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Bogotá busca definir el futuro de los monumentos en el espacio público

En tiempos en los que las esculturas caen ARTERIA habló con Patrick Morales, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (Idpc), en Bogotá, sobre las opciones para los monumentos, por lo menos en Bogotá.

Junio 18 de 2021

En la Alcaldía de La Candelaria yacen, uno junto al otro los monumentos a Dilan Cruz y a Gonzalo Jiménez de Quesada, que, por lo menos por ahora, han compartido destino, si bien con distinta presencia en el tiempo y en la memoria de la gente.


El primero reemplazó por unas horas al segundo que, luego de estar desde el 7 de agosto de 1988 (fecha en que fue instaurado allí desde otro lugar donde estaba desde 1960, en el barrio Las Aguas) fue derribado por indígenas misak el 7 de mayo pasado.


El 20 de mayo varias personas pusieron en el mismo pedestal un monumento al estudiante Dilan Cruz, muerto por la Policía en disturbios en noviembre del 2019.


No había cumplido 24 horas en el lugar cuando –aún no se sabe quién o quiénes– lo tiraron al suelo y ahí lo dejaron.

De allí lo recogieron funcionarios de la Alcaldía Menor de La Candelaria y ahora, está junto a Jiménez de Quesada. Ambos parecen a la espera de lo que sucederá con ellos. 


Juntos ahí son como “una imagen paradójica de los tiempos que estamos viviendo”, dice Patrick Morales, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (Idpc), en Bogotá.


Con él hablamos sobre lo que podría suceder con estas y los demás monumentos de Bogotá, en estos tiempos en que unos son derribados, otros instalados, otros más pintados o destruidos. Vale decir que el fenómeno es mundial e implica no solo aspectos de protesta de distintas comunidades contra lo establecido sino el concepto mismo de patrimonio.


Esto último plantea un reto para Idpc en la medida de que su misión va más allá de restaurar monumentos pues implica temas de ciudadanía y su representación.


ARTERIA: ¿Cuál es la postura del Idpc frente al derribo de los monumentos en Bogotá?

-Patrick Morales: Nosotros entendemos el patrimonio como un lugar de disputas, sentidos y significados, y como un escenario de reconfiguración en la construcción de la ciudadanía. En esa medida, un escenario de democratización, también, y que, en esa perspectiva, entendemos las señales que se están enviando desde la ciudadanía y estamos atentos a interpretar esas demandas que hay sobre la relación de los monumentos en espacio público.


Leemos este momento como una demanda de un cambio de enunciación de lo patrimonial, y, en el fondo, más que como un tema de monumentos, como un tema de discusión sobre la valoración patrimonial. ¿Desde dónde se ha valorado el patromonio? ¿Cómo se ha construido el ethos monumental que hace parte del campo de lo patrimonial?


Y hemos afirmado como Instituto que sabemos perfectamente que ese ethos monumental no está acorde con los valores, por ejemplo, de la Constitución 91, en términos de un país multiétnico y pluricultural.


En diferentes sectores, ya hemos hecho cinco mesas de diálogo, hemos hablado con más de cien actores distintos: mujeres, organizaciones de jóvenes, indígenas, incluidos los misak, consejeros de patrimonio, mesa de patrimonio de Ciudad Bolívar. Hay una especie de consenso en que ese relato unívoco tiene que ser completado, relato que movilice el dispositivo patrimonial, el ethosmonumental y el dispositivo de memoria que hace parte de ese campo patrimonial.


En esa perspectiva, nuestro llamado ha sido a ser una plataforma de escucha y de diálogo en términos de esa reflexión sobre los valores patrimoniales y cómo se han construido esas valoraciones patrimoniales desde un relato, por decir lo menos, incompleto, hegemónico, patriarcal. 


Y en ese consenso en las mesas de diálogo están incluso sectores que podrían ser considerados un poco más conservacionistas, digamos, por ejemplo, la Asociación Colombiana de Restauradores y Conservadores, pues han manifestado que entienden perfectamente la interpelación de la ciudadanía, como espacio democrático y de ampliación del debate democrático desde voces más diversas.


