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Artes para los sentidos
Por: Miguel González.
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Muchas de las obras más excitantes, pertinentes y conmovedoras que se presentan en distintos escenarios, llámense estos museos, galerías, teatros, iglesias, espacios alternativos, estadios o la plaza pública, parecen no sólo desbordar los géneros y la especificidad acostumbrada, sino que aspiran a autoafirmarse como opción distinta. La hibridación, el camuflaje, las interferencias y apropiaciones en distintos sentidos son los síntomas de las respuestas artísticas que se tornan inclasificables en sus resultados finales aunque en su primera intención y por el espacio que ocupan para resolverse se presentan como instalaciones, performance, video arte, ópera, obra de teatro, danza contemporánea, cine experimental o una etiqueta más incluyente pero un poco difusa como multimedia.
Seguramente ese deseo de expandir los límites, desmontar fronteras, metamorfosearse y parecerse al otro u otros es una antigua aspiración de las vanguardias históricas. Éstas tienen a su vez la influencia de las ideas wagnerianas del siglo XIX y su teoría del Gesamtkunstwerk, obra de arte total, desprendida del concepto schopenhaueriano de “genio” que Wagner aplicó para sí mismo insistiendo en la fusión de las diferentes artes. Kandinsky proyecta el teatro de imágenes en “La sonoridad amarilla”; Balla idea el ballet sin actores para una pieza de Stravinsky; Apollinaire, Cocteau, Léger y Picasso colaboran con los ballets rusos y suecos; Schwitters con su teatro collage Merz; Schlemmer desde la Bauhaus predica el “Arte y tecnología: una nueva unidad” y realiza el ballet triádico; Moholy-Nagy allí mismo planea escenografías, fiestas y nuevos espacios para las representaciones visuales y lúdicas.
La contemporaneidad que se desprende de la posguerra, a partir seguramente de 1949, reanima los eventos del futurismo italiano, la vanguardia rusa, la Bauhaus, el dadá y el surrealismo para constituirse en happening y después en el performance. Recordemos que Jhon Cage debutó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1943. Su colaboración con el bailarín y coreógrafo Merce Cunningham ha sido proverbial. Así como también la de estos con Duchamp, Rauschemberg, Kaprow, Vostell y Robert Whitman. Las acciones incluyeron proyecciones cinematográficas, protagonismo del cuerpo, participación activa de los espectadores y escenografías con objetos, pintura y elementos perdurables y efímeros. Se dio también la relación de danza y minimalismo como el performace de Robert Morris “Site”, en 1965 o la acción de Meredith Monk en el Museo Guggenheim en 1969. Debemos pensar en las “Antropometrías” (1960) de Klein o las “Esculturas vivientes” (1961) de Manzoni, en las acciones de Beuys con la liebre muerta (1965) o “Coyote” en la Galería Block de Nueva York (1974). ¿Qué era eso? Teatro pánico de Artaud, eventos neo-dadá, remasterización de Schopenhauer y su concepto de voluntad asociado a la esencia del mundo, repensar el arte como un ritual social o privado o secreto o incluso impúdico y cerrado. Seguramente algo de todo eso y más. Sacrificio, tormento, inmolación como en Brus, Rainer, Nitsch, Schwartzkogler o Valie Export en el accionismo vienés.
Cuando el video como medio apareció se comenzó a operar un gran estremecimiento en la esfera audiovisual que ha enriquecido los lenguajes no sólo en el ámbito del exclusivo video-arte, sino en las posibilidades cinematográficas del mismo y su aplicación en el teatro, la ópera, la danza, los conciertos. La capacidad de manejar imágenes y de que éstas se comporten como medios persuasivos ha sido de gran impacto en las distintas audiencias. Nada es igual después de usar este recurso.
Ciertas proyecciones de video, como antes el cine, generan la ilusión de verdades, tanto reales como fantásticas. Esa verosímil virtualidad singulariza y sustenta emociones y facilita la transmisión de las ideas que se quieren comunicar. Aran un espacio para presentar oportunamente el conflicto entre materia y espíritu que al decir de Artaud era el tema eterno del teatro y en general del arte.
Pero el abogar por la interdisciplinaridad es también encausar hacia lo multidisciplinario. Ahora aunque no podemos del todo situarnos en un contexto seguro, y todos los estamentos están sometidos a redefiniciones y lecturas trasversales, la pregunta que surge siempre no es ¿cuál es la especificidad o a qué lenguaje pertenece?, sino donde reside su efectividad. Significados y significantes que nos conducen a pensar que el producto que presenciamos y comprendemos es un trabajo artístico, tramitado por múltiples asociaciones y basado en distintas experiencias. En otro sentido el escenario mismo donde es acogido el evento nos obliga a reflexionar sobre su validez y pertinencia. En una sala de conciertos un evento sin sonidos, o sin melodías, sigue siendo un acontecimiento “musical” para la reflexión. Igual que teatro sin actores, sin argumento y solo con sonidos o imágenes, sigue cuestionando su integridad. Exhibiciones de corte antropológico, sociológico o de cualquier aspecto de los estudios culturales se ofrecen como artes visuales en los recintos tradicionales para este menester o en los alternativos que se autorreferencian como patentadotes idóneos.
