Manzur: el historiador, el barroco

El Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) revisa la trayectoria del artista David Manzur, mostrando etapas y reflexiones expresadas durante 70 años por este creador nacido en Caldas, un enamorado de la historia del arte.

Enero 14 de 2020

Daniel Grajales Tabares

Periodista Cultural
Para ARTERIA

 

La luz natural que entra por las ventanas del taller de David Manzur en Barichara (Santander) lo ilumina mientras pinta. Los rayos tenues del sol ambientan la escena en la que, cuando él cierra los ojos, viaja a su infancia, a los recuerdos de un barco encallado, donde vivió una de sus conexiones más bellas con la luz y el color.

 

Es que Manzur, a sus 90 años, celebrados el pasado diciembre, es un gran contador de historias. Su mejor relato es el del devenir del arte, en cuya línea de tiempo va encajando con precisión los nombres de vanguardias, tendencias y artistas.

 

También porque en sus 70 años de trayectoria ha pintado vanguardias vivas y pasadas, explorado técnicas nuevas y antiguas, como se aprecia al recorrer con detenimiento la exposición 'David Manzur, el oficio de la pintura', que el Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) tendrá abierta hasta el 24 de febrero. No en vano, la historia del arte es uno de sus temas favoritos.

 

Con el segundo piso del museo dedicado a su trabajo, la muestra explora a un artista colombiano que es mucho más que sus símbolos recurrentes: caballos, moscas, caballeros sin rostro y mujeres con atuendos voluminosos.

 

El curador en jefe del Mambo, Eugenio Viola, explica que en la obra de Manzur todo va descubriéndose con el paso del tiempo. “Como Honoré de Balzac, que nos habla de un futuro proyectado desde el pasado, el trabajo de Manzur es un viaje metafórico hacia el interior de la historia del arte. Entonces, el futuro es proyectado de manera provocadora desde el pasado. Podemos decir que el artista hace un aporte arqueológico al presente. Manzur trabaja como un historiador del arte, a través de la pintura”.

 

Después de meses de visitas al taller del artista, Viola (italiano) presenta una exposición en la que revisa a un Manzur, que firma sus obras como “David, el pintor”, con lo que deja claro su interés en la pincelada y la composición; en las texturas y los colores; en la luz y su relación con sujetos y objetos, en el oficio.

 

No es una retrospectiva, se trata más bien de una muestra en la que el público puede apreciar una serie de confrontaciones, de miradas invertidas entre el presente, el pasado y el futuro de la obra, guiadas por la curiosidad de Viola, quien desentierra pinturas del pasado y presenta lo que antes no se había visto, ya que para esta curaduría el pintor estuvo trabajando en su taller sin descanso hasta llegar a un tinte político, inspirado en la historia reciente de Colombia.

 

 
Manzur, al desnudo

El Mambo apostó para esta exposición por un montaje que explora entre la curaduría del pasado y la del presente. Es una mirada invertida entre los tiempos, no hay cronología en la manera de presentar el trabajo.

 

Hay más bien intereses, momentos, técnicas y obsesiones, siendo la principal el Barroco, en cuanto el curador ve a Manzur como un pintor puramente de ese período.

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“El hilo conductor de toda la exposición es el Barroco; Manzur es un pintor puramente barroco, incluso cuando trabaja en un lenguaje abstracto. Así, junto con sus obras más recientes, hemos transformado una de las salas del Museo en una antigua ‘quadreria’: el antepasado de los museos modernos”, detalla el jefe de Curaduría.

 

Amplía que las pinturas se han dispuesto de acuerdo al principio Barroco de “horror vacui” (temor al vacío), “sin jerarquías, haciendo énfasis en la relación entre las obras, en términos de color y tamaño”.

 

Quien asiste a visitar la muestra puede comenzar su recorrido apreciando una revisión de las relaciones del artista con figuras y momentos de la historia del arte, como el abstraccionismo, en la que se ve claramente que el cubismo pudo conquistarlo en una etapa temprana.

