Apagar el algoritmo, encender la voz
El nido Caridad Botella reflexiona sobre la desconexión de las redes sociales, el impacto del algoritmo en la subjetividad y el reencuentro con la propia voz en la vida sensible y real.

CARIDAD BOTELLA
PARA ARTERIA OPINIÓN
Durante la semana de receso desinstalé las redes sociales del celular. Ya había dado este paso en otras ocasiones, pero esta vez fue a conciencia, por la invitación de Vanessa Rosales —con la que estoy tomando un curso de escritura— a alejarnos durante un tiempo de los dictados del algoritmo.
A partir de una serie de referencias bibliográficas tratamos el tema de lo plano que se ha vuelto el mundo consumido a través de una pantalla. Durante unos pocos segundos, cada cosita que vemos va sumando hasta quitarnos horas y horas de tiempo perdido, tiempo sin sentido, que no vuelve, que no alimenta. No hay profundidad, no hay matices, no hay crítica real, no hay reflexión, solo reacción.
El curso, titulado ‘Escribir y crear en contra de los algoritmos: narrar la libertad’ llegó a mí, precisamente, por el algoritmo en un momento en el que mi consigna era “no más cursos”, pero también “tu escritura necesita un empujón”.
Vanessa aborda, apasionadamente, la construcción de la subjetividad en la era de las redes sociales con el objetivo de encontrar una pluma con voz propia, que, no nos engañemos, es de los logros más difíciles con o sin algoritmos.
Una de las cuestiones tratadas es la relación que existe entre el auge de las redes y el de las ideologías extremistas, tanto de derecha como de izquierda, la polarización de la sociedad, la rapidez de reacción sin sustentación, el anti-intelectualismo y el capitalismo de las emociones.
Escribo en mi cuaderno… El sistema nos quiere derrotados, rencorosos y miserables, nostálgicos de un pasado que no existió, sin esperanza en el futuro, fatalistas y subordinados, auto consumiendo nuestra propia miseria y vuelta a empezar. La rueda del hmster que genera riqueza desmesurada a unos pocos individuos.
Escucho a Vanessa hablando de todas estas ideas que, desde hace años, se me han ido pasando por la cabeza como espectadora del lío que vivimos hoy en día, un enredo que nunca me podría haber imaginado.
Para no quedarse anclados en el fatalismo desesperanzador que frena cualquier impulso de vida, ella habla de cultivar la esperanza, de prestar atención, de pausar, de mirar y vivir por fuera de lo plano y literal del mundo digital, de experimentar la profundidad de la belleza, de activar el pensamiento crítico, real.
Todo resuena conmigo y agradezco haber encontrado interlocutoras así, agradezco saber que no estoy sola. Resuena y mucho porque son ideas que mueven mi trabajo curatorial, abonan mi lugar en el mundo, irradian una mirada hacia lo que me rodea.
No soy del positivismo tóxico (uno de estos términos etiqueta que tanto se mueven en las redes y llegan listos para consumir a nuestro plato) pero sí ejercito el optimismo y la esperanza a conciencia. Lo que concluyo en cada sesión del curso es que eso no sucede en las redes al son de lo que dictan los bots, sucede por fuera, en la vida sensible y real.
Una de las consecuencias inmediatas de alejarme de las dinámicas del algoritmo, de pausar la rapidez en la que se nos embute todo tipo de contenido ha sido la toma de conciencia de que tengo una voz que puedo y quiero usar.
Esa voz ya estaba ahí pero se sentía más modesta o batallaba con la impostora que fastidia a ratos. No se mide por la cantidad de seguidores ni por el volumen de gritos distractores ni por polémicas unilaterales; se encuentra en exposiciones, textos, bordados, talleres, en esta columna que afortunadamente me da el espacio; se comparte en momentos de encuentro, como las inauguraciones, que antes parecían superficiales, pero que ahora son la excusa para volver a vernos las caras, a charlar y acordarnos de que estamos, también, en el plano de lo físico y real. Reconocer la huella de la voz es reconocer la responsabilidad de tenerla y hacer buen uso de ella.
Tampoco vuelo por las alturas morales de la perfección, soy consciente de la dualidad y la contradicción en la que vivimos permanentemente los seres humanos y de que esto aplica también al debate que planteo.
Volví del receso a reinstalar todas las apps porque toca hacer promo de talleres, exposiciones, etc. Esa noche, antes de dormir, abrí IG, la red social de la envidia y casi no me puedo dormir.
Pensaba, menos mal soy una mujer madura, tengo la cabeza bien abonada y a estas alturas de la vida ya poco me derrumba pero, ¿qué efecto tiene esto en las emociones desbocadas de los adolescentes, en las personas jóvenes que están arrancando, empezando a construir su vida, en las niñas que reciben consejos de belleza, en los niños que van siendo absorbidos por la manosfera (red de comunicaciones digitales)?
Estamos en este dilema ¿quién soy o qué soy sin las redes sociales? Claro, si no fuera un dilema no estaría divagando una vez más. Todo esto me daría igual, pero la realidad es que sí me importa porque observo los estragos al tiempo que soy parte de ellos.
Una de las observaciones que hago cuando estoy en la calle es que a la mayoría de la gente le importa un pepino esto que a mi me quita el sueño y sin embargo todos hacen parte del embrollo en el que estamos.
También se me ocurre que, seguramente, hay mucha gente que no tiene redes y que todo esto es una quimera mental propia. Y acto seguido, después de 963 palabras dedicadas a este tema, decido, de manera unánime y sin oposición alguna, que voy a cambiar de tema de una vez por todas, que esta es la última columna en la que les doy la brasa con el dilema de las redes sociales: prometo (¿estoy cruzando los dedos sin que nadie vea?) traerles pedacitos de mis escapadas a otros temas por fuera del algoritmo, observaciones encontradas entre la realidad sensible y este mundillo que nos ocupa.

Caridad Botella Lorenzo (Madrid, 1977) Licenciada en Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Magister en Museología de Reinwardt Academie, Ámsterdam y en Estudios Fílmicos - Universiteit van Amsterdam. Maestra bordadora de la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo. Fue directora de la galería Witzenhausen de Ámsterdam entre 2006 y 2011. Desde el 2012 reside en Bogotá donde se volvió mamá de dos niñas, descubrió una conexión íntima con la naturaleza y el amor por el bordado.
Es cofundadora y curadora de Sinfonía Trópico, una plataforma científico-artística con énfasis educativo, que gira en torno a la pérdida de biodiversidad, la deforestación y el cambio climático en Colombia. Trabaja como curadora independiente con enfoques en el arte textil, la naturaleza y la relación entre el arte y la literatura. Foto: Mateo Pérez /Ilustración con IA
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