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Isaac Bello pinta con el cinco por ciento de la vista y el cien por ciento de convicción

  • 31 jul
  • 5 min de lectura

Actualizado: 2 ago

Isaac Bello, 'Elemental' Acrílico sobre lienzo. /cortesía
Isaac Bello, 'Entrelazados, luz de la mañana' Acrílico sobre lienzo. /cortesía

DIEGO ANDRÉS GUERRERO A.

Editor

ARTERIA


Un total de 18 artistas con discapacidad visual exponen en el Museo Santa Clara, de Bogotá, máscaras con la imagen de esa santa. Les contamos la historia de Isaac Bello, uno de los artistas invitados a exponer.


Tras una enfermedad que lo atacó mientras había suspendido su carrera de artes plásticas en la Universidad de Caldas, y se encontraba en su casa en La Dorada (Caldas), Isaac Bello perdió el 95 por ciento de su visión.


Eso pienso yo, porque él no aprecia la vida así: él dice que, después del incidente, conserva el cinco por ciento de su visión. Toda una diferencia de perspectiva que le permite hacer lo que le gusta: ser artista, dibujante y pintor.



Isaac Bello, junto a las 18 máscaras de cerámica hechas por él y compañeros suyos,  en el marco del programa de inclusión del Museo Santa Clara. /Diego Guerrero-ARTERIA
Isaac Bello, junto a las 18 máscaras de cerámica hechas por él y compañeros suyos, en el marco del programa de inclusión del Museo Santa Clara. /Diego Guerrero-ARTERIA

A sus 42 años uno podría decir que es un hombre optimista. Al menos más que muchos que he conocido con sus cinco sentidos. Con su bastón de movilidad blanco posa tranquilo al lado de 18 máscaras puestas en una pared del Museo Santa Clara, en Bogotá.


Apoyado por la ceramista Carmen Llamosa, él y otros 17 compañeros crearon las máscaras en cerámica de la santa que le da el nombre al lugar, dentro de un programa que el museo tiene para que personas con discapacidad visual accedan a los servicios de la institución.


La primera frase que suelta, de alguna manera, define su pensamiento: "Uno tiene que creer en sí mismo aunque nadie más crea en uno". No es una frase de cajón, al menos no para quien en este momento expone sus acrílicos en La Candelaria, en el café cultural La Rosa.


¿Cómo puede una persona con tan escasa visión pintar y hacer máscaras? La respuesta está en muchas ganas, mucha curiosidad, mucha paciencia y ayuda. En este caso, la ayuda vino de Carmen, que, además, se ha especializado en trabajar con personas con discapacidad visual.


"Tú puedes cerrar los ojos y hacer cerámica, porque las manos ven: tocan, sienten, perciben los grosores y las superficies, y la pueden oler. La arcilla es un elemento que parece vivo; se puede mover, trabajar en seco, pulir, pintar, esculpir. Ha sido el trabajo más bonito que he hecho en la vida", dice.



La ceramista Carmen Llamosa, junto a las máscaras que creó con sus estudiantes invidentes en el Museo Santa Clara.
La ceramista Carmen Llamosa, junto a las máscaras que creó con sus 18 estudiantes en el Museo Santa Clara.

Ella, que, además de experta en cerámica, trabajó desde muy joven con personas con limitaciones visuales enseñándoles ese arte y como profesora en la Universidad Pedagógica, destaca que al trabajar con ellas se forma un proceso de retroalimentación mutua.


"Me propusieron trabajar en el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos, y me pareció una experiencia muy bonita: un público maravilloso. Yo también me formé trabajando con ellos. Pienso que es un trabajo especializado, porque implica una sensibilidad táctil".


Para ella que ha estado al lado de tantas personas con distintos grados de ceguera, "son personas que pasan por un proceso muy duro. Quedarse ciego no es nada fácil, es un duelo. Con esto logran creer en ellos mismos. Eso me parece muy importante".