En el fondo, hay una demanda de ampliación del debate en el espacio público. Y lo que sabemos ahora es que no hay debates clausurados. Lo que tenemos que asumir como Instituto es la interpretación y la plataforma de diálogo y escucha.


ARTERIA: Las personas no están de acuerdo y eso se ve reflejado en las opiniones en redes sociales. Si hay personas que quieran aportar a esta discusión, ¿cómo lo pueden hacer?

-Por temas de bioseguridad, nuestras mesas han sido presenciales, pero han sido acotadas. Tenemos también el problema un poco de representatividad en el paro. Hay muchas reivindicaciones distintas, muchos liderazgos. Entonces todavía hemos tenido un diálogo que podríamos ampliar. Nosotros le hemos pedido a la Veeduría Distrital que nos ayude a seleccionar también, en el marco de un laboratorio de innovación social, a ciudadanos, un poco, si quieres, al azar.


La Veeduría, a veces, es que selecciona bases de datos de ciudadanos que no están necesariamente implicados en el debate, para hacer con ellos un laboratorio de innovación social y de cocreación, para entender cuáles son las posturas, no solamente de los sectores concernidos, sino los ciudadanos de a pie, por llamarlos de alguna manera.


Con la academia tenemos otra mesa, nuevamente, con la Mesa de Museos, y en algún momento sí tenemos que cerrar un poco el diálogo para tomar decisiones de política pública, y hemos querido acotarla a qué decisiones vamos a tomar sobre el Gonzalo Jiménez de Quesada, que es un debate que podría ser un piloto para entender las distintas reivindicaciones y legitimidades que se esgrimen al interpelar los monumentos en espacio público.


ARTERIA: ¿Y en qué punto van esos debates?

-Tenemos debates muy interesantes. Se hizo una encuesta por parte de una Asociación de Patrimonio con 4.000 personas, y ya empiezan a aparecer pistas. Obviamente, una de las pistas más recurrentes en clave de reconfiguración es el ethos monumental en términos de los pedestales, es decir, ¿qué vamos a hacer con la Plazoleta del Rosario?

Cómo podemos convertir ese pedestal, por ejemplo, en un ágora ciudadana, para distintas interpretaciones de ese escenario particular y las reivindicaciones que quieran hacerse ahí. Pero también ha salido el tema un poco más clásico, que se ha resuelto en otros países, de llevar los monumentos que han sido derribados a los museos.En particular, al Museo de Bogotá que depende del Idpc.


¿Cómo lo llevamos, lo restauramos, lo restauramos con marcas, le ponemos una placa nueva, lo llevamos a un diálogo público –que ha sido la propuesta de la Universidad Nacional–, de llevar a Gonzalo Jiménez de Quesada por donde entró, es decir, por la Sierra Nevada de Santa Marta, por el valle del Magdalena, llevar una réplica del Gonzalo Jiménez de Quesada­ y hacer cátedras de historia pública, para ‘historizar’ el monumento y profundizar en las distintas interpretaciones? Es otra alternativa muy en borrador que apenas está surgiendo.


Hay posiciones de los pueblos indígenas sobre los rituales de sanación necesarios para que el Gonzalo Jiménez de Quesada pueda partir en paz. Hay diferentes propuestas, que quisiéramos en las mesas de cierre tratar de concretar para ver qué decisión tomamos sobre el Gonzalo Jiménez de Quesada. Ahora, sobre los símbolos nunca habrá consenso. Entonces, somos conscientes de eso, es un escenario en constante disputa, el patrimonio es dinámico, entonces en algún punto tomemos algunas decisiones, que esperamos que puedan recoger en su mayoría lo que han expresado en los escenarios de participación.


¿Se han dado un plazo en el tiempo para tomar esa determinación?

