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LIBROS
Ornatos de emergencia
A propósito del libro “La memoria decapitada”, de la museóloga Lucrecia Piedrahita

De la violencia hemos aprendido muchas cosas. Entre ellas que la dignidad encuentra sus modos de presentarse, aun en las circunstancias atroces del desarraigo. Que el encanto, la tranquilidad y la esperanza pueden salir de la vida por voluntad ajena pero no la valentía de volver a empezar con decoro, decisión que nuestros expulsados sólo pierden con la muerte.

En el espacio conquistado o recibido como reemplazo de la casa abandonada, este nuevo ser humano a quien le toca reconstruirse con los suyos, al disponer los materiales para su nueva vivienda, sin caer en cuenta de ello, deja brotar los restos de ternura que la afrenta no logró extirpar.

Pero la enfermedad psicológica de la indiferencia siempre encontrará personas capaces de llamarnos la atención desde distintas perspectivas; en este caso, desde el arte y las teorías de los signos, como lo hace Lucrecia Piedrahita en “La memoria decapitada”. El dolor colectivo de la expulsión que avergüenza a Colombia no morirá para la historia como no ocurrió con los “transterrados” o refugiados de otras partes del mundo, gracias a que las cámaras, las libretas de apuntes y la voluntad férrea de los analistas comprueban que tampoco es suficiente con ver el drama, sentir erizada la piel, indignarnos o injuriar.

Hay que ir al fondo: comprender a los protagonistas en sus jornadas rutinarias por evitar el pisoteo, la exclusión y la desnaturalización.

La autora nos ofrece la oportunidad de abandonar la parálisis acobardada y cómplice en beneficio de la acción interpretante que nos permitirá reclamar con voz decidida la verdad, la justicia y la reparación que hoy parecen tan desterradas como los mismos coterráneos despavoridos.

Eduardo Domínguez Gómez
Historiador


 

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