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¿Fakenews, posverdades o verdades tecno-feudo-fascistas? Sobre la exposición ‘Clickbait’

hace 2 horas
8 min de lectura
Nervio Óptico Emilio Tarazona aborda 'clickbait', una exposición que cuestiona la incidencia actual de la IA en las percepciones del mundo y su influencia en el devenir y el pensamiento de las personas.
Edwin Sánchez. Vistas de exhibición “Clickbait” en Material (Bogotá). Fotos: Juanita González / Cortesía del artista.
Edwin Sánchez. Vistas de exhibición “Clickbait” en Material (en su paso por Bogotá). Fotos: Juanita González / Cortesía del artista.

EMILIO TARAZONA

PARA ARTERIA OPINIÓN


Cuando uno logra (si puede llamarse logro) o, al menos intenta hacer una inmersión en muchas de las exposiciones que llegan a Bogotá durante el mes de septiembre, particularmente en la semana más congestionada del año para las artes visuales en la ciudad, la principal sensación es de saturación.



Otra constatación es que una de las características durante mucho tiempo sobrevaluada en la producción artística como es la sinceridad, hoy, parece haber caído en desgracia. Y no es que no exista o se haya evacuado del todo, sino que resulta difícil de reconocer y darle un valor en medio de otras cualidades que han tomado mayor protagonismo.


Esto no toca solo al estrecho pero aún relevante campo de las artes visuales. Ha permeado a la sociedad en la mayoría de sus campos y contribuye así a una parte significativa de la crisis de civilización en la que estamos.


Ciertamente, son las tecnologías de la comunicación posteriores a la era 2.0 de internet (con énfasis en las redes sociales y la llamada IA) las que han llevado a la ancestral mentira a su era dominante,  a su más abrumador auge.


Aunque también ha permitido hacer visible un error frecuente que suele tenerse sobre ella: por mucho tiempo habíamos pensado equivocadamente que el engaño era una característica exclusivamente humana, quizás, solo demasiado humana, pero no. 


Una de las exposiciones que ha abordado directamente este tema, simultáneamente desde su lugar políticamente correcto e incorrecto, es ‘Clickbait’, de Edwin Sánchez.


Esta ha sido presentada a fines del año pasado en Bogotá en la sala Material, curada por Andrés Foglia y reinaugurada durante esa semana loca de septiembre del arte en la capital, pero en una versión que abrió sus puertas en Medellín dentro de una bodega en el Barrio El Poblado (Cra. 45 # 25- 51; donde permanecerá hasta fines octubre, en horario: jueves a sábado de 1 a 6 p.m.). 


Su propuesta o tesis no sostiene una crítica a la tecnología, a la cual Sánchez considera una herramienta que puede utilizarse para objetivos contrapuestos y contradictorios, no todos ellos lesivos. Tampoco parece una crítica a la mentira, que solemos considerar de modo inexacto un mero acto de deformación de la realidad.


Me inclino a pensar que se trata de describir una cierta incomodidad en la relación potenciada de una por causa de la otra: en años recientes ha sido la mentira, el fiasco, el bulo, la simulación del apoyo o rechazo a algo (a una idea, una entidad o una persona) las que han adquirido con la tecnología un alcance y distribución sobredimensionadas. 


Edwin Sánchez, "ParaPapi", 2026. 30 seg. (Captura de pantalla. Detalle). Video
Edwin Sánchez, "ParaPapi", 2026. 30 seg. (Captura de pantalla. Detalle). Video

Y no solo se trata de escala, aunque sea siempre eso relevante (“La cantidad tiene una calidad propia” -frase atribuida a Jósif Stalin sobre este punto- no es más que una síntesis vulgar de la dialéctica de Vladímir Ilich Uliánoc, más conocido como Lenin), sino que hay que poner más atención al cambio radical de las formas de producción: nos habíamos acostumbrado a las mentiras artesanales que, al ser propagadas con esfuerzo, podían todavía ser atajadas.


Pero ahora ella ha encontrado plataformas que, aceitadas por la creciente pereza del pensamiento crítico o la deslegitimación del dato aplastado por el relato, han hecho posible una automatización que moldea y fabrica la opinión pública a escalas industriales.

