‘Nos enseñaron a interiorizar y aceptar que éramos nadie’. Lukas Avendaño, participante mexicano den el 47SNA
- Diego Guerrero
- 24 dic 2025
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 26 dic 2025
“Muxe" es el término zapoteco (en México) para referirse a personas de género masculino que adoptan roles y expresiones femeninas. Lukas Avendaño se reconoce como tal.

RÓBINSON TAMAYO
Periodista
ARTERIA
Popayán
Hoy, muchos niños tienen la posibilidad de ir a centros comerciales a comprar juguetes. Lukas Avendaño (1977) es de una generación campesina que los encontraba gratis en la tierra.
En el municipio de Santo Domingo Tehuantepec, donde nació, si se escarbaba el suelo del campo aparecían piedras con formas de animales, de humanoides u ollitas de barro con líneas dibujadas. Lo que en la actualidad Lukas atesora como sus juguetes de infancia, también son piezas arqueológicas.
Esto es posible porque el Istmo de Tehuantepec queda en Oaxaca, uno de los estados mexicanos con mayor historia y presencia indígena. Allí se hablan más de 10 lenguas que a su vez tienen más de 150 variables dialécticas.
Lukas Avendaño pertenece a la cultura ancestral zapoteca. Su cuerpo moreno de aproximados 1.70 metros revela que fue hecho en molde de hombre indígena del campo, pero sus vestidos autóctonos, su maquillaje y sus palabras en tarima, revelan que el molde fue desbordado. Ahora también hay acabados de mujer latina en ese cuerpo.
En la tarima del Teatro Municipal Guillermo Valencia de Popayán, dentro del 47SNA el público le vio con vestidos de novia y de fiesta. La gente respondió a su performance interactiva. Cuando llenó el escenario de papeles de colores, le ayudaron a izarlos; cuando quiso bailar de la mano, le salió pareja y cuando cerró la obra con vestido de luto, le ovacionaron de pie.
Luego de los aplausos quedó la sensación de que ella había dejado todo en el escenario. La muxe que habló duro y bailó descalza durante casi una hora quedó ahí. A lo largo de la semana se veía a Lukas en silencio por las calles de Popayán. Asistió a las conferencias de otros artistas y permaneció en su silla mirando fijo bajo su gorra negra.
La obra que presentó se llama Réquiem para un alcaraván, en el marco del 47 Salón Nacional de Artistas de Colombia. En ella, inundó el teatro con algunas de sus cuestiones personales: ¿Qué es el género?, ¿cuánto pesa la familia?, ¿cómo es la soledad?, ¿para qué la compañía?, ¿qué es la raza?, ¿cómo vive un muxe? Lukas no respondió nada, pero el público entendió que la artista lleva tiempo flotando en ese río de preguntas. Tal vez por eso, entre el tumulto se escuchó gente que soltó sus ahogos.
Además de reconocerse como muxe, Lukas también se reconoce como licenciado en Antropología con título de la Universidad Veracruzana. En esa misma universidad hizo estudios en danza, pero su reconocimiento como artista no le viene de ahí.
-¿Dónde estudió para formarse como artista?
-Creo que uno no se forma como artista. Sí, se cumple y se concluye un mapa curricular desde la institución, la escuela. Pero creo que el artista no es una cosa que se enseñe. A diferencia de ser médico, creo que ser artista exige otras otras sensibilidades, porque egresamos cientos de bailarines, pero muchos no logran cruzar ese intersticio en que los forman como ejecutantes o intérpretes.
-No hacen lo que quieren sino lo que les mandan.
Ese brinquito pocos lo dan. El brinco para decir lo que quieren, para hablar de aquello que nace de su corazón o de lo que consideran que es su responsabilidad hablar, ¿sabes? Y creo que eso no se estudia, sino es una decisión deliberada de uno de decidir qué quiere hacer con su oficio profesional, qué quiere hacer con su formación académica, qué quiere hacer… pienso.
-Eso pasa en todas las profesiones ¿no?
Sí, hay cientos de abogados que litigan, pero hay algunos que deciden dar un brinco más y se convierten en eminencias de la jurisprudencia, en eminencias de la de las ciencias jurídicas, ¿no? Y eso los coloca en otro lugar.
-Ya que usted usa la palabra “lugar”. ¿Nunca sintió que tenía que cambiar de lugar para ser artista?
-Creo que mi proceso fue a la inversa. Yo nazco siendo sensible al entorno en que crezco y a posteriori me doy cuenta que puedo abordar esas sensibilidades que me nutrieron desde el lugar donde nací, a partir de las herramientas que me ofrecía la escena. Es decir, que ahora me llamen artista es un acto meramente circunstancial en mi vida, a diferencia de los que ingresan a la facultad de medicina porque quieren convertirse en médicos. Yo ingresé a la facultad de danza sin pensar a dónde iba.
