nuestras relaciones con el móvil que aquí llamamos celular.

JUAN PABLO ASCHNER
PARA ARTERIA OPINIÓN
A veces siento que el teléfono me llama sin llamarme. Está ahí, quieto en el bolsillo y, sin embargo, algo en mí me obliga a tocarlo, no para confirmar que sigue vivo, sino para asegurarme de que no he desatendido un llamado si me necesitaba.
Y en tantos espacios he visto —y confieso que yo también lo he hecho— ese gesto de apartarse hacia una pared, no para hablar con alguien, sino para abrir el teléfono y encontrar en su pantalla un refugio que justifique mantenerse al margen de los demás.
Qué inteligente el nombre del teléfono inteligente que inventó Apple, esa manzana envenenada y ya mordida que nos ofreció envuelta en un empaque de seducción tecnológica.
No hay nombre más hábil: no porque prometa inteligencia, sino porque condensa en una sola letra el individualismo contemporáneo. Después de unos años de uso, la “I” del iPhone ya no me parece la “I” de Intelligent, sino la “I” del I, del yo. En esa conveniencia lingüística, casi inocente por lo sintética, se escondía una profecía: la era del 'yófono'.

Antes de la manzana mordida hubo otra fruta: la baya negra, el BlackBerry. Una fruta oscura, pequeña y adictiva, que fue la primera señal de una nueva forma de dependencia. Su promesa era otra: la eficiencia, la inmediatez, el poder de estar siempre disponible. Pero aquella fruta oscura preparó el terreno para la manzana luminosa.
El 'yófono' es el instrumento de una nueva fonía, una'yofonía', donde el diálogo se ha desplazado del otro hacia uno mismo. Ya no hablamos para comunicarnos, sino que navegamos para escucharnos, pues el teléfono se ha convertido en un mini espejo-televisor que nos devuelve la propia imagen en movimiento. Cada desplazamiento de los dedos es un acto de autoobservación, una caricia sobre la superficie que refleja nuestro flujo de deseos y ansiedades.
El teléfono —ese artefacto que nació para enlazar distancias— se convirtió en un espejo portátil. En Colombia lo llamamos “celular”, y quizás ningún nombre sea más apropiado: una célula inseparable de nuestra anatomía cotidiana. Lo llevamos pegado al cuerpo, lo tocamos, lo sentimos latir en el bolsillo, incluso cuando no suena.
Y cuando lo miramos apagado, nos devuelve un reflejo inquietante: un espejo oscuro, una superficie negra donde nuestro rostro apenas se adivina, suspendido en la nada. Allí, en esa oscuridad brillante, aparece el agujero negro que nos sustrae.
Ese espejo oscuro, del que soy adicto, también me aterra, porque la 'Yofonía' me ha vuelto incapaz de estar a solas y de aburrirme en serio. En el momento en que nos separamos del aparato, dejamos de escucharnos. Hemos delegado en él la administración de nuestra atención.
Este artefacto que alguna vez prometió conectarnos nos ha devuelto a la soledad más sofisticada. La 'yofonía' es el régimen de una comunicación que se retroconsume: hablamos para oírnos, grabamos para vernos, escribimos para leernos.
Quizás el desafío más urgente no sea aprender a usar menos el teléfono, sino reaprender a oír. A oír el silencio, a oír al otro, a oír lo que no vibra ni ilumina. Tal vez el verdadero acto de inteligencia —en esta era del teléfono “inteligente”, ahora doblemente inteligente porque viene con inteligencia artificial— sea apagarlo por un rato. No como renuncia, sino como gesto de recuperación.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.












