Los Limbos de Edgar Guzmanruiz 

El artista Édgar Guzmanruiz exhibe en la LA Galería su interés en la relación arte-arquitectura. Últimos días para ver esta muestra.

Julio 4 de 2020

Daniel Grajales Tabares

Periodista

ARTERIA

Fue bautizado, creció en el catolicismo, pero tomó la decisión de ser agnóstico. Sin embargo, Édgar Guzmanruiz (Bogotá, 1969) cree que todas las personas, sin importar su creencia, tienen claro de qué les hablan cuando pronuncian la palabra “limbo”.

 

Ese término le sirve para dar título a la reflexión que quiere proponer con su exposición ‘Limbos’, abierta en LA Galería Arte Contemporáneo, en Bogotá, que podrá ser visitada hasta el 6 de julio, de lunes a sábado, desde las 12 m.  hasta las 7 p.m., con cita previa. Máximo tres personas por visita, por los protocolos de seguridad e higienización. A partir del 7 de julio, quienes no pueden asistir a la muestra, podrán recorrerla de manera virtual, a través del sitio web www.la-galeria.com.co

 

Vea aquí cómo hizo la obra.

 

“Según la teología católica, el Limbo es un espacio intermedio entre este mundo y el otro, un espacio indefinido en el que están las almas. Todo el mundo entiende claramente cuando le hablan de Limbo, por eso elegí el nombre, que además se conecta con lo que quiero expresar en la muestra, que busca hablar sobre el trabajo en proceso”, dice el artista, nominado en el 2007 al Premio Luis Caballero. 

 

Se trata de una exhibición de maquetas, que recorre sus creaciones desde el 2007 hasta el 2020, sobre temas como el espacio, el tiempo, la memoria, las huellas que los seres humanos dejan en los lugares y los objetos. Son trece trabajos, entre ellos una fotografía y dos vídeos, que le permiten exponer su interés en el arte y la arquitectura, dos disciplinas que, a su vez, le proponen otro limbo imaginario, el cual recorre entre los límites entre una disciplina y otra.

 

“Estudié arquitectura en la Universidad de Los Andes y luego hice la maestría en arte y arquitectura, en Alemania, en la Academia de Arte de Dusseldorf. Fue en ese país donde me pase de la arquitectura al arte, centrando mi obra desde entonces en dicha dupla, pero desde la plástica”, relata el arquitecto, cuyo trabajo está siendo mostrado en este espacio gracias al apoyo del Centro de Investigación y Creación de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes.

 

Las diez obras restantes son estudios, modelos o maquetas, que plantean lo que él llama “la naturaleza híbrida y fronteriza de estos objetos utilizados ampliamente tanto en arte como en arquitectura”. En el proceso creativo y constructivo del arte y la arquitectura, los modelos son el comienzo, la primera luz en un camino en el que hay cambios, transformaciones y un final, o tal vez no, porque quizás esos proyectos nunca se construyan, solo sean ideas, sueños, planteamientos no ejecutados. 

 

Le interesan “los modelos como abrebocas de resultados finales, como medios de comunicación, de planeación, diseño y proyección”. Sus obras pueden funcionar “como maquetas conceptuales, técnicas o instrumentos de previsualización, convertirse en bocetos volumétricos, arquetipos, fetiches o souvenires; ser prototipos para escenografías de películas y teatro; miniaturas de mundos oníricos o ideales; construirse a escala natural o volverse pop-ups”, precisa el guión de la muestra.

 

Además de las obras, el visitante puede sentir un poco del ambiente del taller de este creador, porque hasta LA Galería llevó tres mesas de trabajo, algunos muebles, entre ellos una estantería en la que están reunidas unas 50 maquetas que ha construido durante 25 años de trabajo.

“La idea es pensar en arte y en arquitectura para qué sirven las maquetas, los modelos de proyectos. Decidí que la palabra “limbo” tiene mucho que ver con la idea de maqueta, es la representación de algo que puede llegar a ser en el futuro, que está en un estadio intermedio. Yo las puedo ver, tocar, voltear, pero por el otro lado están en el mundo de lo ideal”, enfatiza, explicando además que estas creaciones “pueden ser vistas como objetos artísticos también”. 

 

Algunas obras son casi que escenografías, otras conceptuales -para entender un proyecto-, otras para mostrar la atmósfera y el ambiente, otras constructivas. Están en ese lugar que no existe físicamente: “Están aquí, pero viven, también, en el mundo de lo deseado, de llegar a ser. Así esté terminada la maqueta está en proceso, es un modelo y dentro de la idea de modelo está el futuro, el llevar a cabo”.

 

Una de las obras que llama la atención es Palacios, creada para rememorar los hechos que tuvieron lugar en 1984, cuando fue tomado el edificio del Palacio de Justicia. Se trata de una interposición entre los edificios, el antiguo y el nuevo, una conjunción entre la mística fantasmagórica de ese lugar, ubicado en la Plaza de Bolívar de Bogotá y su cotidianidad. 

 

“La toma del Palacio de Justicia es un fantasma en nuestra historia, por eso hay una superposición del antiguo edificio. Derribaron lo que quedó del edificio viejo después del incendio, construyeron uno nuevo, pero ese fantasma está ahí, en la memoria de todos”. 

