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Las enseñanzas de Don César (El Secreto de la Real-Politik)
Por: Lucas Ospina.

 

—¿Qué clase de objetos son, don Juan?
—No son en realidad objetos; más bien son modos de poder.
—¿Cómo puede uno obtener esos modos de poder, don Juan?
—Depende de la clase de objeto que quieras.
—¿Cuántas clases de objetos hay?
—Ya te dije, docenas. Cualquier cosa puede ser un objeto de poder.
—Bueno, entonces, ¿cuáles son los más poderosos?
—El poder de un objeto depende de su dueño, de la clase de hombre que sea. Un objeto de poder cultivado por uno de esos brujos de mala muerte es una idiotez; en cambio, un brujo fuerte y poderoso da su fuerza a sus herramientas.
—¿Cuáles son entonces los objetos de poder más comunes? ¿Cuáles prefieren la mayoría de los brujos?
—No hay preferencias. Todos son objetos de poder, todos son lo mismo.
—¿Usted tiene alguno, don Juan?
No respondió; sólo me miró y se echó a reír. Permaneció callado largo rato, y pensé que mis preguntas lo molestaban.”

Las enseñanzas de don Juan
Carlos Castañeda


I.

Dos de las respuestas que dio el coleccionista César Gaviria, con motivo de la apertura de su Galería NueveOchenta, en una entrevista publicada en el periódico Arcadia (“Periodismo Cultural”), pueden servir para responder a los cuestionamientos que hace Carlos Hurtado sobre la crítica de arte en Colombia en su texto publicado en el número 11 del periódico ARTERIA (“Todo lo que usted necesita saber sobre arte”):

[…]
Periodista: Si se ha pasado tantos años viendo arte, tiene que haber desarrollado un sistema de alarmas sobre la mala calidad. ¿Nos podría decir algo que le moleste de una obra, que lo haga sospechar o desechar un cuadro?

Coleccionista: Tal vez lo que más se aprende a reconocer recorriendo eventos artísticos no es tanto la calidad estética como la capacidad propositiva de los artistas. También se aprende de las tendencias, se aprende de las muchas maneras que se crean para reflejar una situación social o política. Es increíble, pero de ese cotorreo que se genera en ferias y bienales le va quedando a uno una visión un poco más amplia, se hace uno consideraciones que nunca se le hubieran ocurrido. Vuelvo a mi afirmación: nadie puede creer que es capaz de señalar lo bueno y desechar lo malo. Lo que hay es un proceso de aprendizaje colectivo que va encontrando intérpretes en los curadores o en los galeristas. De eso también se alimentan los artistas.

[…]
Periodista: ¿Es el galerista el que hace famoso al artista o el artista famoso al galerista?

Coleccionista: Tanto el artista como el coleccionista necesitan del galerista, quien cumple un papel principal en el mundo del arte. A él, a los museos, a los curadores, les corresponde el papel de estructurar, de forjar el mundo del arte. Es un mundo complejo. Pero todos están obligados a entender su papel. En todo caso el galerista no soy yo. No tengo pretensiones de curador o galerista. Carlos Andrés ha sido capaz de acompañar a un grupo de jóvenes valores colombianos y darle fundamentos y estructura a este proyecto.

II.

Las respuestas de César Gaviria son claras y si se usan con respecto al problema de la crítica, que tanto parece inquietar a Carlos Andrés (Hurtado), pueden contribuir a que ambos socios de la Galería NueveOchenta se liberen de los cuestionamientos y alcancen el mismo nivel reposado de pragmatismo. En la primera respuesta Gaviria reconoce que privilegia en el arte no “tanto la calidad estética” sino “la capacidad propositiva de los artistas” y afirma que “nadie puede creer que es capaz de señalar lo bueno y desechar lo malo”, y pasa a denominar como intérpretes de las obras a los curadores o a los galeristas. Luego, en la segunda respuesta, tras mencionar a los coleccionistas, dice que a los galeristas “a los museos, a los curadores les corresponde el papel de estructurar, de forjar el mundo del arte.”

Gaviria en ningún momento se refiere a los críticos de arte pero, ¿para qué hacerlo? ya sus afirmaciones han dejado por fuera la estética y el discernimiento, dos capacidades que quedan entonces sin mayor margen de acción, de manera que toda crítica que quiera persistir en su labor tendría que convertir su escritura en ese arte de la omisión que algunos llaman “curaduría” (¿o será “gestión cultural”?). Y si Gaviria no menciona a la crítica en la entrevista, menos aún se preocupa por comentarla, así que las esmeradas adjetivaciones de Carlos Andrés (Hurtado) en su crítica a la críticos estarían de más: “mentes inteligentes que han preferido quedarse en posiciones cómodas y superfluas”, “decoradores de interiores”, hippies disfrazados, “pseudointelectuales”, rebeldes trasnochados, enemigos del coleccionismo y del mercado, universitarios a la moda…

Creo que Carlos Andrés (Hurtado) debería hablar más con César (Gaviria) y aprender de él y de su discurso pragmático; ya lo está haciendo, el párrafo final de su texto es muestra de un alumno que se esfuerza en aprender las enseñanzas y secretos de un maestro de la real-politik:

“Por esto, creo que es fundamental que hoy los críticos también se inscriban en el ejercicio de repensar su labor y su inmenso compromiso con las artes de este país, que día a día demandan un público mejor informado y una crítica más estructurada, que en vez de concentrarse en satanizar todo, sean generadores de un pensamiento dinámico y proactivo.”

Sin embargo, “es un mundo complejo” (como lo señala César Gaviria) y todavía nos queda mucho por aprender…

III.

