'La vida es una pasarela'

Con la muerte de Jaime Ávila se va uno de los grandes artistas colombianos. El país aún no sabe de lo que se ha perdido. 

Octubre 30 de 2020

"... Je suis j'aime", escribió Jaime Ávila el 16 de junio de este año, en esta foto de su Instagram.


Jaime Ávila, un artista que no hemos conocido

Jaime Ávila recorrió el arte contemporáneo como integrante de una generación que veía menos extraño educarse en las artes plásticas y vivió en un medio citadino (aunque nació en Muzo, Boyacá, en 1966).


De alguna manera, esa generación sintió la represión que vivió la generación anterior, propiciada por políticas estatales como el Estatuto de Seguridad, cuya promulgación ocurrió el 6 de septiembre de 1978, a un mes de posesionado el nuevo gobierno de Julio César Turbay.


Esta “desencadenó un repertorio de actuaciones alarmantes de las fuerzas militares y de policía: allanamientos de domicilio sin orden judicial, detenciones arbitrarias, torturas, desaparición forzada, consejos verbales de guerra para juzgar a civiles, hechos que constituyeron una falta de garantías y libertades constitucionales flagrantes y de ausencia de seguridad para quienes las reclamaban”, como define la Comisión de la Verdad. 


El crítico y curador Santiago Rueda habla  en un texto de la Universidad Distrital de cómo Ávila criticaba las relaciones de poder por medio de su obra , mientras que la especialista Natalia Gutiérrez, en un texto apra el MDE07 resalta: “(era) un pensador crítico de la generación anterior, y no me refiero precisamente a los artistas —aunque también—, sino crítico de toda una cultura ancestral) 


Ambos coinciden en que su obra tomó, en buena parte a la ciudad, la moda y las tendencias del momento como fuente de trabajo. Su trabajo también fue político y en ese sentido también habló más ampliamente del poder. En contraste, se apoyó también en los ‘micromundos’ donde se ven las consecuencias de ese ‘macropoder’.


Así que su obra tiene propuestas como ‘Bombas’ que en una parte muestra supuestas bombas que “tienen dos cabezas, que son las cúpulas del Capitolio de los Estados Unidos y del Capitolio de La Habana, tan parecidos en su estilo neoclásico americano que caracteriza los edificios del poder. Los nombres de estas bombas son significativos y un tanto literarios: 1.500 millas, 2.000 millas, una distancia hipotética entre Washington y La Habana”, explica Rueda.


El otro lado de esos efectos políticos se ven en temas como ‘La vida es una pasarela’, que es una serie de una docena de fotos de personas de la calle bogotana, consumidas por la droga, en una miseria que todos de tanto ver se volvió parte del paisaje, o en ‘Talento pirata’ una exhibición para la cual “se copió el formato del paisaje urbano, se rediseño en manera de exhibición, multiplicado miles de veces, que como un virus y tal cual dice este dicho aquí pasa lo mismo: ‘Pirata que piratea a pirata, piratea mil veces más, hasta quedar en el piso’. Empaqué en 6000 cajitas de estuches de plástico usados para CDS, este paisaje”, contaba Ávila en una entrevista con la revista Exclama 


Sin duda, Ávila caminaba la calle. No se limitaba a la teoría ni a las imágenes de noticias de televisión o diarios y por eso sus obras tenían mucho de ciudad y mucho de lo que para la gente de la ciudad es habitual en su imaginario. Incluso en obras que hablan de otros lugares encontraba la manera de señalar algo que pudiendo ser común, no era obvio. 


Si quieres ver un video realizado por la Universidad Nacional 


En Un metro cúbico, –explica Rueda– “Ávila construyó cubos de cartón impresos con imágenes de barrios populares que componen a su vez cubos más grandes, remedando la configuración casi vertical y el amontonamiento de las mal llamadas “invasiones” de las ciudades latinoamericanas, a la vez como una reconstrucción matemática del barrio, a la manera de ilustraciones estadísticas”.


