Saír García, entre el dolor y la belleza
- 23 jun
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DIEGO GUERRERO
Editor
ARTERIA
Hay quienes dicen que en el arte el dolor o la tristeza no pueden ir de la mano con la belleza. Pero desde los tiempos de los dadaístas, que decían que buscar la belleza en el arte ante la situación de horror del mundo era un insulto, hasta el día de hoy, han pasado 110 años. Saír García voltea esa página con la seguridad que le da haber nacido en el Magdalena Medio en los años 70, con todo lo que eso significa.
Lo hace en la actual exposición de La Casita, en Bogotá, El paso suspendido de la cigüeña, una referencia a una famosa película del director griego Theo Angelopoulos que narra la historia de refugiados en una ciudad europea fronteriza en la que se concentran kurdos, turcos, albaneses, rumanos e iraníes que esperan un permiso para abandonar ese lugar.
Los óleos son gigantescos y están puestos en el piso, a la usanza de los viejos carteles de cine. Los cielos ocupan más de la mitad de los cuadros: horizontes nebulosos, grises que apabullan a los personajes, que pueden estar danzando, malviajando en un camión o caminando en una calle. Hace frío. El panorama no se abre para estos personajes tomados de fotogramas de la película, lo que no quiere decir que las pinturas sean exactas a los fragmentos de la cinta.
García cambió la paleta: ya no son exhuberantes paisajes de verdes tropicales, sino grises como el alma de los que deambulan obligados por las circunstancias. De hecho, que haya personas en sus cuadros es toda una novedad para un artista en cuyas obras anteriores los personajes brillaban por su ausencia.
Formatos diversos
Además de los cuadros gigantescos repartidos por toda La Casita, hay imágenes pequeñísimas que evocan los fotogramas de la película y que el curador Camilo Chico ubicó como en una carrilera por toda la casa. Si uno los sigue, puede ver perfectamente toda la exposición. Incluso hay otros cuadros de tamaño mediano y hasta un video hecho con esas pinturas y que de vez en cuando deja oír un tren, el cual se proyecta en un espacio oscuro con sillas de cine.
El crítico Eduardo Serrano comenta, precisamente, que la variedad de formatos es algo muy destacable porque “realmente, hay dos presentaciones muy claras: una de pinturas grandes, muy nostálgicas, muy bellas, y las pinturas pequeñas que arman una ilación que, a la larga, está muy referida a las pinturas grandes”.
También destaca la paleta poco común en García que “mantiene una constante desde las primeras pinturas ‘nebulosas’ con las que él apareció, hasta hoy. Pero hay una cosa gris, una cosa como entre solemne y triste en estas pinturas. Su obra es sobre la emigración, pero nunca llegan a ningún puerto. Es una emigración que permanece como migración, pero uno no sabe cuándo va a haber un túnel y cuándo va a haber sol a través del túnel… nunca llega ese sol”, dice Serrano.
Fronteras físicas y psicológicas
Siguiendo este hilo, es posible que a algunos esta propuesta pueda parecerles hecha a partir del lado oscuro de la vida.
García no está tan de acuerdo, si bien acepta que “es una exposición que invita a reflexionar sobre esos momentos en los que nosotros mismos nos imponemos cosas o nos ponemos muros en la vida. En esta exposición hablo de las fronteras que nos imponemos y de las que nos han impuesto, sobre todo”.
Pero, por otro lado, sostiene que la exposición “de alguna manera, es bastante esperanzadora, en el sentido de que la reflexión a la que invita es a cuestionarnos qué tanto hacemos o nos tocará hacer para que esto tome un destino distinto, un tinte distinto”.
A propósito de tinte, lo que sí es cierto es que los tonos escogidos remiten al interior del ser humano. “La paleta sí obedece a una situación del alma —dice García—, pero no es una paleta oscura, sino, más bien, muy reducida en color. Es de grises, y con ella retomo esa premisa que hace muchos años, acá en Colombia y en gran parte del mundo, se utilizó en el periodismo: que todo lo que sucedía trágico se mostraba en blanco y negro. Lo muestro en una paleta muy sutil, muy gris, muy, pero muy bella también”.
Pero esos colores no solo llevan a pensar en los estados de ánimo de esas almas: “Todos esos tonos son el resultado del momento por el que estamos pasando. A eso obedece y también por eso dejo el lino crudo; por eso casi todos los personajes están en diferentes actividades: esperan un tren, están perdidos, esperan a alguien, están con alguien”.
El diálogo con el cine y la memoria

Si es común que el cine se apoye en la pintura (Akira Kurosawa, Sofia Coppola, Vincente Minnelli, Lars von Trier, George Lucas, Bigas Luna, Pedro Almodóvar por mencionar unos cuantos, han tomado imágenes icónicas que recrean en sus filmes) en esta ocasión García invierte la idea y toma a un director denso, melancólico y poético, ganador de la Palma de Oro en Cannes y que dijo en una entrevista a El País, de España, que la historia se repite como una pesadilla para hacer una exposición de pintura.
