'El caos sensible': el Mambo da una justa mirada a la obra de Ana María Rueda
- 14 abr.
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DIEGO GUERRERO
Editor
ARTERIA
Ana María Rueda se pasea por las salas del Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo), donde se exhibe un recuento de más de 40 años de trabajo que incluye pinturas, esculturas, video e instalación.
Fue el curador Eugenio Viola quien, al entrar y ver sobre una mesa un ejemplar de El caos sensible, de Theodor Schwenk, le dio nombre a la exposición.
“Es un autor que me acompaña desde hace muchos años, que habla de una manera científica, pero también sensible, de la observación de las corrientes marinas, de los vórtices, de los movimientos del aire, de la correspondencia entre el aire y el agua, de cómo se forman los meandros.
"También, habla muy claramente de la correspondencia de esos movimientos con los del ser humano. Entonces, es la base también de muchos de mis intereses en el arte”, dice la artista.
Esta mirada analítica no es extraña para ella. Su padre era un ingeniero que construía carreteras, mientras con su esposa como cómplice, se empeñaba en salvar árboles del paso del "progreso". Llegaron al punto de invertir buena parte de su capital para salvar un conjunto de árboles que hoy aún viven cerca a Bogotá.
En la primera parte se puede ver un conjunto de pinturas de gran formato realizadas al principio de su carrera, en las décadas de los 80 y 90, una etapa poco conocida en la que se pueden apreciar obras hechas incluso durante un par de años porque “tienen procesos complejos y largos. Primero imprimí en una xilografía sobre la tela y, años después, las retomé y pinté encima", explica Rueda.
Viola recuerda que “ella vivió en los años 80 en París y todo su trabajo me recordaba mucho los fines de la modernidad, del cuestionamiento del fin de la pintura que se vivía en París, y por eso decidí sacar toda esa obra de los 80 que ella casi nunca había mostrado”.
Así buscó crear una narración alrededor de su obra, que califica de “absolutamente exquisita, porque tiene una precisión, preciosidad formal y una intimidad miniaturística. Su pintura de los 80 dialoga con la gran pintura internacional de esos años, que es conocida como el gran regreso de la pintura’, luego de la temporada conceptual”.
“En esta pared hay 20 años de trabajo, cuando me concentro en los elementos de la naturaleza. Tomo la tierra, el aire, el agua y el fuego con sus principios y sus interdependencias. En ese momento me interesaban los árboles con su estructura vertical que conecta la tierra con el aire; es una estructura arquetípica que conecta la tierra con el cielo, que existe en el inconsciente colectivo.
"De eso hablaba Jung y uno lo toma como metáfora para hablar de ciertas cosas a las que puedas hacer referencia desde el símbolo”. Unos años más tarde aparecieron flores, que le sirvieron para hacer referencia al aire.
“La flor es como imagen de vida y como un eco que te queda en la memoria. Yo tomo el aire como sustento de una imagen de la imaginación, de una imagen visual que se transporta a través del aire. La exposición se llamaba ‘Resonancia’”.
Es un tiempo en donde la artista se deja llevar por sus primeras preocupaciones acerca de la ecología, que más adelante se unirán a otros intereses acerca de la vida.
“Está también la semilla, el árbol presentado como una germinación, algo tierno, pues a pesar de que está grande, se nota que es algo que está germinando. Pero también está el árbol que cae, ya está exento de vida.
El proceso de retorno de este árbol que cae a la tierra vuelve y renace. El eterno renovador, el ciclo de la vida. Aquí estoy hablando, metafóricamente, también del ser humano y su proceso”.
Al final todo esto tiene que ver con preguntarse por la vida: “Es mi interés metafísico por estudiar esas cosas que no entiendo de la vida, o las preguntas que nos hacemos todos, las trascendentales: nacimiento, muerte, vida, dolor. Pero ni en las pinturas ni en mi otro trabajo hay una respuesta y siempre surgen más preguntas y por eso uno continúa indagando”, dice.
Rueda dejó la pintura momentáneamente cuando vio troncos de árboles talados en Bogotá, lo que ahondó su preocupación ecológica. Los habían tumbado en el Parque Nacional y ella los recogió para fragmentarlos en su taller y tratar de devolverles su verticalidad original. Esos troncos se pueden ver en otra de las plantas del Mambo.
Esa labor de cuidado se extiende a sus instalaciones de "maticas", plantas que recoge y cura como metáfora del trasegar de las personas que han sido desplazadas a la fuerza de sus hogares. En realidad, esas plantas puestas sobre una larga pared son hechas en metal, aunque con tal delicadeza que, a primera vista, cuesta diferenciarlas de las que están en jardines o el campo.
Algunas han sido traídas de distintos sitios de Colombia, al igual que un conjunto de piedras puestas en medio de un salón en cuya base hay pintada una línea roja que, inicialmente, puede pasar desapercibida, pero que al verla genera una referencia a la violencia.
De alguna manera, todo ese cuidado de su obra es su forma de responder a un desasosiego que le causa saber que prácticamente toda su vida ha vivido en un país en conflicto.
"Estoy hablando muy claramente de ese dolor que llevamos todos los colombianos con una violencia que tenemos casi desde que yo nací", dice. Si bien reconoce que cada quien ha de llevar esa marca que como colombianos nos ha dejado la violencia, así no la hayamos vivido en carne propia, también entiende que hay muchas maneras de asumirla.
"Muchos estamos ahí como las piedras (de la exposición), uno al lado del otro, marcados de la misma manera por un mismo dolor", añade, sin dejar de hacer notar que a veces parecemos paralizados o indiferentes ante ese destino común.
El recorrido es mucho más amplio y, sin duda, vale la pena realizarlo, pues hace justicia con una artista que, si bien es reconocida en el ámbito del arte, tal vez no ha sido lo suficientemente vista, estudiada y presentada de una manera que permita entender globalmente sus intereses y la manera de ver el arte y la vida.




