Hasta siempre, Señor Lobo

 Recuerdo cuando insistió en usar la palabra “responsabilidad”, que me quedó sonando como mantra

La última vez que nos vimos fue a comienzos de febrero de 2020. Yo había vuelto a vivir en Tunja, pero estuve con Isabella, mi hija, visitando unos días a mi hermana y a la gente linda del barrio Armenia, en Teusaquillo (Bogotá).


Era domingo y nuestro último día en Bogotá. Había un helado pendiente y una ‘conversa’ pendiente y sobre todo, un abrazo pendiente con Antonio Caro. Nos encontramos saliendo del Mambo; la Séptima, naturalmente, a reventar.


Comimos cono, no me dejó pagar, y en ese trayecto hasta el Museo Nacional, la que más habló fue Isa, la que con pocas personas se abre tanto: respondió a sus preguntas y le contó que estaba contenta porque iba a cambiar de colegio y en el nuevo todo era más chévere.


También le contó que no pudo verse con Eloisa, su amiga del barrio y que “qué triste eso porque en la noche ya volvíamos a Tunja”. El ‘Señor Lobo’, como le decimos desde que en Tunja, en 2014, conocimos su obra-libro El Lobo,no solo la escuchó, sino que la animó, nos animó a volver a Bogotá pronto, cuando ya los amigos regresaran de vacaciones.


Entramos al museo (‘como Pedro por su casa’) y aunque, supongo que por vacaciones, la cosa no es que estuviera muy activa aún, nos hizo un recorrido, contándole a Isa todo lo que pasaba en ese lugar.


De regreso, la lluvia nos condujo a almorzar en un Subway, nosotras sanduche; él, ensalada. Aprovechó para guardar mejor en la mochila el periódico (edición gordota dominical, no vi si eraEl Tiempo o El Espectador) y proteger la libretica en la que anotaba números telefónicos y correos.


Bajamos al barrio recordando la noche de fiesta en que, junto con Esperanza, Chucho Bedoya, Diego Aretz, y toda la gente del circuito compartimos en Casa Kilele y en “el apto.”, uno de los cierres del Circuito Artmenia. Me pidió que pasáramos por el Umbral de la Reconciliación. “algo está tramando el Señor Lobo”, le dije a Isa, mientras él daba vueltas por el lugar.


Nos acompañó al apartamento de Adriana a recoger la maleta, allí no solo conoció a mi hermana, sino parte de la bodega de La Polea, su proyecto de librería. Entre las cosas que había fuera de las cajas, escogió un par de libros de literatura infantil. Sacó otras gafas de la mochila y se las cambió “para leerte mejor”, dije. Sonreímos y lo dejamos concentrar.


Salimos rumbo a la estación Calle 26 de Transmilenio y en La Triunfadora tomamos agüita de yerbas. Ya en la estación nos despedimos con un gran abrazo, los tres agachados para estar a la altura de Isa. Le hice prometer que nos reencontraríamos los tres en un mes larguito.


Había comprado entrada para el concierto de Nicola Cruz y sí o sí volveríamos a mediados de marzo. Él se bajaría unas cuántas estaciones más al sur, nosotras rumbo a la Terminal, agarramos hacia el norte.


En la noche, ya en Tunja, recibí su llamada: “Dejé las gafas donde su hermana”. Inmediatamente pensé en que esa noche no podría leer el periódico. ¡Qué embarrada! Dos días después, habiendo recuperado las gafas, me llamó, me dijo que estaba cocinando. Se le oía feliz. Seguramente sería una tarde de lectura.


Nicola Cruz no vino, no viajé. Como a todo el mundo la pandemia nos cambió los planes. Pero seguimos en contacto por messenger o por teléfono. Casi siempre que hablábamos era domingo. Andaba “en proceso de obrita” desde La Macarena, en un espacio que, aunque no era suyo, era tranquilo y muy iluminado. Se le oía tranquilo.


La última vez que escuché su voz fue el 27 de enero de este año: “Buenas, buenas”, con su siempre amabilidad extrema y su ternura, “cumpleaños feliz te deseamos a ti”. Sin duda una de las llamadas de cumple que más me hizo feliz. Estos días no dejo de pensar en él y en la inmensidad e importancia de toda su obra, en cada etapa histórica y política en que la misma sucedió.


Tampoco dejo de pensar en que, definitivamente, de vez en cuando tengo que cambiarme las gafas: recuerdo cuando insistió en usar la palabra “responsabilidad”, que me quedó sonando como mantra, al hablarle alguna vez sobre mi proyecto-proyección de fusionar danza-escritura en mi trabajo. ¡Hasta siempre, Señor Lobo! ¡Gracias, gracias!


Ángela Briceño. Tunja.