Ávila tuvo la capacidad de conectar con su generación y de moverse con velocidad en un país que a veces parece estático y no solo respecto a lo que hacen sus artistas. Muy poca crítica se ha hecho sobre su obra y, tal vez por eso, este país aún no sabe lo que ha perdido.



A Jaime Ávila: 1966-2020

Diego Guerrero
Editor
ARTERIA


No fui amigo de Jaime Ávila. Tampoco puedo decir que admirara su obra especialmente, aunque algunos trabajos siempre me gustaron. Quiero decir, es un tema personal: sin dejar de reconocer que tuvo obras fabulosas con las que conecté (como la serie cuyo nombre titula este texto), con otras no me pasó así. Normal.


Debo decir que más que su obra, me gustaba su forma de ser. Si dicen que un artista no debe hacer concesiones en su obra, a mí me parece que Jaime no hizo concesiones ni siquiera en las relaciones.


En mi opinión, tenía un sentido del humor ácido que dirigía a sus ‘víctimas’ con inescrupulosa puntería. Eso era de las cosas que agradecía de él, porque cuando te hacen una broma, un apunte, incluso malvado, significa que hay una interacción. Siempre lo vi como una forma de azuzar la mente, cuando al encontrarme con él en alguna exposició, en una entrevista o en una charla corta en la calle, soltaba una frase que para muchos podría parecer atrevida, que sellaba con una mirada pícara, casi maliciosa y con una sonrisa como entre dientes, como retando a la respuesta.


Creo que su obra, en general, tenía mucho de eso. Seria con un poco de burla, de sátira, de provocación, en una línea que te recuerda que en el mundo pasan cosas ‘serias’ sobre las que la mayoría no puede hacer mucho; como para que te lo tomes en serio, pero no tanto, como para que no te lo tomes tan en serio, pero que no te sientas cómodo, tampoco.


A Jaime lo recuerdo siempre de tenis, con una energía que podía aparentar 25 años –así tuviera el doble– un poco fashion a su estilo, con el pelo nunca peinado, siempre en su punto. Era un joven que se rehusaba a dejar de serlo.


A él Lo conocí por el 2005 cuando ya había estado en el Premio Luis Caballero, en la II Bienal de Artes Visuales de Mercosur, en la Bienal de Sao Paulo y en la III Bienal de Liverpool, y cuando ya había movido el avispero con la serie ‘La vida es una pasarela’ (la hizo entre el 2001 y el 2003), que, en mi opinión, es una de las obras más fuertes de este siglo.


En todo caso, siempre me pareció un tipo fresco, bastante libre de los complejos que nos rondan y que parecía saber lo que, en términos reales, significa ser un artista colombiano en Colombia.


Yo no fui su amigo –repito– entonces no sé si lo que vi de él era su pose. Al final, todos somos pose y él, claro, lo sabía. Por eso, creo que entendía claramente lo que hacía cuando nos recordó que ‘La vida es una pasarela’, en los dos sentidos que le da la RAE: un “puente pequeño, y a menudo provisional, hecho de materiales ligeros para salvar un espacio” –el que hay entre el nacimiento y la muerte– y la “prolongación más estrecha de un escenario que queda rodeada de público y que sirve para desfilar los modelos o los artistas”. Él, que fue un artista, desfiló con todo su mejor estilo y nos dio lo mejor al público. ¿Qué más se puede pedir de una vida?


Colofón: Jaime Ávila no solo fue un gran artista: fue un gran amigo, de esos que siempre se alegraban y siempre nos alegraban. Nos quedamos debiendo muchas cosas, entre esas, la botella de veneno rojo. Seguirás siendo inolvidable e increíble Jaime.

Gracias, por siempre.

Nelly Peñaranda, directora de ARTERIA.

Afiliado

Copyright © 2020 Periódico Arteria. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de cualquiera de sus contenidos, así como la traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular. www.periodicoarteria.com. Pet friendly