“Trato de hacer un parangón entre lo que él hacía desde el cine y cómo la pintura puede transformar toda esa narrativa y volverla un poco más dramática, en cuanto a que lo que él mostraba de lo sucedido en otra parte del mundo hoy sucede aquí, con otros escenarios y con otros protagonistas. Básicamente, es la repetición de la historia. Yo no estoy mostrando nada que no hayamos vivido, ni que no se haya vivido antes”, dice García.
Ahora bien: la pregunta que intentó responder desde la pintura —dice el artista— fue cómo esta puede transformar una escena que puede resultar melancólica, nostálgica o alegre, e impregnarle un poco más de dramatismo y cambiarle la estructura. Un dato no menor es que la exposición gira en torno al cuadro Lugar No1., del artista caleño Ever Astudillo (1948-2015), que está colgado en una pared, cuan grande es, justo en el medio de la exposición.
El grafito sobre papel muestra una estación de tren con carrileras que se pierden al fondo mientras un solo hombre, de espaldas, parece subir unas escaleras.
Ahora, el porqué Saír García escogió esta película del director griego y no otra, tiene que ver con un asunto no solo contemporáneo —migrantes y refugiados —sino también con un tema personal. Al fin y al cabo, cada uno es testigo de su tiempo.
“Para mí, la película que más se acercaba a ese diálogo era El paso suspendido de la cigüeña y la utilicé para desarrollar toda la muestra. La exposición tiene el mismo nombre de la película. Adopté ese título porque, además de que me parece bellísimo, El paso suspendido de la cigüeña remite a ese paso que nosotros muchas veces no sabemos si está bien dar o si está bien mantenerlo suspendido.
“También es verdad que a nosotros nos separan, como en esa época y como en esa película, líneas o trazas hechas por terceros que nos dividen, que nos obligan a pertenecer o no pertenecer. Entonces, esto nos lleva a mantener el paso en el aire, a punto de darlo. Esta es la gran pregunta que siempre nos ha abordado desde nuestros países, que han sufrido todo este tipo de temas”.
Dar o no el paso significa pasar o no una frontera real o psicológica que otros trazaron a la gente común y corriente. “Sí, me centro en las fronteras que a veces nosotros mismos nos imponemos. Llegamos a la gran pregunta de Theo Angelopoulos de cuántas fronteras tenemos que atravesar para poder llegar a casa, teniendo o asumiendo la palabra hogar o casa como nuestro yo interno, nuestra mente. En realidad, solo cada uno de los espectadores que puedan ver esta exposición entenderá dentro de sí mismos cuántas fronteras deben cruzar para encontrarse. Básicamente, ese es el fin de esta exposición”.
La universalidad de las problemáticas sociales

Oscura o gris; esperanzadora o compleja, lo que queda claro es que esta exposición señala que la vida, al menos una parte y para muchos, es dura. “Sí, la exposición es dura porque la realidad es dura. Cuando hablé del Magdalena y todo lo que marcó la vida mía y la de muchos colombianos fui entendiendo — a medida que crecía el proyecto— que la historia y lo que sucedía en el Magdalena pasaba en otros países cuyos ríos tenían otro recorrido, pero, básicamente, era el mismo problema con otros argumentos y con otras florecitas a los lados.
“Eso hizo que pudiera también entender que todas las problemáticas son universales, no son propiedad nuestra. Dije en muchas ocasiones que el tema del desplazamiento forzado, la desaparición forzada, todo ese tipo de situaciones sociopolíticas que son las que yo abordo, no eran una propiedad privada de Colombia ni de Latinoamérica, sino que, al final, son como esos virus heredados que se transportan tan rápido y llegan a nosotros tan fácilmente”, dice García.
Belleza en la precariedad en la obra de Saír García
Entonces, esos fondos nebulosos que atrapan, que al final conforman una pintura, crean también atmósferas —para el que escribe este artículo, bellas tristes y apabullantes —.Para el artista, “esas atmósferas no son otra cosa que plasmar nuestra propia situación mental y psicológica ante este tema social. A eso atienden estos fondos nebulosos, estos cielos azules inmensos que nos atrapan”.
Tal vez un gran acierto es que esos cielos que atraen visualmente caen sobre esas personas que parecen querer hacer a toda costa una vida “normal” en medio de una situación que hace mucho dejó de serlo, y no solo en la pintura. Al fin y al cabo, el arte habla de la vida: “Hace mucho rato es precaria, y siempre en mi tarea he optado por tratar de encontrar belleza en esa precariedad. Eso es lo que yo trato de hacer y, en esta exposición particularmente, la reflexión es esa: tratar de llegar a momentos muy bellos, muy tranquilos, sabiendo que lo que se está tratando son temas complejísimos”.




