Mientras tanto… ¡Pan y circo!
- 15 jun
- 6 min de lectura
El nido El prejuicio contra las mujeres empieza desde la infancia; cuando una niña destaca o demuestra liderazgo, el entorno suele castigar su libertad con etiquetas despectivas, empujándola a abandonar sus metas para encajar. Para las que resisten y avanzan, la barrera se convierte en goalpost moving: una discriminación sistemática que cambia las reglas del juego cada vez que logran un hito.
CARIDAD BOTELLA
PARA ARTERIA OPINIÓN
Es tiempo de Mundial de Fútbol, así que algo sobre esto les traigo hoy. Cuando tenía cuatro años me encantaba el fútbol. Fue el año de ‘Naranjito’, el mundial del ‘82; conocía de memoria la alineación de la selección española y veía los partidos ajena a cualquier fanatismo externo, simplemente por diversión y sin saber.
Mi padre protestaba porque él sí lo detestaba: “No entiendo qué tiene de especial ver a once hombres en calzoncillos corriendo detrás de una pelota para meterla entre dos palos”, decía.
Una descripción muy simple de lo que para él era esa actividad sin adornos y que, gracias a los medios y a la narrativa futbolera, se ha convertido en el espectáculo deportivo más lucrativo. Me imagino que fue poco después cuando adopté un disgusto similar. No perdí el sueño, pero sí el interés.
Hace un tiempo que oigo el argumento de que el fútbol femenino no es tan popular porque los partidos no llenan los estadios y, por ende, las jugadoras no pueden quejarse de no ganar igual.
Si bien me molesta el comentario y tengo los argumentos para desarmarlo, siempre me ha parecido un desgaste innecesario entrar en ese debate hasta que un buen día… mi hija mayor (12 años) soltó, viendo un partido de la selección colombiana de fútbol femenino, que el fútbol de mujeres le aburría, aunque no quería ser machista con el comentario. El gusto se le respeta, qué vamos a hacer, pero me llamó la atención que fuera consciente de que un comentario así pareciera machista. Hay esperanza, pensé.
Una historia de inicios del siglo XX ilustra los orígenes de esta situación. Cierto es que el fútbol es un proyecto de mediados del siglo XIX, originalmente pensado para hombres de clase media y alta. Aunque las mujeres jugaron desde un inicio, fueron sacadas de la narrativa.
Hay un momento clave en 1920: el equipo Dick, Kerr Ladies FC jugó reuniendo a 53.000 espectadores (más 15.000 que se quedaron afuera), récord que se mantuvo imbatible durante casi 100 años. Al año siguiente la FA (Football Association) prohibió el fútbol femenino en estadios oficiales, no con el argumento de “las canchas vacías”, porque no era verdad, sino con el de “deporte no apto para mujeres”. La asociación de fútbol se sintió amenazada después de que los jugadores volvieron de la Primera Guerra Mundial y así se zanjó el asunto.
Aunque ese equipo siguió jugando en parques públicos, con espectadores y todo, fue un golpe para muchos equipos y, en consecuencia, fueron desapareciendo. Esto es lo que se llama goalpost moving: el criterio de evaluación cambia cada vez que se logra algo, se mueve al siguiente para que el éxito sea imposible. Siempre hay una razón para que el logro no se cumpla.
¿Hasta cuándo? Me pregunté. Hace poco entendí que la respuesta es un sonoro “Mientras tanto”, porque en realidad no vemos fecha final a estas situaciones tan ridículas. Mientras las cosas son así toca educar con esperanza. Quizá no pueda cambiar la forma de pensar de una mujer hecha y derecha que tiene el filtro del patriarcado incrustado hasta el tuétano, pero sí puedo motivar a mis hijas a ver el mundo de forma diferente y a ser conscientes de que lo que parece ser “así porque sí” en realidad no lo es.
Aunque luego salgan y vivan en el mundo en el que viven, aunque no lo entiendan, cada aporte cuenta (o eso quiero creer). Estos días en los que el tema que me ocupa ha sido una pequeña obsesión descubrí a la ilustradora mexicana Ange Cano (@ange_cano), amante del fútbol desde que era niña, quien ha dedicado parte de su trabajo reciente a este deporte, en parte por la polémica del Mundial en su país y en parte por este asunto de las mujeres en este contexto deportivo, no solo por el rol de las jugadoras sino también por el prejuicio a las fanáticas que enfrentan comentarios como: “Las mujeres no saben de fútbol o el fútbol es una cosa de hombres”. Como traída por el destino, publicó una viñeta que dice así:
“Yo nunca jugué bien al fútbol / Tenía dos pies izquierdos / Pero había una niña en mi primaria… / Que brillaba con el balón / Era la que todos querían en su equipo / y la que yo miraba con admiración / Un día, en el parque de la colonia la vi jugando con los niños / brillando más que nunca / Tenía las mangas de su playera arremangadas / Una actitud de libertad y energía, que si bien ya le conocía, ahora destacaban más / Yo, que iba con mi amiguita, le dije: mira, es la niña de mi primaria que juega muy bien / y ella respondió: ¿quién? ¿La marimacha? / La respuesta me impactó tanto que hasta hoy la recuerdo con claridad / ¿Marimacha? / [...] Hoy me pregunto: ¿Cuántas niñas abandonaron sus sueños por temor a ser juzgadas y discriminadas?”.