-¿Por qué ingresó?
Yo solo quería bailar. En mi proceso de formación, sobre todo de formación en ballet clásico, tuve una crisis existencial cuando volví de vacaciones a la provincia de donde soy, que es una zona rural campesina. Mi padre y mi madre se han dedicado todo el tiempo a la siembra del maíz, nosotros como hijos de campesinos, pues aprendemos el oficio y yo al volver a casa debía ayudar a sembrar. La persistencia de las profesoras de ballet era la atención en el empeine de mi pie. Decían que el pie debería de verse como la mano dentro de un guante.
Pero resulta que el maíz se siembra con el pie descalzo. Al momento en que yo iba poniendo las semillas y con el pie iba cerrando el surco en la tierra me entraba el conflicto. ¿Para qué me sirven tantas horas de ballet si lo que yo hago es sembrar maíz? Tomé la decisión de no volver a la facultad de danza.
Encuentros con otros artistas
En la semana del 26 al 29 de noviembre, durante la programación de los encuentros de mundos posibles que ofreció el Salón Nacional, Lukas asistió a los conversatorios de sus colegas. En algunos se quitaba los zapatos, parecía como si quisiera involucrar sus pies en la escucha atenta.
En uno de esos conversatorios, Jota Mombaça (Brasil, 1991) y Mikaelah Drullard (Santo Domingo, 1992) conversaron sobre la imaginación radical como un concepto a través del cual se puede habitar el mundo sin barreras de género.
Avendaño asintió y sonrió en casi toda la charla, aunque se le vio de cara plana y reflexiva cuando una de las ponentes habló de usar la violencia o recurrir a la muerte para defender lo trans cimarrón. Avendaño se quitó la gorra y se anudó el cabello.
En su pueblo y en su obra hay violencia. En 2018, desaparecieron a su hermano Bruno Alonso Avendaño. Dos años después, encontraron sus restos en una fosa. La muxe que posee a Lukas en tarima lleva duelos a cuestas. En sus diálogos hay dolor. En su voz hay cicatrices.
En la Facultad de Artes de la Universidad del Cauca, durante la charla de Elvira Espejo Ayca (Bolivia, 1981), Lukas asintió y sonrió como en ninguna. La visión de Elvira sobre la crianza mutua de las artes como parte de los procesos comunitarios, parecían hacerle mucho sentido. Espejo Ayca también habló sobre la experiencia de ser paria en su comunidad por querer acceder a la educación. Sus luchas como mujer que quiere ocupar otro lugar en la comunidad hicieron que Avendaño se sobara varias veces el párpado inferior.
Ser hombre, ser mujer, ser educado, ser indígena… ser alguien, es una de las piezas claves en las reflexiones de su obra.
-¿Al renunciar a la facultad de danza no estaba renunciando a ser artista?
-Me puse un reto. Me dije: voy a ir a bailar al centro penitenciario. Si logro alguna reacción de los reclusos y de las reclusas, voy a entender que sí sirve para algo lo que hago y si no, pues me dedicaré al campo. Cuando salí, afuera de las celdas había dos filas de personas esperando para abrazarme. Eso fue determinante para esto que pasa hoy que te estoy hablando desde esta investidura de artista.
-¿Por qué presentarse en la cárcel?
Por dos cosas. Primero, si yo me presentaba ahí, con esa contaminación visual y auditiva que tenían, podían verme como una cosa desprovista de cualquier elemento superfluo. Sin trucos esceno-técnicos porque no había iluminación, no había escenario ni nada. Lo hice en un comedor y a una luz que había le pusimos un balde rojo y no más. Aunque eso fue la presentación de una pieza desnuda, en bruto, cuando me da esa “luz roja” yo cierro los ojos y ya no soy yo.
Segundo, porque consideraba que la gente que está en la cárcel muchas veces está privada de cualquier experiencia. Y no se diga solo experiencia sensorial, también la experiencia estética ¿no? Nosotros, los que estamos en las calles, no estamos privados de las experiencias. Ahora escuchamos y vemos el amanecer, el anochecer, las estrellas, etc. Pero pienso que la gente que está interna no. Si yo lograba algo ahí, encontraría una utilidad para lo que estaba haciendo en la facultad de danza.
-Dice que cierra los ojos y ya no es usted. ¿Qué ha descubierto sobre lo que es, qué le enseña su trabajo sobre eso?
-Pues ahora he descubierto que lo que soy es un manojo de responsabilidades ¿no? Es decir, vengo de un contexto donde la gente como yo es nadie. Nos enseñaron a interiorizar y aceptar que éramos nadie. La gente con mi fenotipo, la gente que viene de esa ruralidad, de ese campesinado, la gente que disiente sexoafectivamente de la heteronorma. Ese tipo de gente somos nadie.