Volver a aprender a ver

 Isaac Bello, 'Entrelazados, mano'. Obra hecha con acrílico sobre tela /Cortesía
 Isaac Bello, 'Entrelazados, mano'. Obra hecha con acrílico sobre tela /Cortesía

"Soy dibujante y pintor. Me dedico al oficio del dibujo y la pintura; es a lo que más le he invertido en mi vida", dice Isaac Bello. Ser artista era su deseo desde antes de perder casi toda la visión por una enfermedad. 


Para entonces, iba en la primera parte de la carrera en la Universidad de Caldas y había suspendido sus estudios para conseguir dinero, ahorrar un poco y luego seguir.


"La mayor parte de mi vida la he vivido en Caldas, donde está mi familia. Lo mío ha sido, en principio, más un oficio.


"No tengo un título académico de artes, pero llevo más de veinte años en esto. Lo inicié antes del cambio visual, antes de 2008. Yo ya dibujaba y pintaba, aunque de una manera muy distinta a la de ahora, y después de 2008, con mucha experimentación, fui buscando la manera de expresarme a través del dibujo y la pintura. Me he encontrado con seres maravillosos con quienes he podido retroalimentarme y compartir. Eso ha favorecido que hoy pueda hacer tanto pinturas como cerámica".


Uno de esos seres fue una amiga artista, Araceli Rivera, con la que pintaba. Y aunque nunca le enseñó nada propiamente, le prestaba materiales, comentaban, dibujaban. Así abordaba su proceso de volver a percibir y sentir el mundo otra vez, "de una manera novedosa: los sonidos los percibo distinto, y visualmente el mundo se me presenta como si estuviera entrelazado", dice.


Todo cambió: "Cuando la gente está cerca de mí, a veces logro entender las formas y a veces se me escapan; con el tiempo aparecen colores que se entrelazan, y eso lo hemos llevado también al proceso de la cerámica: formas que se unen, se vinculan, se tejen".


Los colores cambiaron, los límites se difuminaron, la luz aparece eventualmente, al igual que las sombras. "Ahora, la forma como percibo, por ejemplo, a una persona que está enfrente de mí, es como el ambiente, la atmósfera en la que está inmersa, y el rasgo desaparece. No percibo los ojos, la nariz o la boca, sino colores.


"En este momento usted aparece mucho con un tipo de rosa, probablemente magenta, porque una cosa es cómo percibo los colores y otra lo físico. A veces aparecen verdes, azules, y se juntan; algunas veces brilla más uno, otras veces el verde aparece por un lado. Esos cambios pueden deberse a muchas cosas, incluidas condiciones ambientales; llevo veinte años intentando entenderlos".


Y si recibir ingresos del arte ya es difícil para una persona con sus cinco sentidos completos, para un pintor invidente puede ser más complicado. Pero haciendo honor al nombre bíblico que le tocó (significa risa en hebreo), Isaac no pierde la sonrisa, ni cuando cocina con amigos que le enseñan o cuando se emplea para hacer cosas como trasteos (sí, no leyó mal) o como cuando esquiva una sombra mientras trota un domingo en la ciclovía, porque le gusta mucho ese deporte.


Alguna vez, se encontró con un abogado invidente que, al saber de su discapacidad visual, le dijo que tenía que estudiar psicología o derecho —que era lo que él había hecho. Le preguntó qué hacía y él le contestó: "Soy dibujante y pintor. Él insistía en que me metiera en otra área, porque no concebía que alguien con discapacidad visual pudiera hacer algo 'visual'". ¿Quién podría culparlo?


Lo cierto es que cuando ocurrió la enfermedad él se declaró abierto a que la vida lo llevara por otros caminos, pero el punto es que siguió pintando. Lo hace en su casa-estudio en La Candelaria y también aborda la cerámica con Carmen Llamosa y sus compañeros del Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos.


La prueba de su persistencia cuelga en el café cultural La Rosa, también en La Candelaria, y en el Museo Santa Clara.


"La vida me fue llevando nuevamente a continuar con el dibujo y la pintura; en los experimentos —jugando con la pintura, con el color— sé que en algún momento algo saldrá. Estoy seguro de eso", afirma sin asomo de duda. Le creo.



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