Esas fracturas en las definiciones, y esa atomización de los límites, seguramente han abierto fronteras y son una invitación a dejar los monótonos circuitos que sugieren los clanes. Un concierto rock es tan excitante como el teatro contemporáneo, una discoteca es tan absorbente como la antología de Matthew Barney de sus videos y objetos, los montajes de las obras de teatro y ópera de Roberth Wilson son escultura, performance, visceralidad y aturdimiento, pero también una poética contemporánea a toda prueba. Los conciertos de los Rollings Stones (Voodoo Lounge), Metállica con la sinfónica y Madonna (Confessions), éstos dos últimos en el Madison Square Garden,
unos espectáculos entre el circo neroniano y las concentraciones hitlerianas, que presencié, se me antojaron igualmente como las óperas de Wagner por su magnificencia y en el caso de Madonna, sus videos oscilan entre lo políticamente correcto y la provocación sexual bordeando la contundencia sado, colman lo que se puede pedir de una experiencia. Que es finalmente lo que buscamos siempre.
Las galerías y museos, incluso los mega eventos de las artes como las bienales y ferias son tan estáticas y pasivas si las comparamos con lo que sucede en el teatro contemporáneo, la ópera, danza y el cine de los grandes realizadores de hoy. Cuando voy como asiduo e impenitente visitante a los museos de arte contemporáneo cada vez me siento más visitando anticuarios. Pienso que la vida, la verdadera emoción de la vida está en otra parte.
Seguramente un gran sector de lo más interesante en todos los órdenes nos enseña los conflictos contemporáneos, la guerra, los desgarramientos, la hecatombe ecológica, las periferias y las desterritorializaciones. Los nuevos medios y la tradición renovada siempre dispuestos a actuar de manera palpitante.
Cuando tenemos la visita al país de gente como Jan Fabre, Bob Wilson, el teatro o danza del Japón o los espectáculos que incluyen la tecnología, la música electrónica y los efectos del holograma, es oportuno presenciarlos para saber más sobre la interpretación de las ideas y sobre la diversidad de las miradas. Incluso la Björk de noviembre pasado, con sus teclados sintonizaos a la intensidad y colorido de las luces y su banda de diez mujeres con cornetas y trompetas, ¿cantante, actriz, performista? Seguramente todo eso, y algo más.
En el arte nacional el performance que en muchos casos dejó de ser algo realizado por el propio artista para convertirse en evento con ayuda de personal distinto proveniente de la música, la danza, el teatro o incluso alienados mentales, menesterosos, desplazados, soldados, como se pudieron ver en los festivales que se han realizado en Cali. Donde incluso hubo sangre, eventos escatológicos y mutilación. Las fronteras parecieron borrarse, entre el arte y la vida, entre lo real y lo ilusorio, entre lo políticamente correcto y lo ético cuestionable.
Cuando María Teresa Hincapié ganó el premio nacional por su evento performático “Una cosa es una cosa”, se evidenció además su experiencia teatral. Cuando el grupo Mapa Teatro de Rolf y Heidi Abderhalden ofrecen sus espectáculos de escenario se tornan como performance. Y las proyecciones a manera de instalación de Rolf son absolutamente teatrales y su dirección de “Medea Material” era operática, y la puesta en escena de “La flauta mágica” de Mozart fue una realización donde el video y la concepción visual restituían nuevos imaginarios al tiempo que hacían un guiño a Magritte y Lichtesntein. Cuando Rolf ganó el premio en la Bienal del Museo de Arte Moderno de Bogotá muchos artistas se preguntaban por los orígenes teatrales del autor. Su puesta en escena de la instalación con video, desconcertó. La cama con el hombre filmado que se incorporaba era para muchos inclasificable. Como lo fue en el mismo museo muchos años antes la exhibición de las “Camas” de Feliza Bursztyn o de ella misma su última gran instalación en Garcés Velásquez, y luego en el Museo La Tertulia de “La Baila mecánica”. No era escultura, se decía, era un montaje escenográfico teatral con sonido y movimientos mecánicos reales.
José Alejandro Restrepo y María Teresa Hincapié colaboraron juntos en obras performáticas que incluían videos. Recuerdo “Parquedades”, presentada en la sala Beethoven de conciertos, cuando José Alejandro era profesor de la Escuela de Bellas Artes de Cali, dirigida en ese entonces por Doris Salcedo. En el escenario para la música y el teatro, algo de ambos tenía su acción. Seguramente las instalaciones de José Alejandro Restrepo con los grandes racimos de plátano en el Museo de Arte Moderno, el cocodrilo de Humbolt en la Luis Ángel Arango, la capilla del Museo de Arte Colonial a su disposición o en su antología donde se evidenciaba las trampas de la fe y de la política de la galería Valenzuela han sometido a repensar el papel del sonido, de la imagen, del uso del espacio y de las cualidades específicas y de apertura hacia otros lenguajes.
¿Qué era exactamente el evento de Doris Salcedo en el Palacio de Justicia? Alegoría, dolor, memoria, impotencia, desgarramiento, paso del tiempo, suspenso, señalamiento, carga política y un performance del silencio en el aturdimiento de la plaza de Bolívar y la carrera séptima. La imagen poética de la inmolación y la perturbación en el lugar de los acontecimientos. El antimonumento en el monumento.
Otro artista muy singular es el bailarín, coreógrafo, gestor, promotor, profesor y muchas actividades más, Álvaro Restrepo. ¿Danza, teatro, performance? Siempre valiéndose de cualquier medio, la tradición, lo ancestral, lo contemporáneo, la reivindicación del otro, para hacer un trabajo visceral resulto en el gesto, en el poder de los sonidos y también de los silencios. Interiorizando para poder exteriorizar.
Estos serían algunos ejemplos nacionales donde las definiciones parecen desplazarse de sus pretendidos ejes y desmembrarse de clasificaciones ciertas.
Las artes siempre han estado interconectadas, no es privilegio de nuestro tiempo, aunque el presente ofrecen mayores posibilidades de elementos sugestivos y en los cuales podemos seguir desentrañando significantes. Ellas atacan los sentidos y los escenarios, para hacerlo se multiplican cada vez más con mayor velocidad.
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