-Con el acceso a la educación pasa igual ¿no?
-Sí. Cuando digo “la gente como yo”, pienso en mis abuelas, en mis abuelos. Porque en mi proceso de formación escolar, una cosa recurrente que escuchaba tanto de maestras como, incluso, de mi padre, en algún momento, o gente de la comunidad, es que hay que ir a la escuela para ser alguien en la vida. Y eso presuponía que ya no éramos nada, que no éramos nadie, ¿no? Entonces, en ese sentido yo entendí que no era nadie y que necesitaba pasar por un proceso de formación académica para que pudiera ser alguien. Y yo lo creí y, efectivamente, pasé por ese proceso de formación académica.
-¿Y eso sí te hizo alguien?
Fíjate que, cuando terminé el proceso de formación académica, me encuentro que no hay un espacio laboral para mí porque no tengo un padrino, porque mi padre es campesino y no tiene relaciones sociales con gente que pueda recomendarme. No hay un capital económico ni simbólico. Entonces me doy cuenta de que no bastaba tener un título universitario para ser alguien en la vida. Entiendo que seguíamos siendo nadie. Entonces, ahora que ya estoy envuelto en este halo de artista, me doy cuenta de que va de la mano de mucha responsabilidad con lo que hago y digo.
-¿Por qué no haces lo mismo por fuera de México o por lo menos en ciudades capitales?
-Ciertamente, ahora tengo la posibilidad, pero sigo aferrado viviendo en mi comunidad. Ahí tengo responsabilidades en las que no se me valora por artista, sino por qué tanto aporte cuando las cumplo. La Asamblea de la Comunidad me nombró parte del Comité del Agua Potable y, como cualquier ciudadano, tengo que estar ahí sentado esperando que la gente venga a pagar su agua. Y el Comité de Madres y Padres de familia de la escuela primaria me ha invitado a ser maestro honorario de la clase de danza. Tenga en cuenta que en el mapa curricular de la educación pública del Estado mexicano, pues no hay educación artística en la primaria. En las privadas sí.
Entonces, en mi comunidad van a valorar mi seriedad, van a valorar el respeto que tenga en el trato con las demás personas, van a valorar que administre bien el recurso y van a valorar mi honestidad. Por eso también te digo que ahora soy un manojo de responsabilidades.
-Pausar esas responsabilidades y venir a este Salón Nacional en Colombia, ¿qué significa para usted?
-Colombia es el país que más visito de Latinoamérica. Hay unas conexiones muy fuertes, por ejemplo, yo vengo de una zona azucarera y ahora que estuve en Puerto Tejada el paisaje me interpela. Allá también me hablan del árbol dorado y de la producción de cacao. Nosotros, en Tehuantepec, consumimos mucho cacao. Ustedes conservan palabras del nahuatl como “aguacate”. Entonces todo eso acerca mucho, además nos comunicamos en el mismo idioma.
¿Y estar en el Salón Nacional?
Hay algo muy especial y es que siento que el Salón y yo somos gemelos. Yo tengo 47 años y esta es la edición 47. También me parece especial estar programado en un teatro como este. En Oaxaca tenemos también un teatro así en la contraesquina, en este mismo diseño. Y pues me hace pensar que hace 47años era impensable que se presentara aquí una persona que viene de la ruralidad, que es que se le reconociera que es artista, que viene de los pueblos indios, que aparte es homosexual. Eso quiere decir que la ciudad está cambiando, que la sociedad está cambiando.
Como sociedad ya nos hemos equivocado muchas veces. Esto de descentralizar el Salón para llevarlo a los pueblos indios y afrodescendientes creo que está bien. Si nos equivocamos no pasa nada, pero si acertamos puede pasar mucho. Puede pasar mucho en la construcción de la paz, puede pasar mucho en la reconciliación, puede pasar mucho porque los derechos culturales ahora son inherentes a todas.
Réquiem para un alcaraván es la obra más longeva en el repertorio de Lukas Avendaño. Nació en 2011 como una forma de reclamar sus derechos a participar y disfrutar como muxe en las festividades del pueblo. No tras bambalinas, como ha sido regularmente.
Como performer se ha presentado diversos países de América y Europa. Premio a la Identidad Indígena, Fucwalmapu, Temuco, Chile . Premio Fundación Threshold, USA-Canadá. Homenajeado en la X Muestra Internacional de las Artes Escénicas Movimiento Continuo, Bogotá, Colombia. Premio de la Audiencia del Zurcher Theater Spektakel, Zúrich, Suiza. México: Encuentro de las Artes Escénicas. Becario del FONCA Jóvenes Creadores “A”. Reconocimiento en el Área de Labor Social del Premio Nacional de la juventud
Revisado por Diego Guerrero.