‘Clickbait es una palabra utilizada peyorativamente para hablar del gancho o carnada usado en redes sociales para presentar de manera impetuosa o sugerente un contenido originalmente irrelevante o fraudulento, con el fin de hacerlo viral (lo que para algunos traduce como redituable).


Sánchez la usa para enfocar su mirada en el ámbito político y de campaña ideológica, y ya no solo publicitario y comercial del fenómeno. Allí, la obscenidad de las imágenes, la imposibilidad del diálogo, así como la más reciente hiperproducción de reacciones y opiniones por parte de granjas de bots de software centralizado y manejado con agentes de IA, han logrado secuestrar el cableado natural o predisposición humana a la mentira, haciendo imposible cualquier análisis serio del contenido ante la amplitud y velocidad con la que circula como desinformación (sea esta intencional o no).


 Acaso de modo irreversible, las redes sociales son hoy, o serán pronto y en su mayoría, un torpe y eficiente tropel con impacto nocivo y devastador, tanto en el tejido social como en el campo epistemológico y cognitivo de los pocos e incautos individuos humanos que en ellas todavía pretendan encontrarse.


El artista concibe todo el proyecto como un archivo. Un área de la exposición despliega una colección de una revista antes de periodismo de investigación (Semana), durante los cuatro años del último gobierno, en que esta había devenido en un pasquín de calumnias que siquiera se tomaba ya en molestia investigar. 

Edwin Sánchez. Vistas de exhibición “Clickbait” en Material (en su paso por Bogotá). Fotos: Juanita González / Cortesía del artista.
Edwin Sánchez. Vistas de exhibición “Clickbait” en Material (en su paso por Bogotá). Fotos: Juanita González / Cortesía del artista.

Otras instalaciones en video compilan material de redes sociales que normalmente son imágenes impactantes y efímeras que, al ser capturadas junto a otras en un loop continuo y desarticulado en una proyección en mapping sobre un conjunto de objetos, adquieren afinidades que reconectan hilos de violencias que resultaban aparentemente discontinuas, entre lo local y lo global.


Mientras, otras piezas hacen una obsesiva compilación de videos de campañas políticas de extrema derecha, muchas veces creadas con IA, sobre dispositivos celulares rodeados de anillos de luz led, que él se permite desmantelar en edición, con la misma IA, recombinando las imágenes.


Así consigue hacer decir a sus protagonistas otros mensajes que esas campañas originales no podrían revelar sobre sí mismas en intenciones, logrando una sinceridad forzada (y divertida) que desencaja los propios objetivos con los que esas microproducciones audiovisuales habían circulado en redes.


Hay una pregunta pertinente que varios se han hecho en los últimos tiempos: ¿Es en ese contexto todavía posible la democracia? Hoy, cualquier plataforma digital usa algoritmos de segmentación de la población o, concretamente, de sus usuarios que ellos identifican como targets conectados (a un nivel básico, esto es solo contextual o por cookies), de modo que estos datos compilados les permitan predecir sus gustos o temas predilectos en futuras compras.


Pero otras plataformas tienen un alcance y hasta un interés mucho más profundo, porque la información que reúnen es muchísimo mayor. Se permiten así una psicografía precisa que no solo anticipa nuestras decisiones, sino que entiende nuestras emociones (a veces con especial énfasis en indicadores de ansiedad, depresión o inseguridad), tomándolas como nichos de mercado por explotar y, posteriormente, para manipular con anuncios o contenidos ofrecidos, esta vez, a medida de cada individuo, para poder controlarlas y acomodarlas a ciertos consumos o convertirlas en opiniones.


Esto hasta aquí es la estructura magistralmente estudiada por Shoshana Zuboff: el comportamiento humano era la materia prima que determinadas empresas podían convertir en mercancía, con un código de programación oculto y cuidadosamente supervisado sin que nadie pudiera advertirlo. En otro momento notaron que, en campañas electorales, era el odio y el miedo las que generaban mayores niveles de adicción.

 

Y eso por no hablar de empresas como Palantir, para las que el uso de datos online y offline recogidos puede ser capaz de señalar directamente enemigos u opositores dee algunos gobiernos que estos pueden, eventualmente, convertir indistintamente en objetivos de atención especial, de ataque o de exterminio.


