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Los siete bienes

  • hace 9 horas
  • 4 Min. de lectura
El nido En nuestra sección de opinión, Caridad Botella cuestiona el mal hábito de odiar en las redes, incluso -o más- entre el mundo del arte.

Caridad Botella /Cortesía
Caridad Botella Lorenzo (Madrid, 1977) Licenciada en Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Magister en Museología de Reinwardt Academie, Ámsterdam y en Estudios Fílmicos - Universiteit van Amsterdam. Maestra bordadora de la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo. Fue directora de la galería Witzenhausen de Ámsterdam entre 2006 y 2011. Desde el 2012 reside en Bogotá donde se volvió mamá de dos niñas, descubrió una conexión íntima con la naturaleza y el amor por el bordado. Es co-fundadora y curadora de SINFONÍA TRÓPICO, una plataforma científico-artística con énfasis educativo, que gira en torno a la pérdida de biodiversidad, la deforestación y el cambio climático en Colombia. Trabaja como curadora independiente con enfoques en el arte textil, la naturaleza y la relación entre el arte y la literatura. Foto: Mateo Pérez /Cortesia

CARIDAD BOTELLA

PARA ARTERIA OPINIÓN


Hace unos días vi, fugazmente, un video en una red social en el que se criticaba el fenómeno de los “gomelos” en el arte que reivindican sus raíces de barrio desde el “privilegio”.


Entre los comentarios, me tranquilizó leer a personas que rechazan la estigmatización y las etiquetas. En otro post vi cómo se rostizaba a una gestora cultural con un cargo importante por hablar de los beneficios y la libertad que sentía de no ser joven.


La frieron por “mujer blanca” “privilegiada”. Los comentarios daban miedo, realmente, no solo por lo violentos si no por reflejar la incapacidad de leer más allá.


A ver: bienvenida y afortunada la creación de personajes estereotipados con humor y sátira que nos sirven a todos de catarsis (desde hace miles de años), pero un análisis que quiere señalar con el dedo de la seriedad y la moral se queda muy en la superficie si disparan etiquetas instigando a la polarización y a los haters.


Guiño a la columna anterior: las redes sociales dan para poca profundidad, que es lo que nos viene haciendo falta. Sacar partido de algo falso de forma oportunista en beneficio propio no es “moco de pavo”, como se dice en mi tierra. Genera frustración y hartazgo en el medio en el que trabajamos, pero ¿por qué reducirlo a una etiqueta social cuando podemos bucear en el alma humana?


Ni “gomelos”, ni “ñeros”. Estamos hablando de características de la personalidad, de salud mental, de situaciones que se dan en el medio por su misma conformación, independientemente de si sabemos coger el cubierto para comer caracoles o no (¿recuerdan la escena de Pretty Woman?).


En la charca del arte coexistimos todos, con orígenes y procedencias varias. Nos juntamos en los benditos espacios de encuentro, ya sea la universidad, la escuela de arte, la inauguración, el taller, el museo, la galería o el espacio cultural. 


Independientemente de la procedencia, cada persona tiene una historia, un recorrido, algo que aportar al diálogo desde su punto de vista y profesión (artista, curador, gestor, académico, escritor, etc.). No todos somos sociables ni a todos nos gusta el medio y cada uno debe cogerlo desde donde mejor pueda. La realidad es que no todo lo que se aporta es relevante, de calidad, interesante o profundo, por poner algunas categorías de criterio sobre la mesa.


No todo el mundo tiene talento ¡vaya!, para poner de manifiesto otro término complicado. No hablo solo de la producción artística, también de la curatorial, de la escritura, de la enseñanza... Este tema me interesa, especialmente, porque de las actividades más “privilegiadas” que he podido identificar en esta profesión es visitar talleres y sentir ese algo inexplicable ante la obra de alguien que nos mueve o de alguien que, aunque no nos mueva, identificamos como buen artista. Esto va más allá de las raíces, del estrato, del discurso o de la soltura social de la persona en cuestión. Toma tiempo, entrenamiento, ojo, criterio y experiencia identificarlo.


Pensaba en una suerte de lista de “pecados capitales” o “males” en el mundo del arte que sirvan como mejores criterios que los estereotipos o etiquetas sociales a la hora de identificar malas prácticas. Estoy segura de que la envidia es el peor mal de todos. Claramente, hay de la mala y hay de la buena.


Recuerdo perfectamente la envidia de la mala (prima hermana de los celos). Es una sensación fea como ella sola, asfixiante, alimento de inseguridades, miedos y malas decisiones. Requiere trabajo personal identificarla, sacudirla o aplacarla, pero les prometo que se logra. 


Está la envidia de la buena, que se siente de vez en cuando al ver a alguien a quien admiramos hacer un maravilloso trabajo, que nos encantaría poder haber hecho, pero por el cual nos alegramos. Eso es envidia superada por admiración. El caso es que, queriendo pensar en los siete males del arte, terminé sacando los “siete bienes”.


Y, aunque los haters pensarán que soy tóxicamente positiva o positivamente tóxica, detestablemente zen, mujer blanca, de la capital, binaria, europea y que hablo desde el privilegio, creo que los “bienes” serán de mayor provecho puesto que nos levantamos, vivimos y respiramos todo lo contrario en las redes sociales y en este nuestro mundo del arte.


Ya mencioné la admiración. Le siguen la simpatía, la excelencia, la flexibilidad, la confianza, la perspectiva y la humildad. Vivir con estos siete bienes (a ver si adivinan cuáles son los siete males correspondientes) no está exento de drama. Coexistimos con los contrarios en la balanza, en un equilibrio que unos días perdemos, sin duda. No está de más tener todo el panorama en cuenta para no caer en un resentimiento vital.


Tampoco vayan a creer que me autoproclamo infalible, que vivo según estas “virtudes” como una mística de esas que están de moda; que respiro en el país de las (des)maravillas del equilibrio budista. Pero ser conscientes de la dualidad ayuda a relativizar y a ver la escala de grises sin generar tanta pataleta entre los seres de este interesante teatro circense que habitamos. 


Ahora, caigo en cuenta de que el teatro y el circo son los medios ideales para los estereotipos pero como, al mismo tiempo en este escenario tragicómico, todo es tan serio todo el rato… en fin, no me cuadraba la simetría y quería compartirlo con ustedes. Me despido, de nuevo, sin respuesta y con ganas de seguir.



Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.

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