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Manuel Hernández: un código misterioso en el arte abstracto

  • hace 18 horas
  • 7 min de lectura
Óleos de gran formato de la serie El paso suspendido de la cigüeña, de Saír García, exhibidos en La Casita, Bogotá. La obra, inspirada en el universo cinematográfico de Theo Angelopoulos, explora a través de una paleta con tendencia a los grises y marrones temas universales como el desplazamiento y las fronteras físicas y psicológicas. /ARTERIA
Exposición Código y Cifra, en el clubl El Nogal con obras de Manuel Hernández suspendidas en la galería. /ARTERIA

DIEGO GUERRERO

Editor

ARTERIA


La obra de Manuel Hernández (1928-2014) tiene el misterio de las obras cuyos autores no quisieron usar la pintura para hablar a la razón, sino a otro lugar de la mente o el alma.


Tal vez por eso —y por otros azares— su obra permanezca en un limbo entre la fama de los mismos de siempre (esos tocados por el gusto de Marta Traba). Pintó mucho, eso sí, y tardó mucho en vender. Sus cuadros se acumulaban en los armarios, debajo de la cama, hasta que por fin vendió toda su exposición de un tirón a un coleccionista venezolano que se enamoró de su obra.


Se fue con su familia a París y al año regresó para pintar cosas diferentes a las que vendió en esa galería, porque quería pintar cosas distintas, seguir el camino de su corazón y no del mercado que ya se le abría. Por eso su obra siguió sin conocer el gusto de los coleccionistas hasta que años después volvió a vender.


Su esposa, Pilar Quiñones, siempre paciente ante la búsqueda artística de su marido, celebró con él las nuevas ventas, pero le dijo con una voz que rayaba en el límite de la paciencia de años viéndolo luchar: “Ahora ni se te ocurra cambiar el estilo”.


La historia me la contó ella, hace años, en el taller del pintor, en Bogotá, mientras él no pronunciaba palabra, aunque sus ojos y su sonrisa de hombre paciente lo admitían todo. Él parecía preferir callar y dejar que su obra hablara. Gran parte de ella se encuentra exhibida ahora mismo en la galería del club El Nogal, en Bogotá, con una curaduría de Fernando Cuevas Ulitzsch.


Difícilmente se podría hallar una persona que conozca mejor la obra de Hernández, por lo menos la que se encuentra colgada en ‘Código y Cifra’, como se titula la muestra, puesto que la exposición se basa en el legado que el artista entregó a la Universidad Jorge Tadeo Lozano y que el mismo curador terminó por custodiar mientras trabajó en ese centro académico.


Obviamente, conocía su obra desde antes: “La primera vez... fue en un Salón Nacional, en Corferias. Había un sector en donde cogieron unos hangares y había por lo menos seis pisos de la obra de Manuel Hernández.


Recuerdo que conocía algunas obras de él por lo que había visto en galerías o en procesos de formación, pero cuando empecé a ver esta inmensidad de obra, esta gran capacidad de creación, no solamente en términos numéricos sino en términos también de tamaño… me obsesioné”, dice el curador. En ese momento se engulló la exposición durante un día entero, fascinado. Por lo que no es raro que cuando llegó al Museo de Artes Visuales de la Tadeo pasara sus momentos de introspección o de descanso “a escondidas” entre la donación de Hernández.


“Como director del Museo, mi responsabilidad era también ser el salvaguarda de la colección y hacer procesos de divulgación. Entonces investigué mucho sobre Manuel Hernández. Cuando tenía un tiempo o quería pensar un poco, me iba a los racks de la bodega del museo, abría las colecciones y miraba los Manuel Hernández. Es una donación de aproximadamente 160 obras en papel. Como los formatos son un poco pequeños, yo abría los racks, veía la obra y decía: ‘Esto es increíble’. Poder acercarme a la obra, poder verla…”.


Los racks de esa bodega tienen una malla para que se puedan colgar obras de distintos formatos. La donación está enmarcada en sánduche con vidrio, lo que le permitía a Cuevas ver las piezas por el frente y por detrás. Esto explica por qué la exposición en el Nogal no solo tiene obras colgadas en las paredes, sino que también hay un recorrido por el centro de la amplia sala que deja ver las obras por lado y lado.


“En todos los cuadros está la ficha técnica escrita a mano por Manuel Hernández. Tenía el juicio de poner detrás de cada cuadro la fecha, el nombre, las medidas, el tipo de papel, la técnica, el título… También empecé a darme cuenta de que en algunos bocetos y dibujos él hacía bocetos detrás”.


Manuel Hernández: entre la geometría y el símbolo

Mientras trabajaba en el Museo, Cuevas entendió que había un universo por explorar. Empezó a estudiarlo, a leer los textos escritos por Ana María Escallón, que había gestionado la donación para la universidad.


Fernando Cuevas U. curador de la exposición. /Diego Guerrero-ARTERIA
 Fernando Cuevas U. curador de la exposición. /Diego Guerrero-ARTERIA

“Me acuerdo que en un momento le dije a la universidad que quería hacer una propuesta de curaduría, me dieron el visto bueno y planteé una primera exposición que se llamó ‘Revés de Manuel Hernández’, en donde empecé a explorar esta idea de que pudiéramos ver el frente y el detrás. Empecé a interactuar con esta colección de una manera más y más profunda, que creo que ahora ha llegado a un nivel de madurez con ‘Código y Cifra’.


