Antonio Caro no es un tigre de papel

Nunca se doblegó, ni se obnubiló y que a pesar de su miopía física, nos abrió los ojos para comprender el profundo significado político de cada una de las acciones humanas.


Como muchos jóvenes artistas ávidos de espacios y de oportunidades, Antonio llegó al Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá con el deseo de participar por segunda vez en el Salón Internacional de Agosto que se llevaría a cabo en 1972;.


Este espacio en espiral que según sus palabras era algo insólito para la Bogotá de los años setenta, era a la vez un vórtice que atraía las nuevas manifestaciones artísticas dentro de ellas el conceptualismo, en el cual empezaba tímidamente a caminar este muchacho de veintidós años, de aspecto frágil y con unos lentes gruesos debido a su pronunciada miopía.


Foto de Gustavo Ortiz.

Sobre unos pliegos de cartón cartulina, con una regla plástica, un lápiz mirado 2, un pincel de cerda y unos cunchos de esmalte doméstico, empezó a trabajar la idea que le rondaba la cabeza desde hacía unos meses, él mismo decía: A mí solo se me ocurre una idea al año; la inequitativa distribución de la tierra productiva en Colombia.


7.500 propietarios poseen 4.000 hectáreas de tierras cultivables cada uno. 500.000 peones sin tierra periódicamente emigran en busca de trabajo 1.350.000 familias poseen en promedio 45 hectáreas de tierras cultivables cada una.


Esta era la radiografía agraria de Colombia en 1972, que con el pasar de los años y tras centenares de reformas agrarias fallidas se ha convertido en el convulsionado polvorín que es hoy nuestro país.


Su obra fue profética, puso el dedo en la llaga, en el clamor de los siervos sin tierra, de olvidados que con el pasar de los años abonaron las guerrillas, los paramilitares, los narcotraficantes y los grupos al margen de la ley.


Antonio, muy perspicaz, expuso sus cartulinas pegadas con cinta sobre el muro de ladrillo del colegio Minuto de Dios, adyacente al Museo de Arte Contemporáneo; quería que pareciera una cartelera escolar, una tarea de sociales, quería desligarse de la obra de arte, sabía que lo más político no era hacer arte político, sino las implicaciones políticas del arte.


Así obtuvo el primer reconocimiento de su carrera, en un museo de periferia y en la periferia del museo.

Años después con motivo de los cuarenta años del Museo de Arte Contemporáneo (2006), en una de sus frecuentes visitas al museo, con su camiseta, su mochila de fique y su particular corte de cabello ya encanecido, nos ofreció hacer una “Reposición” de su obra Colombia 1972, al realizarla encontró con profundo estupor que el número de propietarios de la tierra cultivable había disminuido aumentando las hectáreas que cada uno de ellos poseía, los peones sin tierra eran ahora millones y el minifundio de las familias campesinas era exiguo.


En múltiples proyectos fuimos cómplices con Antonio Caro, cuando realizamos “El museo sale a la calle” donde participó activamente dando talleres en los salones comunales, escuelas y plazas de Engativá; como jurado del proyecto TESIS, donde le encantaba tomarle la temperatura a las nuevas generaciones de artistas; en las celebraciones de los 40, 45 y 50 años del museo donde decía que se encontraba con el mejor “parche” de Bogotá; con la sorpresa y la sincera gratitud al recibir el carnet como miembro honorario del MAC o cuando con orgullo portaba la camiseta, ya curtida, con nuestro slogan “la cultura con significado social”.


¡Antonio no es un tigre de papel! Es una fiera indomable que a zarpazos abrió el camino del arte conceptual en el continente; que nunca se doblegó, ni se obnubiló y que a pesar de su miopía física, nos abrió los ojos para comprender el profundo significado político de cada una de las acciones humanas. Lo valioso no es lo más caro.


Gustavo A. Ortiz Serrano

Director Museo de Arte Contemporáneo