El encuentro de esta voz femenina desde México me llegó al alma, precisamente por la relación con la infancia y los sueños, que es lo que me motivó a sentarme a escribir sobre esto en primer lugar.
Yo era gimnasta en el colegio y, aunque nunca fue mi sueño continuar, sí sentí profundamente que mi cuerpo era un vehículo de escape hacia algo elevado (como en ”la zona” de la película Soul, para las personas que experimentan un estado de concentración absoluta y máxima felicidad) pero también un obstáculo porque no tenía un cuerpo normativo (en los 80 sencillamente estaba gorda). No pude con el hecho de estar expuesta a eso.
Cada vez que veo un deporte en televisión o un espectáculo de danza me asombra ser testigo del alcance del ser humano, del esfuerzo, la disciplina, la dedicación, la superación, la precisión, la belleza... en fin, en esas personas que un día soñaron cuando eran niños o niñas, que persiguieron ese sueño hasta hacerlo realidad, que viven en parte en “la zona” mientras practican y compiten en su deporte.
Entrever esa lucha por algo es poderoso. Todo lo demás debería ser poco importante, aunque desafortunadamente no lo es. El fútbol, como todo, también es político y eso sí que va muy mal hoy en día. A pesar de todo, veo a esos jugadores siendo niños también, corriendo detrás de la pelota, destacando, pasando de club en club hasta llegar a la cima.
Por otro lado me imagino a estas bárbaras jugadoras de la selección, que también fueron niñas pateando un balón, brillando en el campo y alcanzando ese sueño que seguro pareció lejano. Aunque seguramente sufren, luchan y denuncian la situación de desigualdad, me las imagino orgullosas de sí mismas y de ser inspiración para otras niñas.
Pienso en otros deportes, en otros momentos del año: las gloriosas Olimpiadas, los veranos y los torneos de tenis; las competencias de ciclismo en Europa. Todo esto se consume con ganas, entusiasmo y, especialmente, mucha admiración por los atletas. En estos llega el tan esperado Mundial como un Godzilla deportivo para arrasar con todo lo demás que esté pasando.
Pan y circo. En fin, no me simpatiza mucho todo lo que rodea la oficialidad futbolera pero, mientras tanto… al mismo tiempo que todo esto está en juego, después de haber pasado por el asunto de género, de sentir frustración por ver lo difícil que resulta ayudar a los demás a cambiar de gafas para ver las cosas de otra forma, tras ver a mis hijas felices, cambiando monas y ayudando a su abuela a llenar el álbum, he decidido volver al disfrute del ‘82.
He decidido concentrarme en la belleza del juego, en aprender del tablero geopolítico a través de los equipos y, por qué no, en gozar de esos bailes de piernas atléticas y sus malabares con el esférico. Mientras tanto hay que guardar los sueños de los niños y niñas para que hagan lo que les haga brillar, aunque sus cuerpos estén en un lugar que incomode; no vayan a malgastar su vida intentando adaptarse al mandato de los demás.

Caridad Botella Lorenzo (Madrid, 1977) Licenciada en Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Magister en Museología de Reinwardt Academie, Ámsterdam y en Estudios Fílmicos - Universiteit van Amsterdam. Maestra bordadora de la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo. Fue directora de la galería Witzenhausen de Ámsterdam entre 2006 y 2011. Desde el 2012 reside en Bogotá donde se volvió mamá de dos niñas, descubrió una conexión íntima con la naturaleza y el amor por el bordado. Es co-fundadora y curadora de SINFONÍA TRÓPICO, una plataforma científico-artística con énfasis educativo, que gira en torno a la pérdida de biodiversidad, la deforestación y el cambio climático en Colombia. Trabaja como curadora independiente con enfoques en el arte textil, la naturaleza y la relación entre el arte y la literatura. Foto: Mateo Pérez /Ilustración con IA
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor.