-Sí, nosotros quisiéramos terminar las mesas de diálogo y a partir de eso, hacer un balance como Instituto. Hemos estado también muy atentos a todos los seminarios, por lo menos 15 seminarios, performances,actos, se han realizado últimamente. Hemos seguido con cuidado todos estos seminarios desde el equipo de investigación, y a partir de eso anunciaremos algunas acciones concretas sobre el Gonzalo.


ARTERIA: ¿Esto no implica un replanteamiento de todos los monumentos que hay por la ciudad?

- Sí, sin duda. Este laboratorio del Gonzalo es como para evocarnos un caso muy concreto que tenemos muy vigente en este momento. Lo que hemos dicho como Instituto es que el tema es mucho más profundo, y es, precisamente ese escenario, esa demanda de cambio de enunciación de lo patrimonial.


Es, ¿cuáles son las acciones más estructurales que se pueden hacer, incluso más allá de los 713 monumentos que tenemos a cargo en el Instituto. Porque ahí han pasado cosas que son más difíciles de leer en términos de reivindicación, como el daño a la placa conmemorativa al busto de Jorge Eliécer Gaitán, incluso el derribamiento mismo del Dilan Cruz que reemplazó al Gonzalo Jiménez de Quesada.


Lo que nos preocupa un poco es que las legitimidades en torno a los monumentos pueden ser muchas y la idea es como crear entonces un escenario que tenga por lo menos un mínimo consenso, y es que nos podamos encontrar en el disenso.


¿Qué significa esto también en términos estructurales? Es profundizar. Nosotros estamos en Usme, en Sumapaz, en Ciudad Bolívar, diciendo: "Aquí también hay patrimonio". Hay otro lugar de enunciación de lo patrimonial posible. Hay un patrimonio territorializado y enunciado desde las mismas comunidades: con el Museo de la Ciudad Autoconstruida, Ciudad Bolívar; con la reivindicación de las identidades campesinas en Sumapaz. Todo, con el patrimonio arqueológico que estamos develando en Usme, con el Parque Arqueológico de la Hacienda El Carmen, que remite al pasado prehispánico muisca, pero también con preguntas del presente de los muiscas contemporáneos, que nos han acompañado en esa activación.


El Instituto ya había presentido este debate y el sello de patrimonios integrados que nosotros manejamos, que es romper esas categorías de lo material, de lo inmaterial, y entender las relaciones sociales que se construyen. Las interpretaciones de sentido entre la materialidad y la inmaterialidad son una clave para profundizar este debate, más allá de los 713 (monumentos) porque nos los podemos cuidar a todos, no los vamos a remover a todos.


Hay que ver de qué manera encauzamos las interpelaciones de la ciudadanía, en el fondo, sobre el ethos monumental también, este ethos de tener a alguien en un pedestal. ¿Quién decidió estos temas? Todavía hace parte de un diálogo más profundo que nos vamos a resolver, sin duda, en el corto plazo, porque el campo de lo patrimonial lleva dos siglos de construirse desde un cierto tipo de enunciación.


ARTERIA: Usted dijo que todos estos monumentos no están muy acorde don la Constitución del 91. ¿Qué implicaciones tiene eso?

- Implicaciones es precisamente cómo construimos no solamente unas narrativas más plurales, sino otras dimensiones de construcción del campo de lo patrimonial que reconozca incluso otras materialidades. O sea, reflexionar sobre el ethos monumental es abocarse a la pregunta de si deberíamos colocar un indígena en vez de Gonzalo Jiménez de Quesada.


Es muy posible que los indígenas no tengan la misma reivindicación de un ethos monumental de alguien en un pedestal, de la materialidad, sino más en términos de espacio cultural, tal vez otro tipo de dispositivos culturales que tenemos que reconocer. 


Entonces, un poco el reto de la Constitución del 91 es, no solamente hacer más plural el relato, sino reconocer otros dispositivos posibles, que no hagan que se sienta ese tema de la lejanía de los monumentos a la ciudadanía y sobre todo que sí vinculen valores que sean mucho más propicios para construir otros sentidos y otros significados de lo que significa ser bogotano o bogotana hoy.

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