 

La museografía propone como fondo una gran pared pintada de rojo, cargada de cuadros. Allí, contrasta el trabajo de Manzur, con el pintor español Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos (1638-1711), en sus pinturas Otoño (ca 1675), Virgen de la Candelaria (ca 1670), Virgen de la Soledad (ca 1697) y Virgen de Guadalupe (ca 1690). Además, están presentes los artistas Felipe Santiago Gutiérrez, con el retrato Sofía Arboleda Mosquera de Urdaneta; y Gaspar de Figueroa, con Señor de la Caña (ca 1690). También hay dos obras de autores desconocidos, no identificados, en una conversación con los códigos estéticos del oficio.

 

Por otra parte, en una sala en la que el blanco predomina, el curador eligió contar que Manzur es un pintor que basa sus obras en el dibujo, que experimenta, que bocetea,  y compara su oficio, su dedicación, con la de grandes creadores como Leonardo Da Vinci, en cuanto sus dibujos y estudios son de tal detalle que resultan  creaciones propias.

 

Por ejemplo, está el estudio de su mítica obra San Sebastián (1985), que deja ver cómo, desde el boceto, el pintor se inclinó por lograr un gesto sensual en el rostro, lo que explica por qué, para la crítica del momento, esta pintura resultó ser fuerte y subida de tono. En ella, San Sebastián deja ver su erotismo sin miedo, su placer y su diferencia sin tapujos, que partieron del papel y el lápiz de Manzur.

 

“Era muy valioso tener los dibujos del artista para dejar ver su genialidad, como otros grandes pintores de la historia”, apunta Viola.

 

Sorpresivamente, entre las salas de la exposición hay dos vídeos proyectados sobre la pared, que parecen no tener que ver con “el pintor”. Se trata de uno de los momentos que el público puede no tener presentes en la trayectoria de Manzur: su producción audiovisual y sus introspecciones en colectivo para producir nuevas miradas a la historia del arte.

 

Esto en la década de 1970, cuando Manzur tuvo su taller de artes. “Esta película sobre Zubrarán, que fue un gran pintor del Siglo XVII, la hice porque, cuando tenía un taller, que fue un equipo de trabajo, hacíamos experimentos visuales para poder contrastar la historia del arte en general. El caso del ‘Siglo de Oro Español’ como pintura es muy importante, porque influye inclusive en la modernidad”, cuenta Manzur sobre los vídeos, en los que desde el vestuario hasta los encuadres demuestran el interés que tenían para él aquellos creadores que, en parte, inspiraron e influyeron su producción.

 

No quiso ser un maestro, calificativo que no le gusta que se utilice para referirse a él. Cuando trabajó en su taller, junto a creativos, artistas y personas que admiraban su trabajo, siempre se sintió un informador, un historiador que se acompañaba de otros para dejar documentos visuales sobre el pasado.

 

No los veía como inferiores, así algunos apenas fueran aprendices. Ellos iban a acompañarlo a narrar la historia, esta vez lejos de los bastidores inmóviles, más bien en el lienzo vivo, contundente y moderno del audiovisual.

 

“Yo nunca enseñé, siempre informé, que fue distinto. No había jerarquía, nadie era superior, yo me dediqué a informar a través de audiovisuales, que era como hacer una película. En 1975 comenzamos a hacer trabajos en cine superocho, en cine de acetato. Son fragmentos, clips sobre lo que queríamos hacer; no biografías, sino una visión global, en este caso de lo que fue el clasicismo en el arte mismo, como de otros momentos de la historia del arte”.

 

Finalmente, de la muestra es fundamental la obra nueva de Manzur. En una sala con luz tenue, más oscura y con todos los accesos apuntando a un tríptico de gran formato, el espectador puede darse cuenta de la delicadeza, el desgarramiento o la tristeza con la que el pintor colombiano retrató una tragedia de Bojayá que va más allá del cristo. También está su mirada a lo taurino, a la sangre derramada, con una fuerza pictórica que parece que los años no le arrebatan de las manos.

 

Con esos dos capítulos más, Manzur.sigue siendo un historiador que cuenta una historia del arte, producto de sus cientos de lecturas, de sus viajes, su formación y su interés en que venga todos los días la luz a sus ojos y a su taller, porque asegura que todavía hay arte para rato y que no se ha visto lo mejor que puede hacer, porque lo mejor de sí, enfatiza, siempre será lo que vendrá.

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