Líneas arriba decía que la mentira no era solo la deformación de la verdad: es más complejo que eso y entenderla como expresión subsidiaria o derivada es demasiado simple. Esa noción implicaría que la verdad en todos los casos le precede, cuando es enteramente lo contrario.

La mentira parece haber nacido con la humanidad: la ficción, el mito y el engaño han sido siempre formas de fabricar y comprender el mundo y casi hay que entenderlas como el estado natural o primigenio de la comunicación. El nacimiento de la verdad es, en cambio, un acontecimiento más reciente.


Requiere especialmente de una infraestructura de verificación o confirmación muy costosa, que dio origen a la ciencia moderna y al conocimiento acumulable y compartido al interior de una comunidad que puede transformarse con ellos.


Michel Foucault para evitar hablar de la existencia de una verdad prefería hablar de “regímenes de verdad”: estos son como el sistema operativo donde las teorías consideradas verdaderas serían programas (.exe, .app) capaces de ejecutarse y correr o, de otro modo, no aparecerán en pantalla. No se trata de una afrenta intrínseca contra el programa y pueda simplemente que el sistema operativo que habitamos no tenga las librerías, los códecs o la lógica para procesarlo. 


Pero que la verdad sea un invento reciente de la humanidad no quiere decir que haya que abandonarla: se requiere no desistir de ella porque, de otro modo, estaremos condenados a una segura y violenta destrucción en manos de nuestros propios contradictorios pareceres. 


Con las tecnologías recientes, la mentira ha aprendido a simular los métodos de la verdad, pero resulta siempre más barata y más rápida, aun si emocionalmente más sugestiva: presume argumentos, cita datos, invoca fuentes. Pero en la única pantalla en la que corre es en la de los dispositivos, lejos del sistema operativo o régimen social,  todavía fundamentalmente vivo, donde pueda ejecutarse.


Incluso si sus efectos en ese ecosistema humano afecten severamente la infraestructura que la verdad ha tardado en consolidar. Plegada recientemente a esta larga historia de batalla epistémica en un capítulo crítico y crucial, los gigantes tecnológicos que desarrollan las IA más sofisticadas insisten desde hace semanas en alarmas que hablan sobre el riesgo existencial que podrían desencadenar esos modelos más avanzados (teniendo en posibilidad la inminencia de la extinción humana ocupando ya un porcentaje en sus pronósticos).


Mientras otros analistas -sin dejar de considerar que esos agentes de IA puedan ser inofensivos bajo determinadas órdenes y existan riesgos reales por la IA desalineada- apuntan a que hay un uso político de esas alertas internas como estrategia corporativa del sector, que buscaría instrumentalizar el miedo para obtener una salida a cotización en bolsa bajo condiciones especiales de autorregulación, protección de valoraciones y hasta la prohibición de modelos de código abierto, permitiéndose suministrar exclusivamente sus modelos propietarios (tanto dentro de los Estados Unidos como en otros países, como sus socios europeos o sus nuevos súbditos latinoamericanos).


Es completamente viable que la burbuja que esconden sea la verdad y no haya que señalar tanto a la inteligencia sino a la facturación artificial (y el descomunal mecanismo de deuda que, de explotar, podría generar una inminente recesión).


Pero otro riesgo existencial al que esta propuesta de Edwin Sánchez apunta, descansa en la fragmentación político-social que han logrado producir. Lo he dicho en otro lado: cuando no se coincide en los hechos, al pasado y presente que se apoyan en ellos le resulta imposible construir un futuro colectivo. Solo futuros simultáneos en los cuales algunos grupos tendrán el porvenir a medida que contribuyeron a construir y otros la certeza de que están viviendo forzosamente un futuro que ha sido diseñado para ellos por alguien más.


Octubre, 2026 


Emilio Tarazona/Cortesía

Emilio Tarazona es investigador y curador de arte contemporáneo. Tiene interés por el arte-acción, las realidades sociopolíticas de América Latina, así como por las problemáticas ecológicas globales que aborda a través de seminarios, ponencias y textos impresos. Se interesa por producir ensayos audiovisuales documentales con entrevistas; acompaña procesos creativos y realiza conferencias en ciudades de América y Europa. Ha sido co-curador en el Museo Reina Sofía - MNCARS, de Madrid, del MUNTREF, de Buenos Aires y del Würtenbergischer-Kunstverein (Stuttgart). /Cortesía

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.

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