—¿Y por qué ese título? —pregunto—.

—Surge de un epígrafe que me ha acompañado desde la maestría, de un libro de José Saramago que se llama Manual de pintura y caligrafía. Saramago habla sobre la cualidad del dibujo y de la escritura: cómo la escritura es un dibujo que, sin darse cuenta, va trazando una serie de elementos que tienen un significado pero que también poseen un valor gráfico per se. Él describe ese recorrido de una manera muy bella, diciendo que ese trazo es, a la vez, código y cifra.


Pero lo que me gusta mucho de esa cita es que él se pregunta: "¿Código y cifra de qué?". A mí me parece que eso se relaciona perfectamente con esta idea de Manuel Hernández de firmar cada uno de sus cuadros. Tenemos la pintura o el dibujo al frente y, atrás, otro dibujo con su grafía, dejando la pregunta abierta, sin intentar contestarla.


Él nos plantea un universo flotante, en equilibrio, en tensión, pero no nos impone una respuesta obligada, sino que nos invita a cuestionarnos, porque él siempre está planteando —y explícitamente lo dijo— una serie de signos que quedan abiertos. Y eso para mí era encantador.


—¿Por qué se habla de signo y no de símbolo?

—Estamos partiendo de la visión de él. Creo que tiene que ver con su pasión por la línea y por el trazo, porque él no quería obligar, él no quería plantear un relato o un contenido adicional a la obra, sino que quería que, de alguna manera, ese signo tuviera una existencia sígnica en sí misma, sin un relato detrás.


Detalle de la parte posterior de un cuadro de Manuel Hernández, mostrando inscripciones manuscritas de la obra.
Detalle de la parte posterior de un cuadro de Manuel Hernández, mostrando inscripciones manuscritas de la obra. /ARTERIA

—Eso suena casi a la noción de símbolo. Siempre me pregunté por qué no aceptaba que esto es un símbolo, porque el signo señala algo concreto, mientras que el símbolo es polisémico...

—Yo pensaría —no sé si él estaría de acuerdo conmigo exactamente— que lo que le interesaba era que sus cuadros fueran un signo, pero que el espectador pudiera generar símbolos alrededor de ellos.


Creo que la gente los puede leer simplemente como signos. Yo los planteo como signos, pero si uno quiere hacer una lectura simbólica de ellos, se puede hacer. Hay gente que ve figuras, algunos ven bandas presidenciales, ven todo lo que tú quieras... Pero, para mí, es muy importante que se quede en ese primer espacio, como menos interpretativo, para que pueda tener esa libertad mística y abstracta que yo creo que está presente.


—¿Cree que la obra de Manuel Hernández es lo suficientemente valorada dentro del arte colombiano actual?

—Actualmente para muchas personas es muy pertinente. Él es uno de los grandes artistas abstractos colombianos del siglo XX. Lo que yo creo es que, en Colombia, el hecho de que sea un abstracto con ese nivel de, digamos, economía del lenguaje en su obra, ha hecho que otros abstractos sean más accesibles. Su obra necesita más tiempo, y eso creo que no lo ha hecho tan popular.


Adicionalmente, creo que hay otro asunto: es que Manuel Hernández no tuvo el éxito comercial que uno se imagina durante mucho tiempo. Entonces su obra fue reconocida más al final de su existencia y, adicionalmente, no tuvo la suerte de estar incluida en muchas colecciones internacionales.


Creo que tiene un lugar que está ganándose y que cada vez es más difícil que se pueda echar atrás en la historia del arte colombiano. Y creo que hay mucho lugar para el crecimiento y no solamente a nivel nacional, sino que soy un fiel creyente de que la obra de Manuel Hernández es una de las obras de artistas colombianos que puede tener mayor proyección internacional. Siento que Manuel Hernández todavía tiene la posibilidad de crecer, y eso me parece muy bello.


—¿Y cómo se presenta en esta exposición?

—En esta exposición uno va a encontrar dos líneas. Una, de un análisis, digamos cronológico, en donde vemos obras organizadas por décadas. Podemos ver obras de los 50 a los 90, que es hasta donde llega la colección. Esa es una primera línea curatorial.


Y hay otra línea organizada a través de seis meridianos de sentido en los que se exploran la veladura, la mancha, el signo, la línea, la textura y... lo que Manuel Hernández llama "el despojo". Se hacen seis pequeños análisis en donde ya no se respeta la línea temporal, sino que se mezclan las distintas décadas para poder analizar esos aspectos.


El espacio nos permite ver la línea curatorial central dispuesta, colgada del techo, para poder ver el revés y el frente. Y para que uno pueda ingresar como en estos cuadrados de décadas para explorar qué es lo que está pasando por cada una de estas cinco décadas. En las paredes encontramos estas seis líneas juntas, para que se pueda plantear como una línea de análisis y la gente pueda sacar sus propias conclusiones a partir de unos epígrafes de Manuel Hernández y unos análisis que propongo.


—Hay que tener paciencia.

—Creo que... no solamente esta exposición. En un mundo signado por la inmediatez, el arte nos invita a detenernos un momento y tener una interacción con él. Sería muy sano que pudiéramos destinar tiempo para interactuar con el arte. El arte necesita tiempo y es muy curioso que la gente crea que no tiene tiempo.




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