'Alguien se tiene que quedar': el artista Yeison Riascos sigue resistiendo tras el terremoto en Buenaventura

RÓBINSON TAMAYO
Periodista
ARTERIA
Yeison Riascos es artista plástico egresado de la Universidad del Cauca con maestría en Gestión y Producción Cultural y Audiovisual de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. En su trayectoria artística se destacan el dibujo y la fotografía con resultados sobresalientes.
De hecho, cuenta que muchos cercanos le han invitado a que se vaya para una capital o para otro país a posicionarse como artista, pero él ha decidido quedarse en su tierra natal para hacer carrera como formador y gestor cultural también.
“Alguien se tiene que quedar para que en Buenaventura haya un cambio. Yo sé que desde las artes puedo hacer bastante”, señala Riascos.
Los inicios
En sus series fotográficas anteriores se ven mezcladas las influencias del arte barroco con la crueldad de la violencia que azota al Puerto de Buenaventura desde hace varios años. Cuerpos afros castigados por balas flotan en escenas tenebristas.
“El 19 de abril de 2005 vivimos una masacre de doce jóvenes en el barrio Punta del Este. Eso me marcó. Yo nunca había visto algo así”, recuerda.
Este tipo de marcas en su biografía no solo han impactado su obra, también le han motivado a abrir su taller y a prestar sus herramientas para que jóvenes de la comunidad en el barrio 12 de abril encuentren otras posibilidades en el arte y la creación audiovisual.
A través de la recién constituida Corporación Oruga, Yeison intenta alternar su producción artística con procesos de formación para jóvenes. Desde lo micro a lo macro, las iniciativas barriales como Oruga reaccionan a los problemas estructurales que el puerto de Buenaventura tiene desde hace varios años y que con el terremoto del pasado 10 de agosto se hicieron más grandes.
Ese día Yeison estaba en su casa. Como pudo sacó a sus sobrinos y a su padre, una persona mayor con problemas de movilidad. Mientras pasaba el terremoto estaban atentos a las cuerdas de la electricidad y a las casas del barrio. Cada minuto fue una prueba de fuego para la arquitectura artesanal de la comunidad.
La tragedia eterna del puerto

En el Distrito de Buenaventura más del 70 por ciento de la población no tiene agua potable. Tras el terremoto, la estación de bomberos quedó semidestruida, más de 15.000 personas quedaron damnificadas, según informaron organizaciones comunales.
En barrios como el Alberto Lleras hay familias que llevan más de dos meses en albergues temporales con necesidades de alimento y agua. En medios se ha visto que líderes comunales piden ayuda en materiales para construir casas firmes.
Riascos cuenta que en la tarde del 10 de agosto su taller funcionó como centro de acopio de ayudas. Los jóvenes que asisten a Oruga se dedicaron a repartir mercados y a ayudar como podían. Varios, junto a líderes comunales, usaron la fotografía para registrar viviendas afectadas.
“Algo básico que hicimos fue recoger donaciones, comprar cientos de cajas de clavos y repartirlas para que la gente afianzara los techos de sus viviendas. Hubo casas palafíticas que quedaron totalmente destruidas”, cuenta.
En Oruga pasaron casi dos semanas dedicados de lleno a mitigar el problema mientras el Estado reaccionaba. Sin embargo, a medida que llegaba más información sobre la magnitud de la tragedia, en el gestor cultural crecían las preocupaciones sobre las actividades a mediano plazo.
El colapso del ecosistema cultural y académico
Salvo las instalaciones del centro cultural del Banco de la República, que sobrevivieron al terremoto, Buenaventura es un distrito que no cuenta con escenarios culturales.
Riascos explica que no hay museos ni salas de exposición formales. “Los escenarios acá son los teatros de los colegios, el SENA, la Universidad del Valle y todas las instituciones educativas que prestan espacios para la cultura”, explica.
Las instalaciones del SENA sufrieron daños estructurales y la mayoría de sus talleres quedaron destruidos. La Universidad del Valle tiene restricciones de acceso en dos de sus cinco bloques y tiene prestada parte de sus instalaciones al Hospital Distrital, que quedó dañado.
De los 2.150 estudiantes que atiende esta sede de la Universidad son pocos los que pueden continuar sus programas de manera virtual. Y el Encuentro Universitario de la Cultura, que es una reunión en la que durante cuatro días de octubre los actores culturales muestran su trabajo y la comunidad se reúne alrededor del arte, ha sido suspendido.
“De las miles de viviendas afectadas, muchas son de nuestros estudiantes. Ahí tenemos un primer problema de conectividad. Y de los 14 programas que ofrecemos, varios son prácticos, como la Licenciatura en Arte Dramático, por ejemplo. Eso dificulta bastante la continuidad a través de herramientas tecnológicas”, explica Luis Augusto Quiñones, director de la Universidad del Valle, seccional Pacífico.
Yeison es consciente de los problemas de conectividad que hay en la ciudad. Por eso, aunque su taller es pequeño, en ocasiones los jóvenes de Oruga se organizan en mesas y desarrollan allí actividades en papel, celular o en computador.
Lo más preocupante con el colapso de las instituciones educativas es que quienes no tienen la oportunidad de usar herramientas tecnológicas pueden quedar a merced de bandas reclutadoras de jóvenes para el conflicto armado.
El pulso del artista Riascos ante esta situación es bastante desigual. Oruga aún es una corporación artística que funciona en su taller, no un centro robusto de educación.
La cultura y las promesas

“La situación es muy complicada. Ese SENA casi que no lo entregan, tardaron más de 10 años, las esperanzas de que lo reconstruyan son muy pocas. Y en el terremoto colapsaron dos de los colegios emblemáticos de acá: el San Rafael y el Juan José Bejarano”, explica el artista. Riascos también agradeció que el terremoto hubiera sucedido en semana de receso escolar: “Si no, estaríamos hablando de una tragedia mayor”.
Por otro lado, Libardo Riascos Perlazas, rector de la Institución Educativa Técnica Comercial Teófilo Roberto Potes (Ineter), entidad pública, es aún más crítico con las promesas de infraestructura educativa y cultural en Buenaventura: “Esa educación virtual es una falacia, ni los estudiantes ni los padres de familia tienen las herramientas ni recursos para garantizarla”. Según el funcionario, el Ineter sufrió daños en la mampostería evaluados por un ingeniero en 262 millones de pesos.
El rector también es enfático y crítico con la cultura de retardo que tiene el desarrollo de la infraestructura en la ciudad: “En mi colegio teníamos 4.800 cupos, hoy trabajamos a la mitad porque en 2014 demolieron parte de la infraestructura para hacer mejoras y ahí está igual. En 2017 le prometieron a la ciudad la casa de la cultura Margarita Hurtado y nada que la entregan”, se queja.
Al preguntarle por las afectaciones que ha percibido tras el terremoto en otras instituciones educativas comenta: “La verdad, es que acá hay muchos sitios que llaman colegios o escuelas, pero en realidad son unos lugares en condiciones físicas lamentables en los que da pesar ver a los jóvenes. La situación ya era muy grave, imagínese usted después del terremoto”.
Así las cosas, el talento de Buenaventura está disperso o refugiado de la violencia en espacios autogestionados por la comunidad. En La Corporación Oruga está el artista Yeison Riascos para intentar mitigar el miedo y la incertidumbre colectiva del presente, porque sobre el futuro el gestor apunta: “No estoy pensando en un futuro porque no lo veo, solo quiero seguir en esto que estoy: dibujar y enseñar a los jóvenes”.
Revisado por Diego Guerrero




