'El Jardín de los Delirios': el nuevo mural sobre biodiversidad en el barrio San Felipe de Bogotá

ÓSCAR SILVA
Periodista
ARTERIA
Una pared de 45 metros de largo por 7 de alto del barrio San Felipe se convirtió en un jardín de visual con abejas, polinizadores, escarabajos, ciempiés y plantas. Todo ello forma El Jardín de los Delirios, un mural que conecta distintas formas de pintar y pensar el espacio público.
El mural está ubicado en la calle 72 con 24. Para pintarlo, se convocó a diez artistas de Colombia, Francia y Brasil como parte de la décima edición del Festival Latino Graff. Todos trabajaron sobre una misma superficie con vinilo y aerosol, aunque con lenguajes gráficos distintos. En la parte superior hay imágenes, en la inferior, el grafiti y el lettering de escritores locales que se incorporaron a la obra.
El resultado no responde a la mirada de un solo participante; por el contrario, cada artista interpretó el concepto desde su propio lenguaje y estilo, usando referencias de la biodiversidad latina. Mónica Rivera, líder del colectivo ‘Tint Tag’ y gestora de la intervención, explica cómo surgió la oportunidad de intervenir el muro.
“La Secretaría de Desarrollo Económico había contactado para pedir el permiso, pero en ese momento solamente se había hablado del permiso de pintar. No sabíamos exactamente qué, ni qué línea curatorial, ni cómo se iba a desarrollar”, cuenta la gestora y comenta sobre la importancia de las instituciones en el proceso.
“Desde la Secretaría de Desarrollo Económico y la Defensoría del Espacio Público, se logró hablar con D1 para que nos dejaran pintar, porque en un principio estaba difícil, ellos querían que fuera un muro institucional, sin embargo, no iban a facilitar ningún recurso. La parte de permisos nos retrasó un poco, pero gracias a las instituciones como a la Alcaldía Local, logramos que nos diera el permiso”, afirma Rivera respecto a las vicisitudes de pintar en espacio público.
(en Bogotá, la norma del Concejo de Bogotá que reglamenta y establece las reglas para la práctica del grafiti es el Acuerdo 482 de 2011. En él se determina que para intervenir una superficie, se requiere de la autorización previa de la autoridad distrital competente o del respectivo propietario).
Además de representaciones de animales, hay referencias a especies vegetales nativas tales como las pasifloras y la flor del árbol de borrachero, tan común en Bogotá. La intervención combinó pintura en vinilo y aerosoles, dos materiales que permitieron trabajar las distintas texturas de la pared a los artistas.

Rivera explica que el concepto contempla “la amenaza del calentamiento global, la protección de los ecosistemas y también las tradiciones”.
La producción para pintar los 315 metros cuadrados, requirió alrededor de 15 canecas de vinilo y 70 aerosoles, de acuerdo con las cifras que comparte Rivera.
El trabajo se extendió durante varios días con algunas de sus noches y continuó incluso después de que algunos de los artistas franceses emprendieran su viaje de regreso.
El encuentro entre artistas se relaciona con la trayectoria de ‘Latino Graff’; fundado en Toulouse en 2016 por un colombiano. El festival ha promovido intercambios entre artistas latinoamericanos y franceses.
En sus ediciones anteriores, artistas colombianos han viajado a Francia para participar en intervenciones. Para Rivera, combinar distintas técnicas también permite poner sobre la mesa una discusión que acompaña al arte urbano desde hace mucho: la diferencia entre grafiti y muralismo.
La escritura vinculada a la cultura hip-hop conserva, en su opinión, una raíz barrial, el muralismo, por su parte, ha encontrado otros espacios de circulación y reconocimiento más institucional.
“En San Felipe, que es reconocido como distrito creativo, el arte está muy encerrado en las galerías, tiene todo el enfoque de arte contemporáneo, pero falta mucho más arte en espacio público de acceso libre”, afirma la gestora.
«Yo creo que, por un lado, es desestigmatizar el graffiti y la práctica del pintar en espacio público y, por otro lado, desencartonar el arte, sacarlo de la galería también” asevera Rivera.
El mural ocupa un lugar que, según comenta Rivera, antes estaba cerrado por una polisombra y atravesaba problemas de seguridad. Desde hace más de un año, el espacio es administrado por el Jardín Botánico de Bogotá y funciona como vivero de paso, donde las plantas permanecen durante su proceso de adaptación antes de ser trasladadas a otros lugares.
El Jardín de los Delirios hace parte de una apuesta por llevar más arte urbano al alcance de más personas, Rivera comenta que se planean recorridos gratuitos para socializar el mural con la comunidad y también conversatorios con algunos artistas.
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