Un pensamiento “dinámico y proactivo”, según Hurtado, sería aquel que no se detiene “en debatir temas de tan poco interés o impacto como las condiciones físicas de una sala de exhibición (la existencia o no de un guarda escobas, por ejemplo) o los tonos de pintura de un muro en los montajes” —exigirle a la crítica que deje esas pequeñeces y que se comprometa inmensamente “con las artes de este país” es tan inapropiado como dejar un niño rollizo al cuidado de un caníbal. El paraíso de mermelada de la cultura no necesita de la presencia disonante, diletante y limitante de la crítica, la fiesta del arte ya cuenta con una serie completa de invitados: coleccionistas, galeristas, museos, curadores (según el listado hecho por Gaviria) y toda una ingente cantidad de “dinamizadores” y “recreacionistas”, o gestores y periodistas culturales, que forman al público con información —usan un lenguaje correcto y apropiado a las necesidades ideológicas del momento, “hacen amables” los contenidos, favorecen la falta de pretensión y alimentan una aprensión a lo “intelectual”. En el reino de la información se encuentra “todo lo que usted necesita saber del arte”; al matrimonio de la cultura, donde espectáculo tras espectáculo se obra la unión de arte y vida, la crítica de arte, con su “mala leche”, no debe ser invitada.

La crítica es insaciable, impertinente, impenitente, jamás aprenderá a omitir elementos, a obviar detalles, por superficiales que estos sean (“Dios está en los detalles” decía un arquitecto senil). La crítica exaspera por su afán de ser específica, no le basta con generalizar y pierde el tiempo con minucias, es como si alguien ante una fruta en vez de decir “la fruta” dijera “el tamarindo”. La crítica tiene el vicio de recolectar sistemáticamente pequeñas evidencias y contrastar toda una serie de hallazgos con los hechos del arte; una obra, una exposición, serán sopesadas no sólo desde sus “contenidos” (el famoso y por supuesto suficiente “¿qué nos quiso decir el autor?”) sino desde todo aquello que forma parte de la lectura de los hechos del arte: un guarda escobas, el color de un muro, una invitación, el “cambio extremo” de una casa a espacio expositivo, el texto de presentación de una exposición, el video en formato de “reality” con que una galería promociona a un grupo selecto de artistas jóvenes, la exposición navideña “Colección Privada” con que la misma galería “consiente” a un grupo de coleccionistas dejándolos exponer “su primera obra”… Para la crítica las cosas no son “puras”, no significan sólo en si mismas; las cosas significan en relación a otras cosas y mientras más palpables sean las influencias “externas” en la lectura del arte, más énfasis hará la crítica en señalar esos factores —¡hay críticos que creen que el precio de una obra, el posicionamiento social de un artista o el prestigio de una institución no se bastan por si mismos!. La crítica es un proceso de análisis escéptico, desecha las convicciones ideológicas (sean morales, neoliberales, comunistas, patrióticas o de la nueva era) para rendirse únicamente ante la evidencia del lenguaje. El arte de la crítica es un acto profundamente superficial, permanece en un umbral entre la teoría y la forma, ve lo extraordinario en lo ordinario, y donde sólo hay rastros mundanos la crítica persiste en ver detalles —por eso cuando el detective —y por cierto morfinómano— Sherlock Holmes le dice “Elemental” a su querido Watson, le esta dando a la percepción espacial y al espíritu insufrible de la razón el crédito por sus hallazgos.

Es claro, para “forjar el mundo del arte” los ensayos de la crítica no son necesarios, la crítica no busca a un autor o hace un juicio final (los juicios de la crítica siempre son efímeros, los tiempos cambian); o en otras palabras, los juicios de la crítica no sirven para posicionar de manera permanente a un artista o validar para siempre una obra. El público debe ser protegido, no está preparado para comprender que la perfección no existe y la crítica, por su carácter incrédulo, inestable e imprudente, es incapaz de ajustarse al libreto que un paternalismo responsable exige. La crítica estará por siempre en el limbo, será satánica, parasitaria, vivirá del desajuste en ese espacio que queda entre la promesa y los hechos; tal vez por ese mismo carácter impráctico, disfuncional, la crítica sólo puede ser ejercida por unos pocos diletantes que viven de la renta o por algunos estudiantes y profesores que se lucran del ocio universitario —a nadie se le ocurre crear un puesto de crítico en la nómina de una institución o en una publicación cultural (además, se sabe que el crítico siempre termina mordiendo la mano que lo alimenta). La crítica, a fin de cuentas, es un rezago, un anacronismo, un limite a superar.

Pensar que la crítica puede cambiar su naturaleza es sobre todo una falta de autocrítica o una inseguridad que alguien conocedor de “El Secreto” no debería detenerse a contemplar; el éxito social y los indicadores económicos ya bastan, la fama y la solidez de las cifras refutan y hacen innecesarias las interpretaciones enfermas, resentidas y elitistas de la crítica —ya lo decía, con suficiencia, Carlos Andrés Hurtado en el primer párrafo de su texto “El síndrome del pobre niño rico”: “Para nadie es un secreto que el arte contemporáneo nacional está pasando por uno de sus momentos más fructíferos, y que cada vez con mayor entusiasmo coleccionistas y curadores locales e internacionales posan su atención sobre las propuestas plásticas de nuestros artistas.” Y continua Rhonda Byrne, conocedora de “El Secreto”: “Esta época de nuestro glorioso planeta es el momento más excitante de la historia. Vamos a ver y experimentar lo imposible haciéndose realidad, en todos los campos del empeño humano y en todos los temas. A medida que vayamos abandonando todos los pensamientos de limitación y seamos conscientes de que somos ilimitados, iremos experimentando la ilimitada magnificencia de la humanidad, expresándose a través del deporte, la salud, el arte, la tecnología, la ciencia, y en todos los campos de la creación.”

 

 

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