 

Esta es una de sus ‘Matrioshkas’, una serie presente que visualmente une objetos superpuestos, con materiales opuestos, diferentes, que simbolizan la ausencia y la presencia. Ello tiene que ver con esas muñecas rusas ovaladas, multicolores, creadas desde 1890, dentro de las cuales van otras muñecas. En esa dinámica, muestra también una pieza que consta de una mesa creada lo más real posible, que está acompañada de dos sillas transparentes, casi imaginarias, ausentes; y le sirven al artista para hablar de cómo una realidad está metida dentro de otra. 

 

“Son unos termoformados que tienen algo en el interior y algo en el exterior, en los cuales uno puede ‘ver a través de’. Hablan de la ausencia, de la presencia, de cómo en el vacío hay presencia. Es hablar de las relaciones de las personas a través de los muebles. En algunas partes desaparece el objeto, pero está su huella, un fantasma de lo que había”.

 

En Limbos, la única maqueta constructiva, el único proyecto arquitectónico, fue hecho por Guzmanruiz en el 2014, ya que el filántropo Steve Amstrong, quien tiene la idea de hacer un museo de la paz, le pidió que lo diseñara. La pieza, que se llama Future P(i)eace Museum, a lo lejos luce como un espiral, pero de cerca es más bien un detallado camino de la guerra, diseñado para que los visitantes puedan ver toda la historia armamentística de Estados Unidos durante el recorrido. 

 

“La guerra es una catástrofe hecha por el hombre, tal como el tornado es una catástrofe de la naturaleza, por eso el edificio tiene esa forma de tornado por fuera. Por dentro, hay un espiral que va cronológicamente contando las guerras en las que ha estado Estados Unidos desde su fundación”.

 

Entonces, da importancia en la obra al número de muertos que ha habido en cada guerra: “es una cifra que se pierde, pero en este caso el tamaño de los espacios de cada una de las guerras está diseñado según el número de muertos”.

 

Como el limbo también tiene que ver con la vida y la muerte, el más allá no está solo en la maqueta pensada para aquel museo. El artista presenta también su versión de La isla de los muertos, aquella serie de cuadros simbolistas del pintor suizo Arnold Böcklin, de 1883, que saca del lienzo para darle tres dimensiones, presentándola en negro, mítica y oscura, junto al modelo que usó para producirla. 

Los materiales de esta exposición son diversos, van desde resina, acrílico, madera, impresión 3D, cartón, plasticera, porque Guzmanruiz cree que en el trabajo artístico “los materiales obedecen a lo que uno quiere contar”.

Quedan pocos días para recorrer esta muestra que, realmente, inauguró el 12 de marzo, días antes de que comenzara la cuarentena obligatoria. Duró dos días abierta y tuvo que ser cerrada, por más de tres meses.

 
Más sobre el artista

Edgar Guzmanruiz cuenta que en su historia la relación con el arte viene de la infancia, de su madre, también artista, quien fue abriéndole el mundo visual, sin pensarlo.

 

“Siempre tuve interés en el arte, aunque en el colegio no había clase de arte, sino de dibujo técnico. Esa clase me fascinaba. Todo comenzó porque mi mamá (Miriam Ruiz) es artista, veía sus libros de arte, del Renacimiento, del Barroco, del arte moderno y el contemporáneo, iba a exposiciones”. 

 

Esa motivación impensada de la infancia, más el poco gusto que tuvo por la arquitectura, lo llevaron a buscar nuevos rumbos en el arte. Recuerda cuando, mientras estaba en la universidad, trabajó en estudios de arquitectos y “no me gustó el trabajo, sentía que eran muy cerrados, se trataba de resolver problemas técnicos, algo de costos, de programas, la parte artística se dejaba a un lado. Son pocos los proyectos arquitectónicos que conscientemente deciden trabajar con arte. En Alemania vi que muchos artistas y arquitectos trabajaban con la profesión del otro y tuve entonces presentes más posibilidades en el arte”.

Quizás el gusto por las maquetas, por los modelos, tiene que ver con su papá, el odontólogo Edgar Guzmán. Su memoria lo lleva al consultorio de papá y lo hace pensar en que viéndolo a él usar los elementos de odontología aprendió a modelar, a maquetar: “uso muchos elementos de odontología para hacer mis obras, como plasticera, o algunos instrumentos. De mi papá aprendí los moldes, la utilización del yeso, cómo se toman las impresiones en las bocas de las personas, lo del positivo y el negativo, las reproducciones, sacar copias de un modelo”. 

Al indagar si su interés en la unión arquitectura-arte tiene que ver con lo que pasó en el país en los años setenta, justo cuando nació, cuando los creadores visuales colombianos estudiaban arquitectura, muchas veces porque en sus casas sentían temor porque fueran artistas, cree que puede haber algo de ello, entonces cuenta que es un admirador del Grupo Utopía.

“No olvido que en los ochentas, cuando estudiaba Arquitectura en Los Andes, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá hicieron un concurso arquitectónico en el que ellos participaron. Me dejó marcado que ellos y otros artistas participaran. También me gusta mucho lo que hace el escultor Germán Botero, porque tiene una relación con la arquitectura, la memoria, la muerte, que me resulta muy interesante. En ambos la idea de las maquetas también está”. 

Finalmente, en su lista de referentes nacionales está el arquitecto caleño Fredy Pantoja,  porque “tiene un interés en relacionar la arquitectura con el arte”, nombra además a Giancarlo Mazzanti ya que “tiene una visión muy orientada a las artes”.

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